"Es el gozar, no el poseer, lo que nos hace felices"
Montaigne, Los ensayos.
(Frases de cabecera)

24/3/12

Recuerdos de Alhama de Almería






Por Manuel García Paredes

Capítulo 3


Un arcón lleno de recuerdos.

Papá con Pepe, Manolo, Antonio y
Jesús, en la puerta de casa,
en Alhama de Almería (1951)
Poco a poco el baúl de mis primeros recuerdos se ha ido vaciando a la vez que que os mostraba la razón de ser de cada uno. Allá, en el desván, donde se arropa la memoria rodeada de silencio, lejos del "mundanal ruído", en su urna de infantil cristal, estoy solo junto al arcón de los cachivaches, como celoso guardián del mayor tesoro que rezuma olor a felicidad. Observo,no sin cierta nostalgia, el arcón y me sorprende lo nuevo que está todo; todo parece que se introdujo ayer por la frescura de su inminencia, porque está lleno de ayeres. ¿Para qué abrir el arcón si los recuerdos que contiene ocurrieron ayer? Una corriente de aire arrastra hacia el desván una negra nube.Tintinean y repican las gotas sobre las tejas del desván y me despierto del sueño. Tempus fugit. Vuelvo a la realidad y me veo abrazado al arcón de mi memoria, mirando de soslayo hacia todos los lados, celoso de que alguien me lo pueda quitar, de que alguien se lleve mis recuerdos y, con ellos, parte de mi vida, del tiempo -escaso- que fui feliz. Ya he sacado muchos recuerdos. La mente de los bebés que empiezan a ser niños, es como una esponja, todo lo absorven y guardan, aunque sea allá,"en el ángulo oscuro del salón donde dormía el arpa". Sin embargo, la mente de los mayores que empiezan a ser niños, quizás han exprimido tanto la esponja que se ha ido vaciando y la vida se les hace más pesada.



Cuando fuimos muy felices.

Si no se tienen recuerdos, la ilusión se va desvaneciendo y llega el momento en el que te ves solo, muy solo, rodeado de una multitud que te es ajena, por muy familiar que te sea; una multitud que desconoces aunque hayas vivido toda una vida con ella. Y uno ya no se recuerda ni a sí mimo, ni sabe quién es, ni qué hace en este mundo en el que se siente extraño. Es como si, al cabo de muchos años, de repente, volvieras a tu pueblo natal esperando que todo siga igual que tú lo dejaste. Y ves que todo ha cambiado, que las casas aquellas han muerto, que tus amigos -a los que siempre has llevado en el corazón y mimado y guardado entre algodones de cariño y afecto- o ya no están o no te recuerdan... Papá, unos meses antes, me dijo que iba a morir pronto "porque todas mis ilusiones ya se han cumplido". Ya no tenía ilusión. Ni ganas de "quedarse". Son los recuerdos, buenos y malos, los que nos mantienen con vida, aderezados con una gran dosis de ilusión. Todo esto es lo que me ha llevado a plasmar, en balbucientes palabras, toda una serie de recuerdos acaecidos en Alhama, donde fuimos totalmente felices, sin la menor brizna o mancha que pudiera empañar la patena familiar.

Mariposas de carton.

Nosotros -papá, mamá, Pepe, Manolo y Antonio (por seguir el orden cronológico) y, más tarde, Jesús y Charo, vivíamos en un "edén". Ciertamente había alguna que otra escasez, de esas escaseces -sin mayor importancia- que los más pequeños no se daban cuenta, como el pan negro, el "pelargón" prestado en la farmacia (en realidad era un bote de leche en polvo que mamá deshacía en agua hirviendo. O las papillas para Jesús o Charo (no lo recuerdo muy bien) y que mamá, para que no nos peleáramos para ir a la farmacia, estableció tres turnos. ¿La pelea entre los tres mayores? Se debía a que aquella papilla venía envasada en una caja de colorido cartón. La caja, de por sí, era muy bonita. Pero esa no era la causa. Dentro de la caja venía una mariposa de cartón, claro. Pero tenía lo que para nosotros, para nuestra edad, era algo "mágico" (y todavía, es la verdad, no me lo explico). Si te ponías aquella cromática mariposa en un solo dedo, normalmente el índice, a la altura, Y por debajo, de su boca, la mariposa "quedaba en completo equilibrio". No se caía al suelo. Y cuando ya tuvimos tres mariposas, Pepe, Antonio y yo, nos pasábamos horas jugando.

La misa dominical.

En Alhama sentíamos el cariño de los papás a cada momento y muy cercano. No había lugar al que no nos llevaran con ellos. Menos a misa de 12, que, agarrados los tres hermanos de las manos, caminábamos, calle arriba, hasta la iglesia de san Nicolás. Los papás iban a misa de 9. Ya, desde entonces, los papás tomaron la costumbre de dejarnos en tres sillas nuestras domingueras ropas. La camisa, en la espalda de la silla, encima de los pantalones recién planchados. En el asiento nos dejaban los calzoncillos, la camiseta y los calcetines, y, debajo de la silla, los zapatos que unas horas antes había limpiado papá con crema -alguna vez- pero la mayoría de las veces los limpiaba con "escupitidicina". Había escasez de cremas. Esta costumbre la mantuvieron durante muchos años, pues recuerdo que, tanto en Sigüenza como en Alagón, seguían haciéndola.

Jugando con hielo.

Mientras los papás estaban en misa, los domingos, nos traían el hielo. Era una barra de hielo, de un metro aproximadamente, que se rompía a martillazos, en trozos pequeños y se echaban en un barreño junto con la botella del agua, la del vino, etc. para que se refrescaran, pues no había frigoríficos. Pues bien. Mientras los papás rezaban en la misa, en el "enorme" salón nos colocábamos Pepe y yo, uno en cada punta, montábamos a Antonio en la barra de hielo y, sentados en el suelo, apollados en la pared, soltábamos las dos piernas dando un gran empujón a la barra de hielo que, a velocidad apropiada, llegaba al otro lado del salón con Antonio encima y partiéndose de risa. Un día nos pillaron los papás. Imaginaros la bronca, ante el charco que habíamos dejado. Pronto nos perdonaron.

Las fiestas por San Nicolás.

Se acercaba las fiestas de san Nicolás (noviembre o diciembre) y papá quiso dar al pueblo una sorpresa. Nos llevó a Almería y nos dejó en una tienda de perfumería (¿del tite Nicolás) cuyo local, de dos plantas, era estrecho y largo. Estaba en la misma puerta de Purchea. El dueño, con el que los papás debían de tener algún lazo familiar, nos regaló a Pepe y a mí dos pelotas pequeñas que saltaban como demonios al botarlas. Lógicamente nos las quitaron enseguida para evitar posibles destrozos. Mientras, papá se fue a ver al (camarada) Gobernador Civil de Almería a pedirle un favor: que le dejara los "cabezudos" para las fiestas. Sobre las 12 de la noche llegó a Alhama un camión cargado de cabezudos. Los descargaron en casa de la Beva pues tenía un patio cubierto muy grande. Serían 10 o 12 cabezudos. Al día siguiente, fiesta de San Nicolás, sobre las 8 de a mañana, solo se oían gritos en la calle Calvario, que es donde vivíamos. Las mujeres, que nunca habían visto unos cabezudos, comenzaron a gritar, asustadas, creyendo que eran marcianos que habían invadido Alhama. Se unió mucha más gente, todos asombrados, hasta que vieron que eran de cartón y la persona que llevaban debajo. Pero el susto fue mayúsculo.

La primera comunión  de Pepe.

Los años iban avanzando y Pepe tenía que hacer la Primera Comunión. Repeinado, grandes dosis de fijador, todo níveo, con un libro de tapas de nácar y un rosario entre las manos. Todo eso os lo podéis imaginar. Lo demás era como ahora mismo es, pero con más pelo entonces. La misma carita de santo, el mismo modo de mirar, lo mismo de bueno.... Por la noche, antes de que dieran las doce -como era obligatorio, canónicamente- se había cepillado los dientes y enjuagado la boca para poder comulgar al día siguiente. Pero instantes previos a salir de casa hacia la iglesia -y el pobrecillo sin desayunar- no podían faltar las "tentaciones", de las que nos encargamos, ¡cómo no!, Antonio y yo. Cogimos una madalena cada uno y, poniéndonos delante de él, le decíamos: "Tú no puedes, tú no puedes, tú no puedes! Pepe, desde pequeño, nos demostró que iba para "santo varón" y miraba para otro lado en beatífica postura.

Las misiones.

Sabéis que Alhama fue siempre, por tradición, republicana. No sé si, a instancias de papá o porque se lo sugirieron, el caso es que vinieron a Alhama LAS MISIONES, que solían recorrer determinadas comarcas nacionales. Esta vez le tocó a Alhama. Al frente venía el Padre Carrillo, que nos hablaba del Niño Jesús y no enseñó esta canción: "Vamos niños al Sagrario, que Jesús llorando está, pero viendo a tantos niños, muy contento se pondrá. No llores, Jesús, no llores, que nos vas a hacer llorar, que los niños de este pueblo te queremos consolar". Fue esta, las de las misiones, una semana muy bonita y que recuerdo gratamente. Pese a ser tan niño, aquella "misión" quedó muy grabada dentro de mí. Por esta circunstancia, y por otras muchas posteriores, en mi intimidad yo me he preguntado con mucha frecuencia si yo fui alguna vez niño o siempre he sido mayor. Dentro de mi yo sabía y entendía muchas cosas. Algo parecido, salvando las distancias, claro está, le sucedía al de Hipona: "Si me preguntáis quién es Dios, lo sé. Pero si me pedís que os lo explique, entonces no lo sé".

Jugando a las misas.

Por aquella época, no sé si antes o después de las misiones, solíamos organizar infantiles actos religiosos, siempre presididos por Pepe, quien, debidamente revestido con ropas de mamá, ejercía de párroco "ad hoc". Primeramente, en nuestra casa, recibíamos a muchos niños y niñas que Antonio y yo íbamos acomodando en perfectas hileras en el cuarto de la escalera que llevaba a la terraza. Allí no rechistaba ni dios (con perdón). El silencio era sepulcral, no cono ahora; los chicos se enteraban de lo que se predicaba, no como ahora. Y desde lo alto de la escalera Pepe lanzaba anatemas a diestro y siniestro: "Ay, de esas madres que van a los bailes", "Ay, de esos padres que no van a misa". Seguidamente salíamos en procesión por las calles del pueblo, en orden singular, pues, de lo contrario, o expulsábamos a los "infieles" o se les daba un merecido coscorrón. Cantábamos durante el trayecto los apropiados para el evento, portando, en andas hechas por nosotros, una imagen de Santa Rita, más bien pequeña, y de la que los papás eran muy devotos. La gente del pueblo se mostraba respetuosa. Hasta nos dejaban velas.

Una accidentada excursión.

Un domingo salimos de excursión, a pasar el día en el campo. Montados en dos mulas, íbamos al frente papá, y Pepe y yo en cada una de las aguaderas. En la segunda acémila iba montada la mamá y Jesús y Charo en sus respectivas aguaderas. La tercera, cargaba con las viandas y de la que tiraba un hombre, seguramente el dueño de la asnada. Introducidos ya en una especie de cañón en la sierra, atravesando el camino que ocupó en su día lo que debió ser un río, papá se puso a cantar una canción andaluza que por aquellas fechas estaba de moda o al menos era de las que más se oían: "Cortijo de los mimbrales". Nada más iniciarla, dimos tal vuelco que terminamos con nuestras posaderas entre peñascales. A mí me dolía muchísimo el brazo derecho. Papá cayó completamente de culo y, con toda probabilidad, de ese percance le vino la fístula que, posteriormente, tanta lata le dio. ¿La causa? La cincha de la mula estaba mal atada o se desató, lo que provocó la caída. Nos volvimos a casa porque papá tenía bastante dolor en semejante sea la parte, o, para ser más fino, le dolía mucho allá donde la espalda pierde su respetuoso nombre...

El busto de Salmerón.

Un día escribí a un blog de Alhama porque cierta historia se había sacado de contexto y el logro que aquel acto reseñaba se achacaba a "democracia". En aquella parte de la historia de Alhama, se silenciaba, o se pasaba por alto, hechos de gran importancia para el pueblo que se llevaron a cabo durante el mandado de papá. Por ejemplo: la traída de las aguas, la instalación del telégrafo, la re-inauguracion del balneario. Pero sobre todo, la colocación del busto de nuestro paisano Salmerón, en los jardines de entrada a Alhama y que, según dicen algunos desmemoriados, ocurrió en el periodo democrático. NO ES CIERTO. Un domingo, por la mañana, papá, junto con el alguacil, cogieron del sótano del Juzgado Comarcal el busto de Salmerón, lo envolvieron en una tela, lo montaron en un burro y lo trasladaron al parque donde lo instalaron. NO FUE DURANTE LA DEMOCRACIA, SINO NUESTRO PADRE, QUIEN INSTALÓ EL BUSTO DE SALMERÓN EN EL PARQUE EN PLENA EFERVESCENCIA DEL FRANQUISMO. A cada cual lo suyo. Es cierto que, pocos días después el Gobernador Civil -y Jefe Provincial del Movimiento- le llamó la atención a papá por este suceso y papá le contestó, más o menos, así: "he puesto el busto de Don Nicolás no por haber sido Presidente de la República sino por haber sido un alhameño ilustre. Ya No sé más de lo ocurrido, o, si después de irnos de Alhama, alguien lo quitó. Pero el primero que lo puso fue papá.

Cuando vino Papá a darnos la noticia.

¡Qué revuelo se formó en Alhama! La gente salió a la calle y se acercaban a casa a darle a papá la enhorabuena. Después de cuatro chicos, por fin, viene una niña. Allá al mediodía se tiró una traca de cohetes de esos que hacen muchísimo ruido pero no se ven. Pepe, yo, Antonio y Jesús -sigo con el orden cronológico- estábamos recogidos en una habitación sin darnos cuenta de lo que acontecía. Oíamos a varias mujeres correr de un lado a otro, con prisas. Aquella eternidad duró poco. Vino papá a darnos la noticia: Habéis tenido una hermanita. Nuestro infantil intelecto no comprendía muy bien aquellas palabras pues ni siquiera habíamos visto una cigüeña y menos posarse cerca de casa. Pero así fue.

Una niña sin "cosita".

Después del jolgorio popular, que se fue dispersando, llegada la calma, entramos los cuatro "varones" al dormitorio de mamá. Estaba muy contenta y con algo entre los brazos. "Es vuestra nueva hermanita" (sic). Nos quedamos mudos, mirándonos unos a otros como preguntándonos qué era eso de una hermanita. Al fin lo comprendimos y fuimos a darle un beso. ¡¡¡NOOOOO!!!, decía mamá. No la podéis besar porque todavía es "mora" ¿Mora? Eso qué es. ¿Es que no es igual que nosotros? No, decía mama, es que es mora hasta que se bautice. Luego ya la podréis besar. Normalmente los niños no se bautizaban hasta los ocho días, tiempo este en que se solía recuperar la madre. La primera tarde-noche que bañaron a Charo, nos llevamos uno de los grandes disgustos de nuestras cortísimas vidas. Al verla en aquella bañera, totalmente despelotada, alguno de nosotros dijo:.¡Anda, si está rota! La risa de los papás se oyó en Pekín. Claro, nosotros nos bañábamos todos juntos y teníamos todas las "cosas" iguales, o, al menos, semejantes. Pero la niña, no. No tenía la "cosa" como la nuestra. Definitivamente "la cigüeña la había traído rota".

Una bautismo muy especial.

El día del bautizo es, para mí, imborrable. La casa estaba llena de gente. Yo creo que había hasta algún invitado. No se podía andar por el patio, no había sitio para sentarse. Así que los cuatro hermanos decidimos sentarnos. Sí. Sentarnos dentro de una mesa camilla. Cogimos una jarra de cristal que tenía algo que nos supo a gloria bendita, y una bandeja de pasteles que todo el mundo iba buscando. Fue la primera "tajada" que cogimos. Los papás andaban locos buscándonos hasta que nos encontraron. Nos delataron las risas que la media jarra ingerida provocó. Seguramente que ni siquiera en las fiestas hubo tal alegría o jolgorio en el pueblo. La noche terminó con "una" muestra de cohetes artificiales. Y digo "una" porque creo que fueron "dos" las que vimos nosotros cuatro. Fue la celebración bautismal más bonita que hubo en casa. Pero todo se acaba.

Jugando con fuego.

El juzgado se suprimió y tuvimos que buscar otros lugares. Teníamos una especie de cuarto trastero donde íbamos metiendo todas las virutas que nos daban para embalar la cristalería y otros utensilios. Estaba casi llena y no se me ocurre otra cosa que "investigar qué pasaría si una cerilla prendiese tanta viruta". ¿Ardería? No lo sé. Yo salí corriendo de allí como alma que se lleva el diablo. Me fui a las afueras del pueblo y comencé a oír un volteo de campanas inmenso. Me encontró el alguacil. Me llevó a casa, mientras oía por la calle que gritaba la gente: ¡Fuego en Casa del alcalde. Y venga cubos y cubos de agua. Entonces no había bomberos. Otros decían: ¡Que se queman los jamones del alcalde! Cuando papá me vio me dio una gran paliza, de esas que no se olvidan jamas. Me cogía por la pechera me daba un montón de bofetadas y me tiraba contra un catre-cama que teníamos. Así hasta que se cansó. Fue la primera paliza de las innumerables que vendrían después con el transcurso del tiempo... Alguna, reconozco, por mi culpa.

Adiós Alhama, adiós.

La despedida de Alhama tampoco se e olvidará. Creo que gran parte del escaso mobiliario se trasladó a Sigüenza en un camión de Paquito Diegarez. Medio pueblo venía, casi procesionalmente, detrás de nosotros hasta la parada de la Alsina. No lo puedo asegurar rotundamente, pero me pareció que alguien nos dirigía algún insulto. Subimos a la alsina que nos llevó a Almería. Antes de iniciar la marcha miró mamá por la ventanilla y me dijo: "Hijo mío, no vuelvas nunca por aquí" Hasta hora lo he cumplido y lo cumpliré. Después, de mayor, muchas veces me he preguntado ¿Por qué? ¿Qué les pasó a los papás a última hora? ¿Por qué no volvió papá nunca a Alhama? ¿Qué razones tenía mamá para decirme que no volviera jamás a Alhama? Llegamos a la estación de Almería. Estaban los vagones abarrotados de gente y apenas se podía andar pues había bultos por todos los lados. Era un vagón de Tercera, de esos cuyos asientos eran barras de madera que se clavaban en el trasero a cabo de unos pos kilómetros. No sé si mamá estaba embarazada. Por la noche, ya muy de noche, llegamos a Sigüenza... !


2 comentarios:

  1. La fotografía de papá con los cuatro está tomada en la puerta de casa. Lógicamente era en blanco y negro, pero un día cogí el fotoshop....

    ResponderEliminar
  2. Manolo enhorabuena por tus "Recuerdos". Es increible que siendo tan niños te acuerdes de tantos detalles. Yo de Siguenza, por supuesto no recuerdo nada y de Alagón tengo recuerdos de más mayor y vagas sensaciones de cosas que pasaron pero sin llegar al detalle que llegas tu. Por favor sigue deleitándonos con tus memorias porque son un descubrimiento para nosotros. Gracias

    ResponderEliminar