"Es el gozar, no el poseer, lo que nos hace felices"
Montaigne, Los ensayos.
(Frases de cabecera)
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15/5/17

Pepe, última lectio: "El encanto de una vida en alianza siempre nueva" (1ª parte)



José Cristo Rey García Paredes, cmf
“Ultima lectio”
Catedrático Emérito del ITVR
Madrid, 10 mayo 2017

Se atribuye a Salvador Pániker, filósofo fallecido a los 90 años en Barcelona hace poco más de un mes, esta frase: “la juventud de un ser no se mide por los años que tiene, sino por la curiosidad que almacena”. 

1. La curiosidad.

Os quiero confesar que si me dediqué a la Teología fue por curiosidad. Me lo pedía el hemisferio derecho de mi cerebro: la curiosidad por encontrar respuestas nuevas a preguntas últimas. Mi curiosidad me ha llevado y sigue llevando:

  • a descubrir emocionadamente la Biblia como una gran sinfonía -cuyo compositor es el Espíritu- en la cual ningún libro o versículo se entiende aisladamente, sino en el conjunto 
  • a construirme una biblioteca interior, en la que pudiera escuchar las voces, los pensamientos, los sentimientos, de grandes pensadores de la humanidad, de la Iglesia, y una sala de conciertos interior donde pudieran ser evocadas las mejores melodías, y una pinacoteca particular, donde guardar la memoria de los más bellos e inspirados cuadros de pintores artistas de todos los tiempos…;
  • a releer la historia de la humanidad, como teología y pneumatología política, dejándome guiar por intérpretes de ella: los profetas, los filósofos vitalistas, teólogos de la esperanza, de la política, de la liberación;
  • a estar atento al camino religioso de la humanidad: no solo de nuestra Iglesia católica, también las iglesias de otras denominaciones, las religiones y también la búsqueda paradójica del agnosticismo y ateísmo;
  • a entrar en el sufrimiento acumulado, apocalíptico de nuestros pueblos, nuestros hermanos y hermanas de todas las razas, a descubrir nuevos rostros, culturas, lenguas…
  • a desear ya desde niño ser un misionero que predica el Evangelio en todo el mundo.

2. La teología.

Sí, la teología –tal como la comprendo- es como surfear en un mar inquieto, en un espacio líquido donde la reflexión teológica se convierte en una tabla que me desplaza de un lugar a otro, encontrado equilibrio y energía y estabilidad. La teología es mi pasión en las horas del silencio, en los momentos de la comunicación verbal y escrita; y, ahora, la transmisión virtual hacia los espacios más desconocidos. La teología es mi guerra y paz.

Agradezco al Instituto Teológico de Vida Religiosa, a mi Congregación de Misioneros Claretianos y en particular al P. Carlos Martínez Oliveras con todo el profesorado, la organización de este acto, que al P. Bonifacio y a mí, nos evoca nuestro servicio a la cátedra de teología de la vida religiosa –que la Iglesia nos confió-, y desde ella, a las variadas actividades que no pocos institutos religiosos y comunidades cristianas, nos han confiado.

Divido mi “lectio” en dos partes:
  1. Reflexionar sobre “la vida” consagrada es fascinante.
  2. Es la hora de la profecía, la visión, el sueño y el prodigio.

¡ Reflexionar sobre “la vida” consagrada es fascinante !

¡Con qué interés buscan los científicos algún indicio de vida en los planetas más cercanos! ¡Cómo valoramos nuestro planeta azul, al contemplarlo como una gran biocenosis, con millones de especies vivientes y la sorprendente comunidad humana con su admirable biodiversidad! Mi interés como profesor de teología de la vida consagrada ha sido ayudar a recuperar la “extrañeza” y descubrir el “encanto” de esta forma humana de vida.

Recuperar la extrañeza.


Mi interés como profesor ha sido, en primer lugar, recuperar la extrañeza: nuestra forma de vida es –dentro de la humanidad y aun de la Iglesia- extraña, alternativa. Somos minoría: un 0.12 % con relación a toda la Iglesia, y no digamos ya con relación a la humanidad. En nuestro grupo prevalece la mayoría femenina y laical; solo unos pocos somos ministros ordenados. Desde el punto de vista histórico, mi congregación es solo una rama de un árbol frondoso que tiene ya muchos siglos de existencia y muchas expresiones como el monacato, los mendicantes, los institutos apostólicos, las sociedades de vida apostólica, los institutos seculares, las nuevas formas. Somos un grupo extraño porque no nos casamos –son célibes-, no nos autogobernamos –somos obedientes-, no somos propietarios ni acumulamos –somos pobres-, en principio, no buscamos puestos de honor –optamos por los últimos y marginados-, no vivimos solos –formamos comunidades-; nuestra vida se despliega “ante Dios” y tiene una fuerte impronta litúrgica desde el amanecer hasta el anochecer, durante todo el año. En estos últimos tiempos, nuestros Capítulos Generales y Asambleas nos han orientado hacia nuevos objetivos: dimensión social, política y económica de la evangelización, diálogo inter-religioso, inter-cultural, la cuestión ecológica, el compartir carisma y misión con el laicado, la inter-congregacionalidad. Nos preocupa la sobrevivencia; pero sabemos que todo depende del Dios que llama: descubrimos que si en algún lugar envejecemos o entramos en fase terminal, en algún otro lugar del planeta quizá estemos renaciendo: la muerte no nos hiere porque somos amigos de Dios. Y para morir así tratamos de aprender el “ars moriendi charismatica”. En todo esto, consiste nuestro “extraño estilo de vida”.

Descubrir el encanto.


Mi interés como profesor ha sido también descubrir el encanto: esta forma de vida no es “aislamiento”, “fuga”, “huida”. Es -¡y perdonadme la expresión técnica!- “perichóresis”. Está hecha para participar en la danza divina, en una peculiar coreografía. Es para vivir en relación, en alianza, en danza: con el Abbá, con Jesús, con el Espíritu Santo; y desde ellos en la danza de la vida comunitaria, en la danza de la misión. Esta forma de vida es rítmica, es sonora, tiene argumento, no es caótica, sino coreográfica. Quien así lo vive disfruta… aunque haya momentos en los cuales la fatiga requiere un cierto descanso. Esta forma de vida no está llamada a ser irrelevante: sino un icono de “otro mundo posible”, de “la nueva Jerusalén”, “del nuevo cielo y la nueva tierra”, un símbolo apocalíptico.

¿“Tanta hermosura en tanta guerra”?

Mi interés como profesor no ha podido obviar una seria objeción. “Tanta hermosura en tanta guerra”: la realidad parece contradecir esta visión tan idílica, que acabo de presentar:  al parecer las sombras vencen a la luz, la guerra a la paz. Sentimos nuestra forma de vida, con una cierta frecuencia, como espacio tenebroso, campo de batalla. ¡Somos humanos y… no estamos por encima del bien y del mal! Somos a veces malos intérpretes de una magnífica partitura: “No es culpa del sembrador, ni es culpa de la semilla, la culpa estaba en el hombre y cómo la recibía”. Sabemos que Dios nos perdona, cuando nosotros perdonamos 70 veces 7. ¿No es también el perdón, la reconciliación y la misericordia, una forma paradójica del encanto?.

Es la hora de la profecía, la visión, el sueño y el prodigio.


Si después de mi trayectoria vital, me preguntaran: ¿cómo ves la vida consagrada en este momento, en el tiempo que viene? Yo respondería, glosando al gran teólogo de la Iglesia patrística, Orígenes: “todos los días son Pentecostés”. Hoy es Pentecostés para la   vida consagrada y sigue siendo válida la promesa: “Y sucederá…derramaré mi Espíritu sobre toda carne: y vuestros hijos e hijas profetizarán y vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños… y obraré prodigios” (Hech 2,17-19a). El mismo Espíritu que se derramó sobre nuestros fundadores y fundadoras se sigue derramando hoy en nosotros: es el Espíritu de la profecía, de la visión, de los sueños, de los prodigios. ¡A esto nos referimos cuando en el Credo confesamos: “Creo en el Espíritu Santo” ¡Por eso, es la hora!:
  • La hora del poder y el potencial de comunidades proféticas. Nuestro relato profético se realiza “en equipo”: no bastan las individualidades proféticas; necesitamos mucho entrenamiento para conectar unos con otros y juntos conectar con el Pathos de Dios, y juntos ser Palabra de Dios para la gente, iconos de la Alianza con el único Dios, alarmas anti-idolátricas. Quien se acerque a una de nuestras comunidades debería sentir algo así como: “¡Dios está aquí!”. Sabemos que  -desconectadas del Espíritu, amor derramado- nuestras comunidades son únicamente “metal que resuena, o címbalo que aturde” (1 Cor 13,1), “nada” y “de nada sirven” (1 Cor 13,2-3). No solo comunidades: ¡necesitamos hoy “congregaciones – órdenes – proféticas! Iconos de alianza en diversas partes del mundo.
  • La hora de los visionarios/as. Descubrir no lo que “podemos” hacer, sino “lo que el Espíritu está haciendo” y colaborar. Los jóvenes son fáciles cómplices del Espíritu a la hora de ver e intuir el porvenir. Hay que escucharlos –como nos recomendaba san Benito- y hay que facilitarles espacios donde puedan ver lo que para muchos de nosotros todavía es “invisible”: no solo nuestros jóvenes, sino la juventud mundial, los nuevos pensadores, políticos, sociólogos, artistas… Con ellos y ellas llega la innovación, las nuevas ideas y propuestas, la nueva sensibilidad, el nuevo paradigma, la soluciones. De ahí la importancia de nuestra vigilancia formativa; la necesidad de no formar con vendas en los ojos, de no recluir en espacios limitados y sombríos. Es la hora de líderes y educadores con visión.
  • La hora de los soñadores y diseñadores. Sorprendentemente es Pentecostés cuando “nuestros ancianos sueñan sueños”: es obvio que no se trata de personas “adormecidas”, sino de “sueños todavía irrealizados”, “sueños pendientes”. Nuestros mejores ancianos y ancianas conservan importantes memorias, y también extraordinarios sueños, que o no se realizaron, o se realizaron mal. No solo enriquecen con sus recuerdos. Sino que facilitan el lanzamiento hacia el porvenir. Necesitan, eso sí, diseñadores, personas capaces de plasmar los sueños y llevarlos a cabo.
  • La hora de los prodigios. Vivir es sorprenderse. Hay problemas que surgen inesperadamente. Pero también hay milagros y prodigios que también surgen inesperadamente. La historia de cada día nos sorprende con algo. Siempre hay alguna Jerusalén que desde el cielo se anuncia. Vivir en clave de apocalipsis cristiano es confesar que “todas las naciones se postrarán en tu acatamiento, Señor”. Es soñar lo imposible para llegar a lo imprevisible. Quien busca prodigios y milagros, los encuentra. Ese fue el camino de Jesús. Y el de Pedro y Pablo bajo el shock de la Resurrección. Decía Víctor Hugo: “El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad”. Cada instituto puede vivir su propio Pentecostés… en la “sala superior”… “en oración y espera”, “con María…” esperando la irrupción del Espíritu y dispuesto a ser lanzado en misión hacia nuevas fronteras, periferias, lenguas y culturas, para que el mundo sepa que Dios está enamorado de Él: “tanto amó Dios al mundo….”.

Conclusión.

Y aquí se acaba mi “lectio”, es decir, mi lectura. Todos somos teólogos/as. Nos basta con ser curiosos.  Sea bienvenida una santa y profética curiosidad. Nos conducirá a nuevos horizontes, pues el órgano de la mística. En nuestro planeta hay mucha gracia derramada, a nuestra disposición: “buscad y encontraréis”: investigad, curiosead, dejaos conducir por soñadores y visionarios, por profetas y por prodigios inesperados. Y el Resucitado nos dirá una vez más: “No temáis, soy yo”. Es encantadora esta forma extraña de vida.
Gracias a la Vida….