"Es el gozar, no el poseer, lo que nos hace felices"
Montaigne, Los ensayos.
(Frases de cabecera)
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30/1/13

Cartas, cintas de grabación y películas de super8

Proyector EUMIG de super8



¿Quien no se acuerda del magnetófono "Geloso"?. Este aparato, al igual que el proyector "Eumig", después, fue nuestro primer gadget en aquellos tiempos en los que no había videoconsolas, ipads ni nada que se le pareciera. Tanto el Geloso como el Eumig han pasado a la leyenda de la familia. El primero por frases ya míticas como la de "Querido Pepito..." del Sr. Victor y el segundo porque con el proyector de super8 vimos películas que se nos han quedado grabadas en la mente como aquella del oeste en la que se decía "la quinina no espera", o las de "Mortadelo y Filemón", ...

10/6/12

Adiós Sigüenza, adiós



Los Recuerdos de Manolo
(capítulo VI)
Por Manuel García Paredes




Papá con Pepe, Antonio, Jesús, Charo y Juan Carlos,
posiblemente en la Alameda de Siguenza (1955)


A modo de recapacitación, preámbulo o desahogo personal


Un día cualquiera se le ocurre a uno subir al desván de la memoria y se encuentra con el, casi olvidado,  baúl donde los recuerdos dormitan sigilosamente. Te quedas observando y te preguntas qué habrá dentro. Dudas si abrirlo o no, pero la curiosidad se impone. Lo abres y, de repente, la memoria inicia la larga película, escena tras escena, de una vida en blanco y negro, que ha transcurrido a velocidad inusitada. Y te muestra, desde su fría imparcialidad, la realidad misma de unos momentos vividos, y, como un escalofrío, recorren tu cuerpo. Son los momentos buenos y malos; que en los baúles hay de todo. Y también duras escenas de las que ni siquiera te acordabas, al pensar que el tiempo las habría borrado, e inopinadamente vuelven a revivir. Y, por un momento, te arrepientes de tu curiosidad, de abrir el baúl, de subir al desván... Cierras el arcón de los recuerdos, te alejas del lugar. Pegados en el alma han quedado los recuerdos olvidados que vuelven a perseguirte cual  negra sombra cicatrizada. Y así se va construyendo uno mismo; y cada cual es como es porque cada uno, aun dentro del mismo grupo o clan, ha vivido -¿sufrido?- una misma realidad pero con tintes, sensibilidades y enfoques muy distintos.

Esto es lo que a mí me ha pasado. Subí al desván, abrí el baúl y... me encontré con toda clase de recuerdos, incluso aquéllos que yacían bajo las tibias cenizas de alguna solitaria alegría. Pero, como en las películas, las escenas se han ido sucediendo, una tras otra, sin solución de continuidad. La película de la cruda realidad es siempre la misma aunque hayamos olvidado algunas escenas.

Y decidí parar, frenar, dejar de escribir o relatar mis recuerdos porque el ánimo estaba herido y dolorido y la depresión asomaba. Y en mis monólogos siempre me digo a mí mismo que no, que no quisiera volver a ser niño; o, al menos, ese niño que yo fui. No me gusta la niñez que los hados me dieron. Es posiblemente por ello que no puedo ver a un niño sufrir, llorar... Porque eso es cosa de los mayores que, además de sufrir y llorar en este valle de lágrimas, azotan y enturbian con sus lágrimas, la cándida y feliz inocencia perdida.

Mientras escribo me pregunto que a quién le puede importar estas mis cosas. ¿A los amigos? No los tengo. Y la familia anda algo ensimismada, cercana en la lejanía, lejana en la proximidad. Quizás porque la mayor lejanía es la excesiva -¿aparente?- cercanía. Porque no es lo mismo caminar juntos que caminar unidos. Lo importante es lo que cada uno ha conseguido y, hasta en ocasiones, medimos o comparamos alturas ente nosotros sin tener en cuenta que el Sumo Hacedor, en quien creemos, ha repartido, a su antojo, los parabólicos talentos. Lo importante no es el personaje que nos ha sido asignado a cada uno sino la fidelidad con que lo interpretamos en la obra que continúa la Creación iniciada. Porque solamente somos actores que representamos a unos personajes en el Gran Teatro del mundo.

Los recuerdos fluyen en mi mente sin orden cronológico alguno, pero fluyen. Lo importante no es la exactitud de la fecha sino el recuerdo en si mismo.

Papá y el primo Manolo con Manolo, Antonio, Jesús, Charo y Juan Carlos
en la Alameda de Sigüenza (1955)

La "coronilla" de Jesús y el cachete del canónigo.


Cierto domingo, se fueron los papás, como todos los domingos por la mañana, a la misa de la catedral. Antonio, Jesús, Charo y yo nos quedamos jugando, entretenidos en mil cosas que pasaban por nuestra imaginación. Se me ocurrió coger unas tijerillas que papá había comprado para cortar las uñas y, tomando una cuartilla, hice con ellas un perfecto y exacto círculo que me sirvió de modelo para colocarlo en la parte occipital del cráneo de Jesús y, no sin cierta habilidad por mi parte, le hice la tonsura, o lo que es lo mismo, una coronilla autentica, inmejorable. Cuando volvieron los papás y vieron la faena no daban crédito a la escena. Uno estaba ya acostumbrado a llevarse su"ración", que tampoco faltó. Papá no era, precisamente, de los que dejan pasar o desaprovechan estas ocasiones. Nos arreglamos Antonio, Jesús y yo para la misa de 1, que solían decir en una capilla que hay al lado de la sacristía. El "desperfecto" fue ocultado con una gorra que Jesús portaba. Ya en la catedral, un canónigo, un tal Box -o algo así- cuya familia tenia una librería en la calle donde se ubicaba el colegio de la Sagrada Familia, al observar lo que, a su parecer,  suponía una falta de respeto al lugar sagrado, le dio con la mano, de detrás hacia adelante, en la gorrilla tirándola al suelo y dejando al descubierto la infantil gesta capilar. Rápidamente, después de recogerla, abandonamos el sitio, alejándonos hacia la tumba o panteón del Doncel por considerar el lugar más discreto, menos visible.

La mala hostia del canónigo de la catedral.


Un "canónigo" conquense.
Y es que, en aquella época, un canónigo era una autoridad que estaba por encima del bien y del mal. Hoy no sucedería tan feudal comportamiento porque el canónigo, sin duda,  terminaría en algún servicio de Urgencias. Estas cosas vividas en la niñez, te dejan su huella y llega un momento en que uno tiene tantas huellas encima, por una y mil razones más,  que terminas marchándote, buscando otros amparos. Una más de mis muchas huellas ocurrió siendo infante de la catedral. Se celebraba la misa, que me tocó ayudar, en el altar de la patrona, Santa María la Mayor, que está en el trascoro, escoltado con dos grandes y negras columnas salomónicas, creo recordar. En un mal momento me entraron ganas de orinar; ganas que iban "in crecendo", por lo que, o me iba al servicio o me orinaba en el altar, cosa, esta última, que no consideré "litúrgica", por lo que, por breves momentos, abandoné el servicio que prestaba y me ausenté para proceder a la micción correspondiente. No pasó nada cuando volví. Incluso creí que el clérigo ni había notado mi ausencia, pues tal fue mi rapidez. Llegados a la sacristía, de repente recibí tal bofetada que caí al suelo con mi sotana y roquete. Miré al susodicho preboste fijamente a la cara y, como mi orgullo taponó mis lágrimas, observé sus ojos enrojecidos, diabólicamente enrojecidos. Antes de levantarme me dio tiempo a observar el techo de la sacristía y vi mil caras esculpidas que me fascinaron. Al clérigo le dolió más que yo no llorara que a mí la bofetada recibida. Yo era ya un adulto de 7 años que había estado en mil batallas... Este hijo de Satanás, y espero que el del tridente no se enfade por adjudicarle la paternidad del sujeto en cuestión, de la que sin duda renegaría, el Día de las Animas Benditas, allá por los primeros días de noviembre, cuando ya los infantes nos retirábamos, sobre las 9 de la noche, al colegio -filosofado de los claretianos-, me dejó solo en la sacristía mayor, encerrado y sin luz alguna. Al cabo de una hora, aproximadamente, después de haber cenado tranquila y opíparamente el "ilustrísimo", supongo, volvió y me dijo que "Dios quiera que las Animas Benditas,  que en estos momentos van en procesión por el claustro de la catedral, te lleven con ellas". Y es que, para volver al colegio o filosofado,había que atravesar los claustros y salir y atravesar  un descampado donde jugaban al fútbol los filósofos. Es fácil imaginar el miedo, el pánico, el terror que me invadió cuando, a ciegas, casi a tientas, sin luz alguna, recorría, solo, aquellos claustros a las 10 de la noche de un día de noviembre, en una noche cerrada, sintiendo como si alguien, detrás, siguiera mis pasos. Si alguno de mis hermanos ha perdido su precioso tiempo -todos tenemos cosas mucho mas importantes que hacer-, en leer esta anécdota, seguramente que pensará que, por todas estas cosas y muchas más, Manolo es como es. La vida lo ha moldeado así y nuestro carácter es producto de nuestras vivencias. ¿Yo soy yo y mis circunstancias?.


La consagración de la Virgen de Barbatona y la llegada del obispo.



Dos hermosos "canónigos" escoltan al nuncio Hildebrando Antoniutti,
en una procesión en Cuenca (31 de mayo de 1957)

Otro de los días que más ha permanecido en mi recuerdo ha sido la consagración de la Virgen de Barbatona y la llegada del nuevo obispo -no recuerdo quién fue-. Posiblemente era el que sustituyó a Pablo Gúrpide Beope (1951-1955), un tal Lorenzo Bereciartua (1955-1963). Me impresionaron porque el cardenal Antoniutti, que celebró la consagración, era la imagen exacta de Pío XII, Papa reinante a la sazón. La ceremonia se realizó, con gran solemnidad, en el Parque, sobre las 12 de la mañana, un espléndido día de domingo. En la entrada al parque, a la izquierda, se levantó una gran tribuna-altar. Mi corta estatura me obligó a trepar en una farola desde la que, no sin cierto esfuerzo, pude seguir algunos momentos de la litúrgica consagración.

Hildebrando Antoniutti
(1898-1974)
El obispo de Sigüenza,
Lorenzo Bereciartua
El otro momento fue el recibimiento que se hizo al nuevo obispo. Desde la estación hasta la catedral, todas las calles estaban engalanadas y la calzada era toda ella una alfombra multicolor, adornada con flores sobre serrín de misceláneos colores. Era una obra de arte. Vi en la estación de Renfe cómo el obispo se subía en una burra cana y lo fui siguiendo. Cuando asomó la comitiva por la calle Mayor se inició un carillón de campanas que parecían haberse vuelto locas de alegría con sus sonoros repiqueteos. La gente, desde los balcones, lanzaban pétalos de flores con gran fruición y vivas al nuevo pastor que, desde el jumento, siempre escoltado por los canónigos, no cesaba de repartir paternales bendiciones y más bendiciones a diestro y siniestro. Lo recuerdo como si hubiera sucedido ayer mismo.

Pepe diciendo misa, asistido por
Manolo y Antonio de monaguillos
(Sigüenza, 1953)

Sor Victoria y el padre Severiano


Muchos domingos, por la tarde, acudíamos con los papás al asilo donde las Hermanitas de los Pobres mimaban a los ancianos que recorrían los últimos tramos de sus vidas. Recuerdo a Sor Victoria, una de esas monjas vivarachas, alegres y mandonas. Era guapa. Nos tenía mucho cariño. Allí nos daba de merendar un trozo de pan con chocolate, o con mantequilla y azúcar. Nuestra infantil presencia alegraba a los abuelos que nos contaban mil aventuras vividas mientras "Paquillo", un hombre muy delgado, enjuto y medio desdentado, piropeaba a mamá. Solía hacer los recados que las monjas le encomendaban. El pasillo era ancho, un cuadrado.

Unas navidades, en uno de los ángulos se puso un pequeño escenario donde los filósofos claretianos escenificaron una obra teatral y a la que fuimos invitados por ambas partes, sor Victoria y el Padre Severiano, un sacerdote sensacional, llano, sin doblez, un adelantado a su tiempo. Papá hablaba mucho con él. A veces acompañábamos a los filósofos en sus salidas camperas, merendábamos con ellos. Un día dimos con ellos un paseo por una carretera, un poco alejada de Sigüenza, y me causó gran impresión ver un monolito, al lado de la carretera, cerca del cerro Otero, que recordaba el asesinato del Padre Ruiz y algunos filósofos durante la Guerra Civil. El Padre Severiano nos contó lo sucedido. En alguna otra ocasión volvimos y dejamos unas flores que nos salían al paso. Lo recuerdo con mucha emoción.
Pepe, como "el pequeño misionero".

Entre los filósofos estaban Felix Sanchez y un tal Muñoz al que apodamos "el pariente" porque tal apellido lo llevaba también, en segundo lugar,  nuestra abuela materna. Creo que nuestro pariente terminó con algún mal psíquico.

Felix Sanchez fue el encargado de confeccionar una casulla de cartón, muy bonita y bien hecha, que Pepe lucio en el reportaje fotográfico realizado mientras decía una misa en la que Antonio y yo ejercimos de monaguillos. Asimismo fue el autor del articulo aparecido en la revista "El pequeño misionero" donde se insertan varias de ellas.




La otra canonjía


Afortunadamente no todos los canónigos eran de la calaña que exhumaba el sayón antes mencionado. Había varios que me querían mucho, como D. Galo, D. Paco, D. Domingo Oliveros.

Era Don Galo un canónigo corpulento, alto, de grave voz y director del coro. De vez en cuando, en algunos pontificales, me preparaba los "solos musicales", lo que me ponía nervioso pues, en casi todos ellos, estaban los papás oyendo y escuchando. Aunque la patente la tenía otro infante, más antiguo que yo, llamado Inocente. Este infante compañero llegó a ser sacerdote y estuvo destinado por la Sierra madrileña, según me comentó en alguna ocasión nuestro hermano Pepe. En otras ocasiones, en las misas solemnes, se ponían en el primer banco de uno de los lados y cuando teníamos que ir los dos infantes con los incensarios hasta el coro, al volver para incensar a los fieles, yo me colocaba en el lado de los papás y solo les echaba el humo del incienso a ellos. Lo mismo solía hacer con la bendición de las "sacras".


Don Paco era el campechano, un canónigo que siempre tenia prisa. Alto, delgado, con la sotana siempre a medio abrochar y un tanto parecida a la de Dómine Cabra, pues nunca pasó por una lavandería y de cerca parecía como gris y negra de lejos, era siempre el objetivo de los infantes. Todos queríamos ayudarle en misa porque en diez minutos se despachaba. Siempre la decía en una pequeña capilla que hay a la derecha, pegada al lateral del coro. Como no había bancos, ni reclinatorios, ni tan siquiera un horario fijo de sus misas, no tenia nunca fiel alguno que la oyera, a no ser que casualmente rondara por allí. "Anda, niño, anda", solía repetir una y otra vez mientras nos acodaba leve y cariñosamente en los tiernos costillares. Todos le queríamos mucho.

Don Domingo Oliveros estaba en el extremo opuesto. Joven, elegante, pelusa, que no pelo, impecable y, sobre todo y por encima de todo, era, ni mas ni menos, "canónigo". Casi nada. Y además, el Magistral, que también así se le conocía en Sigüenza. Había que verlo entrar en la catedral. Casi corriendo para que el viento lanzara su capa al vuelo, la mirada fija en algún lugar, la cabeza erguida. Su inusitada altivez era debida a su fama de buen orador, que lo era. Todos los sermones los predicaba Don Domingo. Todos los empezaba con una frase en latín, que nadie entendía, pero que hacia presuponer a los fieles la capacidad oratoria del predicador. Debía ser esta una costumbre de la época pues el Padre Pérez, que solía predicar en Alagón la novena a la virgen del Castillo, comenzaba sus prédicas de igual manera. Lo volví a ver en Zaragoza, al ser destinado a El Pilar, también como Magistral, pero ya era otro, muy distinto, más apagado. Daba la sensación de que había llegado escapando de algo pues no habló, prácticamente, de Sigüenza, lo que denotaba no muy buen recuerdo.

Mistol y el Tito 

Botella de
Mistol
(1950)

Antonio y yo grabamos un anuncio del Mistol, cuya representación llevaba papá en Siguenza. El pre-estreno del anuncio se hizo en el cine Capitol, al lado del parque, cerca del convento de las Clarisas. No recuerdo la frase que decíamos. Mistol era y es una marca española que nació en 1950 bajo el eslogan “Nacido para Triunfar” y que se convirtió en una marca emblemática que desató un cambio significativo en el sector al envasarse en una botella de cristal en vez de venderse a granel. Mistol era en aquel tiempo: “El inmejorable detergente para la absoluta limpieza del hogar”. Un producto multiusos que se dosificaba a base de cucharadas o gotas vertidas sobre un paño mojado, en función de lo que se quería limpiar: la vajilla, lámparas de cristal, espejos, suelos, puertas, ropa, etc. Toda una novedad.

Otro de los personajes de Sigüenza era el "Tito". De mediana estatura, feo, siempre con su gorrilla negro-azulada, era un empleado de la carbonería que nos surtía de resinosas astillas, carbón y carbonilla para el brasero. Una gran verruga se había aposentado en una de sus cejas dándole un temerario aspecto. Se decía que la ultima vez que el agua corrió por su cabeza fue el día de su bautizo, aunque algunos murmuraban que tal evento no acaeció.

Papá nos cuenta con sorpresa como hablan en Alagón


Alagón en el horizonte (Foto:Diario Las Provincias)
Una noche, casi de madrugada, llegó papá que venía de Alagón, con Jesús. Había ido a tomar posesión de secretaria del Juzgado. Antonio y yo dormíamos juntos en un catre que trajimos de Alhama y nos despertó. Venia contento y con ganas de contarnos cosas de Alagón, como que podíamos entrar gratis al cine, que la gente era muy buena pero algunas palabras las decían mal, como "cambiones" en vez de camiones, "fadrica" en lugar de fábrica, "semos" en vez de somos, y cosas así. Pero, sobre todo, recuerdo que, sentado en la orilla del catre con mamá y nosotros acostados, se le veía alegre y contento. ¿Sería porque creyó que el infierno había terminado?.

Hace años volví a Sigüenza. Di una vuelta por cada rincón de la catedral donde dejé un reguero de lágrimas. Me fui a la capilla del Cristo. Me senté. Le miré fijamente durante un buen rato mientras mis lágrimas manaban sin cesar. Hablamos los dos, con palabras de silencio, recordando viejos tiempos. Salí llorando de amargura de la capilla. Pero esta vez la amargura era porque me dijo que estaba solo, muy solo. Como yo.

La llegada a Alagón nos llenó a todos de ilusión, pero...

Besos a todos.