Tenía 6 años cuando opté a ser infante de la catedral de Sigüenza. Había que pasar, lógicamente, un examen de canto. Durante unos seis meses iba todas las tardes a casa de
D. Antonio Galván, mi profesor. Fue él, puesto que ya estaba jubilado, un tenor de segunda fila, un tanto afamado por haber cantado zarzuelas y óperas en Madrid. Para la ocasión solo cantaba ya algunas cortas estrofas tales como "La donna e mobile qual piuma al vento mutta d'accento e di pensiero", pues era un enamorado de Rigoletto. No lo hacía mal pese a tener sus bastantes años. Papá lo apodaba "el "aviador" porque, al ser viudo, él "aviaba" su casa y la tenía en perfecto estado de conservación y limpieza, aunque propia de un anticuario al acusarse un fuerte olor a rancio. Papá lo conoció porque ambos se encontraban, casi a diario, por las tardes, haciendo la Visita a Jesús Sacramentado; y un día se saludaron y tuvieron, desde entonces, cierta amistad. En todas las reuniones cantaba algunas estrofas buscando, creo yo, los añorados aplausos que le alimentaron en su lejana juventud, y mereció. Me enseñó a cantar, algo de música, vocalizar, respirar, posición de la cabeza, postura corporal, calentamiento previo de las cuerdas vocales, hacer el falsete y demás secretos que el "bel canto" tiene. No fui mal alumno. Nos presentamos a la solitaria vacante muchos chiquillos, de Sigüenza y alrededores. El examen transcurrió en un aula sita en la primera planta del
colegio de la Sagrada Familia. Era un domingo lluvioso, por la mañana. Examinaba un cura del seminario, de unos treinta años, ante un armonium. Entoné las escalas musicales hasta la nota que pude y por los gestos, que a mí me parecieron de satisfacción, del examinador, ya me veía yo de infante, como así fue.
Charo señalada de por vida.
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Charo antes de la cicatriz.
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Un buen día, mejor dicho, un desventurado y aciago día que le tocaba a
Charo un lavado general, porque la ducha o la bañera nos eran ajenas e ignorábamos su existencia, estábamos en la cocina ella y yo solos. Ella en una silla alta, en la que mamá solía darle las viandas propias de su edad; yo enfrente; y, entre los dos, en el suelo, un barreño de la época conteniendo agua previamente calentada. Mi presencia en la escena era la de mero vigilante pues la "nena", que de tal manera la llamábamos todos, era, además de inquieta, un tanto vivaracha y movida, tonalidades estas que la han caracterizado, al menos, hasta hoy. En un descuido mío la "nena" se echó hacia adelante, volcóse la silla y dióse con la frente en el mismo borde del barreño. Difícil me resulta definir la escena, si como tragedia o más bien como sainete, si no fuera por el estrépito causado, por la alarmante sangre que manaba por la brecha abierta en la frente, por los apropiados lloros y palidez facial de la "nena", y los gritos alarmados de mamá que reclamaban urgente socorro. Este, el socorro, vino de inmediato ya que los gemidos llegaron a los oídos de los vecinos de enfrente, que, como anteriormente dije, eran la comadrona
Doña Milagros, madrina de nuestra fraternal
Mariluz del Milagro, y su bailarín esposo,
Don Bautista, practicante de profesión, en aquella época, y ahora denominados A.T.S. (Asistente Técnico Sanitario). Entre ambos saturaron le maldita herida y todo volvió a la casi normalidad después de la ingestión de las correspondientes y variadas tisanas que nunca faltaron en casa por razones obvias.
El tesoro de la onza de chocolate y las visiones de Santa Rita.
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| Los chocolates de "Matías López" |
Enfrente de nuestra casa, a unos 50 metros más abajo, había una tienda de ultramarinos donde acostumbrábamos a comprar los víveres o provisiones diarias. Los recados menores los hacíamos entre Antonio y yo. Y estos consistían principalmente en comprar la casi siempre olvidada barra de pan o la tableta de chocolate. De la marca
"Matías López" era la mencionada golosina, con acentuado sabor terráqueo, sí, pero con una sorpresa, algunas, no todas, consistente en llevar en su interior "un duro", pues con tal apodo era conocida la moneda de cinco pesetas. Casi una fortuna. Con gran ilusión partíamos la tableta, onza por onza, como Julio Verne, en "la búsqueda del tesoro". Y a fe mía que la suerte nos visitaba con relativa frecuencia, no toda la que hubiéramos deseado y necesitado, provocando entusiasmos que hoy nos parecen ridículos.
Los domingos chuches.
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Estampa de Santa Rita.
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Los domingos, algunos domingos, acudíamos Antonio y yo al colegio de la Sagrada Familia a "visionar", como ahora se dice, alguna película que versaba, casi siempre, sobre temas religiosos, como es de suponer. Se pagaban cinco céntimos. En un puesto de venta de chucherías, se puso de moda el comer cañamones tostados, (que los jurídicos actuales le han dado el carácter de estupefaciente o droga al llamado "cannabis"). Nos comíamos un montón de ellos que adquiríamos en un cucurucho, y por cinco céntimos. Hoy nos llamarían "drogatas". Con el cucurucho nos regalaban una estampa "milagrosa" de santa Rita. Y digo "milagrosa" porque nos decía la dueña del cuchitril que mirando la estampa fijamente durante dos minutos al mirar al cielo veríamos a la santa. Y así era. Lo que nuestra infantil sabiduría ignoraba es que, después de mirar fijamente la estampa se queda grabada por unos momentos la imagen en la retina y, mirases donde mirases, siempre veías, por un instante, dicha imagen. ¿Dónde estará aquella nuestra inocencia? ¿Somos los hombres de hoy aquellos niños de ayer?, se preguntaba el poeta en "La pedrada".
El "caliente" verano del 54.
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"La mujer de Emilio era una
morenaza impresionante".
Foto: Sofía Loren en los años 50.
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Con 8 años me mandan a Gárgoles de Arriba, cerca de Cifuentes, todo un verano. ¿Sería una forma de quitarse una boca de en medio, aunque sean solo dos meses? Seguramente que sí. Era la segunda vez. ¿Y por qué a Gárgoles? Tenia papá un amigo llamado Emilio, que era el Secretario del Ayuntamiento de Cifuentes al que pertenecía la pedanía de Gárgoles y al partido judicial de Siguenza- y oriundo de la misma, donde le conoció y trabó con él bastante amistad dada la sintonía que proporcionaba la afinidad profesional. Emilio venía a menudo a Siguenza. Allá por los finales de un mes de junio decidieron que me fuera a pasar dos meses con ellos. Dicho y hecho. Quizás influyó en la decisión que Emilio no tenia, o no podía tener, hijos y me prestaron como tal. La esposa era una morenaza "impresionante"; muy guapa, alta, delgada, de larga cabellera azabache, a juego con sus ojos; lucía una apretada y muy visible delantera. Digo "lucía" con toda la mala intención y sin exageración alguna pues los pechos -¡qué pechos, madre mía!- parecían querer salir, intentándolo estaban, de aquel opresor yugo que apenas los sostenían. El calor era apabullante y en aquella casa había botijos por todos los lados. Mucho botijo pero poco pitorro, pienso yo. No recuerdo el nombre de la escultural hembra porque la memoria suele recordar lo mas importante y, en este caso, no lo era, precisamente, el nombre de la dama. "Como hace mucho calor -me dijo- Emilio dormirá abajo, que hace más fresco, y tú dormirás conmigo" (casi "sic"). Hipócritamente contesté con un "lo que ustedes digan".Sí, hipócritamente fue pues la verdad hubiera sido gritar, a pleno pulmón, un ¡Hurraaaaaaa! Dormíamos ambos en el dormitorio conyugal, en un colchón de lana, de la de antes, que nos propiciaba aún más calor, atenuado por la corriente de aire que, disimuladamente, sin cesar, atravesaba, fisgando, la habitación, y mirando de reojo, creo yo, a aquella excitante "Venus de Emilio". Carecía, a mi parecer, de suficiente pudor pues a la vista del niño, que se suponía que yo era, o debería ser, creía que no precisaba de mayor recato. Y las prendas interiores, la de arriba y la abajo, se ponía y quitaba dejando que el aire apagase de su cuerpo el calor que la sofocaba. Si esperáis algo más sería una invención por mi parte. Así que esta ha sido toda la verdad y nada más que la verdad. ¡Qué más hubiera deseado yo que tal "privilegio" a los 8 años! Nos levantábamos temprano para aprovechar la matutina frescura. Desayunábamos como se hace en los pueblos, o sea, como Dios manda, y nos íbamos, Emilio y yo, al campo para ayudar a su padre en las faenas agrícolas propias del estío. Era época de siega. A las afueras tenían una era donde trillaban el trigo. Un día me dejaron solo por un rato. Me senté en la silla que había encima del trillo y ¡Arre, burra!, grité a la acémila mientras sostenía en mis manos los riendas. Y el animal, rutinariamente, inicio su circular y monótono viaje. Como estaba solo unas veces me bajaba y otras me subía al trillo ante el mayor desdén con que jamás me ha mirado alguien y menos una señora burra. En un determinado momento decidí ponerme detrás del trillo, tirado sobre las pajas, y dejar que la burra nos arrastrase a los dos, o sea, al trillo y a mi. ¡Maldita la hora! Como llevaba pantalón corto mis muslos quedaron en carne viva por el roce con la paja. Varios días estuve con apósitos empapados en vinagre y cremas consistentes, sobre todo, en manteca de cerdo. Me lo pasé muy bien en Gárgoles y me trataron de maravilla hasta el punto de que me creía, ni más ni menos, que era hijo único, todo un lujo para el segundo de seis hermanos.
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| Papá con una trucha en la mano |
Con papá de pesca, de truchas y cangrejos.
En Siguenza comenzó la afición de papá por la pesca. Recuerdo que fueron muchas las veces en las que, caminando paralelos con la vía del tren, desde la estación, y con cuatro o cinco personas más, nos metíamos en un pequeño riachuelo que, en largo y estrecho trecho, acompañaba a la vía. Allí, en un punto determinado, antes de llegar a un ciego túnel, nos deteníamos a coger cangrejos. Un hombre me enseñó a cogerlos: poniendo siempre la mano por detrás porque los cangrejos, decía, caminan de espalda. A papá y a mamá le gustaban mucho y unas veces los echaban en el arroz y otras los hacían con tomate. Les quitábamos el caparazón y.... ¡a chupar!, como hacen hoy los políticos.
La cocinera del amor.
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| Mamá, Charo y Juan Carlos |
Mamá siempre fue una gran cocinera. Sus demostraciones de cariño eran constantes y estoy seguro de que su corazón sufrió muchísimo cada vez que faltábamos, o nos íbamos, alguno. Era nuestro bálsamo, nuestro consuelo, la que restaba importancia a nuestras travesuras, nuestro refugio ante las regañinas de papá. Nos tomaba por la cabeza, acariciándola, y nos apretaba contra su pecho mientras nos relajaba con sus amorosas palabras o silencios. A todos nos quería mucho, pero a los más pequeños, más. Ha sido una mujer incomparable que nos ha amado más con palabras de silencio que con gestos exacerbados. Aquellos pucheros de comida que nos hacia los aliñaba con mucho amor maternal. A mamá la queríamos porque nos amaba de verdad. A papá le queríamos porque nos daba miedo, le temíamos. A veces pienso, y lo digo a corazón abierto, que es como debemos hablar entre hermanos, que para papá fuimos, más que hijos, unos súbditos, autómatas, sometidos a una rígida disciplina, sin razón alguna, con la que llamar la atención de la gente como queriendo provocar y reclamar admiración personal. Era de carácter totalmente inestable, capaz de darte lo mejor y seguidamente un montón de bofetadas. Quería unos hijos a su imagen y semejanza, de arcilla que él modelara. Su inseguridad cultural la disimulaba comprando libros que luego apenas leía o se escondía detrás del cargo de secretario judicial. Todo esto se acentuó y agravó cuando crecimos, nos hicimos unos hombres y comenzaron los noviazgos. De eso podemos hablar mucho Charo y yo, por lo mal que nos lo hizo pasar al principio. A mi, en Alagon; a ella, en Madrid.
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| Mamá en la cocina |
Era mamá una mujer profundamente religiosa, con una fe auténtica, profunda, que exteriorizaba con sus gestos hacia todos. Una fe que le salía de adentro, de sus entrañas, de su corazón. Y, sobre todo, una mujer que siempre fue fiel a papá, fidelidad no correspondida en múltiples ocasiones. La fe de papá era más de fachada, de palabras que sublimaba, de gestos, posturas y emociones externas, poniendo velas a Dios y al diablo. No sé si, al final, me decidiré a relatar varios hechos, transcurridos en Alagon, y que todos ignoráis, para que veáis que tengo razón. Y no hablo por hablar. Quizás mamá, si pudiera expresarse, hablaría también de hechos similares ocurridos en Alhama....
Búffalo Bill en las praderas de Sigüenza.
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| Cartel promocional del Circo Americano |
En un solar, al lado del edificio donde se ubicaba el Juzgado de Instrucción, se instaló el "Circo Americano", creo que en un mes de agosto, festividad de san Roque, patrón de Siguenza. No sé, exactamente, si el circo regaló las entradas o fue
Don Germán,el juez de instrucción, quien nos las regaló. El caso es que se anunciaba la participación, entre otros artistas, de
"Búffalo Bill" de cuyas aventuras habíamos oído hablar. Y allá que nos fuimos papa,
Pepe,
Antonio,
Jesús y yo. La ansiedad nos consumía hasta que apareció. Bajo el sombrero típico americano escondía una larga y rubia cabellera que sobresalía hasta los hombros. Un alargado bigote y una chaqueta de piel marrón claro de cuyas mangas se desprendían tiras de cuero. Pantalón vaquero y botas de media caña. Y sobre todo, un gran látigo que, al más mínimo gesto, estrellaba sobre la pista produciendo algo así como una traca de petardos. Nos pareció que era el auténtico Búffalo Bill pues toda su actuación reflejaba las aventuras fantásticas que nuestra mente soñaba y el parecido físico y su indumentaria eran idénticas a las que veíamos en las historietas.
Hasta la próxima entrega.