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| Yayo ¿sabes qué? |
cuando, tímida, se despereza la luna
en los horizontes infinitos del más allá,
y me interrogan en el suave silencio,
frente al mar.
Yayo, ¿sabes qué?
Su mano abraza mi brazo
como si quisiera hacerme suyo
cuando ya lo soy.
Yayo, ¿sabes qué?
Nuestras miradas se encuentran
en ese camino interrogante
y expectante que los ojos recorren
en diálogos trascendentes
como son los nuestros.
Yayo, ¿sabes qué?
E inicia su monólogo
de misceláneas frases
que su mente maravillosa,
amasa, formando un arco iris
de fantasías admirables.
Y me apropio de sus realidades,
oníricos sucesos
que la luna plateada
ha dejado en el sendero
que se desliza desde el infinito mar,
muriendo, con la ultima ola,
en la arena de la playa,
casi a nuestros pies.
Mientras descarga atropelladamente
su piélago de preocupaciones,
me mira con ojos que me atan
y reclaman mi atenta y constante atención.
Yayo, ¿sabes qué?
Itera de nuevo
hilando, sin tregua,
con dorados hilos de su razón,
mi respuesta a su nuevo
y preocupante laberinto
de efervescentes pensamientos.
Siempre espera la acertada respuesta
que supone de mi sabiduría otoñal.
Ebúrneas manos aprietan mi brazo
cada vez que, con tintineo de amor,
repite, tras cada respuesta mía:
Yayo, ¿sabes qué?
Una vez más le respondo,
y por un instante calla,
se ausenta, mira al infinito
pensando en no sé qué cosas.
Está solo, ensimismado,
conjugando mis respuestas
con sus preguntas,
buscando, en su infantil lógica,
la solución a las dudas
que han parido sus pensamientos.
Yayo, ¿sabes qué?
La noche avanza de prisa,
corriendo como corre el tiempo
en los momentos felices.
Muy deprisa, aceleradamente,
sin despedirse, se ha ido la luna
que nos vigilaba,
ahora cobijada tras una nube,
escondida, ruborizada,
por nuestro descubrimiento.
Empujada por el tiempo,
dejando un perfume de paz
que, pausadamente, penetra
por sus océanos brillantes,
sus océanos van cerrándose
a la insolente penumbra
dejándolas abiertas, a la vez,
para nuevas y oníricas fantasías
que, al despertar,
me volverán a interrogar:
Yayo, ¿sabes qué?
A mi lado, en su cama,
transportado en las alas
del cotidiano y nocturno cuento,
queda dormido,
cogiendo mi brazo con su brazo
para impedir mi ausencia,
en un gesto de amor,
ternura y confianza,
mientras iza, en el mástil de sus ilusiones,
una ondulada bandera
de multicolores y nuevas gestas
que protagoniza sin tregua alguna.
Despacio, muy despacio,
con parsimonia vaticana,
de puntillas, casi en éxtasis,
por levado,
me ausento sin querer ausentarme
mientras de los labios de mi alma,
agotadas ya mis respuestas,
murmullo, como siempre, mi muda pregunta:
Alejandro, ¿sabes qué?
Te quiero.
Hasta mañana.
Por Manuel García Paredes
