"Es el gozar, no el poseer, lo que nos hace felices"
Montaigne, Los ensayos.
(Frases de cabecera)
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13/5/14

La Parroquia y el Club Juvenil San Federico

Parroquia "San Federico", en el barrio de Valdezarza en la actualidad
(Foto: JCGP, 13/05/2014)


Por Manuel García Paredes.

En la parroquia de San Federico, de Valdezarza, que así se denominaba canónicamente, y cuya fiesta principal era el 18 de julio, no por lo que podéis pensar sino porque el meritado día se celebra la festividad del patrón referido, creé, con la ayuda económica de la Junta Parroquial y el apoyo del párroco, que se llamaba Arturo el Club Juvenil "San Federico", ubicado en un salón lateral. Personalmente me encargué de comprar el mobiliario (mesas, sillas, armarios, estanterías, etc.) porque, del amplio salón hice un espacio separado para la biblioteca. El resto era espacio para juegos diversos y, al fondo, una barra de bar. No se vendían bebidas alcohólicas sino coca-colas, fantas, etc. tampoco se podía fumar. Recuerdo las facilidades que me dieron casi todas las personas a las que pedí o encargué alguna cosa, especialmente la Coca-Cola que nos proporcionó dos máquinas y unos precios irrisorios. Yo mismo redacté los Estatutos, que fueron aprobados por la Junta Parroquial y fui, temporalmente, el primer presidente del Club, teniendo como vocales a unos chicos que fueron elegidos por los demás socios. Cada uno tenía su carnet de socio. Había, también, un equipo de seguridad formado por cuatro chicos que se encargaban del buen orden y comportamiento. Estos, así como los dos encargados del bar, se renovaban cada quince días para que todos pasaran por la Seguridad y el Bar. La Junta del Club se elegía, o renovaba, cada año. Tal fue el impacto que produjo este Club que el día de San Federico, en la inauguración, vino Televisión Española y nos hizo un reportaje.

Una de las ediciones de la encíclica
"Humanae Vitae" de Pablo VI (1968)
Una anécdota parroquial: con motivo del aniversario de la encíclica de Pablo VI, "Humanae Vitae" (1968), el párroco, Arturo, pronunció una conferencia, más bien larga, en la parroquia atestada de gente. En ella vino a decir, recuerdo, que el cristiano casado debía elegir, a la hora de hacer uso sel matrimonio, entre el "método ogino" o la abstinencia, aprovechando únicamente los días no "fecundos". En otro caso había que tener los hijos "que Dios mandara". Terminada la conferencia entré a la sacristía y me preguntó mi parecer sobre la encíclica a la que, en su parlamento, se había ceñido estrictamente. Discutimos porque yo tendía más hacia una "paternidad responsable" y debía ser el matrimonio quien decidiera el número de hijos a tener. O sea, que opinábamos de forma muy opuesta.

Pues bien. Como seguramente recordaréis, Arturo se salió de su Congregación. Cierto día, cuando yo salía de la Delegación de Hacienda, que estaba al final de la calle Reina Victoria, vi que él entraba. Nos dimos un interminable abrazo, pues hacía varios años que no nos habíamos visto y nos queríamos mucho. Me contó su vida: que se había casado y tenía, fruto del matrimonio, dos hijos. Yo le dije: "Arturo, ahora a por el tercero, luego el cuarto....". Me interrumpió. "Manolo -me dijo- no sabes la cantidad de veces que me acuerdo de ti y de aquella conversación que mantuvimos. ¡Cuánta razón tenías!". "Ves, Arturo, una cosa es predicar y otra dar trigo....". Y nos despedimos.

Entrada principal de la parroquia San Federico (Valdezarza, Madrid). (Foto: JCGP 13/05/2014)
Esquina de la calle Artajona, por donde subíamos desde Saconia, con la calle Alcalde Martín Alzaga. En la pastelería de "La Menorquina" solían comprar papá y mamá unos exquisitos pasteles para el postre de los domingos.
(Foto: JCGP, 13/05/2014)

El coro de la parroquia de Valdezarza

Mariluz, Charo y Antonio dirigiéndose a la parroquia de San Federico del barrio de Valdezarza (Madrid). Detrás se pueden observar las nuevas edificaciones de las distintas fases en que se fue construyendo el barrio de Saconia en los años 70-80. (Foto: Flor de Cactus)

Durante unos años íbamos todos los domingos a la misa de doce al barrio de Valdezarza, que linda con el barrio de Saconia, también llamado La Ciudad de los Poetas, a la parroquia de San Federico, cuyo titular párroco se llamaba Arturo y del que en otro artículo ya nos ha hablado Manolo a propósito de la creación del Club Juvenil San Federico que nuestro hermano promovió. Desde Saconia a Valdezarza teníamos que dar un paseo largo y cuesta arriba desde la calle Valderrey, pasando por la de Antonio Machado y la calle Artajona, hasta la parroquia que estaba y sigue estando en la calle Alcalde Martín de Alzaga, ya muy cerca de la Dehesa de la Villa a la que nos marchábamos después para dar un paseo dominguero. No recuerdo bien si todavía circulaba el tranvía de la linea 3 que iba desde Cuatro Caminos a Peñagrande (Ricote, -plaza y bar- última parada), pasando por la Dehesa y que, cuando llegamos nosotros a Saconia (principios de la década de los 70), todavía funcionaba y tenía una parada muy cerca de casa pues pasaba por la calle Antonio Machado.


Antonio, al órgano, Charo, Jesús, Mariluz, Lourdes, Esperanza y Juan Carlos, durante los ensayos del coro de la Parroquia de San Federico (Valdezarza), (Foto: Flor de Cactus)


Así lo recordaba con todo detalle nuestro hermano Manolo en sus memorias:

El párroco de San Federico, en el barrio de Valdezarza, se llamaba Arturo. En la parroquia de San Federico, que así se denominaba canónicamente, y cuya fiesta principal era el 18 de julio, no por lo que podéis pensar sino porque el mencionado día se celebra la festividad del patrón referido, creé, con la ayuda económica de la Junta Parroquial, el Club Juvenil "San Federico", ubicado en un salón lateral. Personalmente me encargué de comprar el mobiliario (mesas, sillas, armarios, estanterías, etc.) porque, del ámplio salón hice un espacio separado para la biblioteca. El resto era espacio para juegos diversos y, al fondo, una barra de bar. No se vendían bebidas alcohólicas sino coca-colas, fantas, etc. tampoco se podía fumar. Recuerdo las facilidades que me dieron casi todas las personas a las que pedí o encargué alguna cosa, especialmente la Coca-Cola que nos proporcionó dos máquinas y unos precios irrisorios. Yo mismo redacté los Estatutos, que fueron aprobados por la Junta Parroquial y fui, temporalmente, el primer presidente del Club, teniendo como vocales a unos chicos que fueron elegidos por los demás socios. Cada uno tenía su carnet de socio. Había, también, un equipo de seguridad formado por cuatro chicos que se encargaban del buen orden y comportamiento. Estos, así como los dos encargados del bar, se renovaban cada quince dias para que todos pasaran por la Seguridad y el Bar. La Junta del Club se elegía, o renovaba, cada año. Tal fue el impacto que produjo este Club que el día de San Federico, en la inauguración, vino Televisión Española y nos hizo un reportaje.
Una anécdota parroquial: con motivo del aniversario de la encíclica "Humane Vitae", el párroco, Arturo, pronunció una conferencia, más bien larga, en la parroquia que estaba atestada de gente. En ella vino a decir, recuerdo, que el cristiano casado debía elegir, a la hora de hacer uso del matrimonio, entre el método Ogino o la abstinencia, aprovechando únicamente los días no "fecundos". En otro caso había que tener los hijos "que Dios mandara". Terminada la conferencia entré a la sacristía y me preguntó mi parecer sobre la encíclica a la que, en su parlamento, se había ceñido estrictamente. Discutimos porque yo tendía más hacia una "paternidad responsable" y debía ser el matrimonio quien decidiera el número de hijos a tener. O sea, que opinábamos de forma muy opuesta.
Pues bien. Como segúramente recordaréis, Arturo se salió de su congregación. Cierto día, cuando yo salía de la Delegación de Hacienda que estaba al final de la calle Reina Victoria, vi que él entraba. Nos dimos un efusivo abrazo, pues hacía varios años que no nos habíamos visto y nos queríamos mucho. Me contó su vida: que se había casado y tenía, fruto del matrimonio, dos hijos. Yo le dije: Arturo, ahora a por el tercero, luego el cuarto....". Me interrumpió. "Manolo -me dijo- no sabes la cantidad de veces que me acuerdo de tí y de aquella conversación que mantuvímos. ¡Cuánta razón tenías!". "Ves, Arturo, una cosa es predicar y otra dar trigo....". Y nos despedimos.