"Es el gozar, no el poseer, lo que nos hace felices"
Montaigne, Los ensayos.
(Frases de cabecera)
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13/5/14

El coro de la parroquia de Valdezarza

Mariluz, Charo y Antonio dirigiéndose a la parroquia de San Federico del barrio de Valdezarza (Madrid). Detrás se pueden observar las nuevas edificaciones de las distintas fases en que se fue construyendo el barrio de Saconia en los años 70-80. (Foto: Flor de Cactus)

Durante unos años íbamos todos los domingos a la misa de doce al barrio de Valdezarza, que linda con el barrio de Saconia, también llamado La Ciudad de los Poetas, a la parroquia de San Federico, cuyo titular párroco se llamaba Arturo y del que en otro artículo ya nos ha hablado Manolo a propósito de la creación del Club Juvenil San Federico que nuestro hermano promovió. Desde Saconia a Valdezarza teníamos que dar un paseo largo y cuesta arriba desde la calle Valderrey, pasando por la de Antonio Machado y la calle Artajona, hasta la parroquia que estaba y sigue estando en la calle Alcalde Martín de Alzaga, ya muy cerca de la Dehesa de la Villa a la que nos marchábamos después para dar un paseo dominguero. No recuerdo bien si todavía circulaba el tranvía de la linea 3 que iba desde Cuatro Caminos a Peñagrande (Ricote, -plaza y bar- última parada), pasando por la Dehesa y que, cuando llegamos nosotros a Saconia (principios de la década de los 70), todavía funcionaba y tenía una parada muy cerca de casa pues pasaba por la calle Antonio Machado.


Antonio, al órgano, Charo, Jesús, Mariluz, Lourdes, Esperanza y Juan Carlos, durante los ensayos del coro de la Parroquia de San Federico (Valdezarza), (Foto: Flor de Cactus)


Así lo recordaba con todo detalle nuestro hermano Manolo en sus memorias:

El párroco de San Federico, en el barrio de Valdezarza, se llamaba Arturo. En la parroquia de San Federico, que así se denominaba canónicamente, y cuya fiesta principal era el 18 de julio, no por lo que podéis pensar sino porque el mencionado día se celebra la festividad del patrón referido, creé, con la ayuda económica de la Junta Parroquial, el Club Juvenil "San Federico", ubicado en un salón lateral. Personalmente me encargué de comprar el mobiliario (mesas, sillas, armarios, estanterías, etc.) porque, del ámplio salón hice un espacio separado para la biblioteca. El resto era espacio para juegos diversos y, al fondo, una barra de bar. No se vendían bebidas alcohólicas sino coca-colas, fantas, etc. tampoco se podía fumar. Recuerdo las facilidades que me dieron casi todas las personas a las que pedí o encargué alguna cosa, especialmente la Coca-Cola que nos proporcionó dos máquinas y unos precios irrisorios. Yo mismo redacté los Estatutos, que fueron aprobados por la Junta Parroquial y fui, temporalmente, el primer presidente del Club, teniendo como vocales a unos chicos que fueron elegidos por los demás socios. Cada uno tenía su carnet de socio. Había, también, un equipo de seguridad formado por cuatro chicos que se encargaban del buen orden y comportamiento. Estos, así como los dos encargados del bar, se renovaban cada quince dias para que todos pasaran por la Seguridad y el Bar. La Junta del Club se elegía, o renovaba, cada año. Tal fue el impacto que produjo este Club que el día de San Federico, en la inauguración, vino Televisión Española y nos hizo un reportaje.
Una anécdota parroquial: con motivo del aniversario de la encíclica "Humane Vitae", el párroco, Arturo, pronunció una conferencia, más bien larga, en la parroquia que estaba atestada de gente. En ella vino a decir, recuerdo, que el cristiano casado debía elegir, a la hora de hacer uso del matrimonio, entre el método Ogino o la abstinencia, aprovechando únicamente los días no "fecundos". En otro caso había que tener los hijos "que Dios mandara". Terminada la conferencia entré a la sacristía y me preguntó mi parecer sobre la encíclica a la que, en su parlamento, se había ceñido estrictamente. Discutimos porque yo tendía más hacia una "paternidad responsable" y debía ser el matrimonio quien decidiera el número de hijos a tener. O sea, que opinábamos de forma muy opuesta.
Pues bien. Como segúramente recordaréis, Arturo se salió de su congregación. Cierto día, cuando yo salía de la Delegación de Hacienda que estaba al final de la calle Reina Victoria, vi que él entraba. Nos dimos un efusivo abrazo, pues hacía varios años que no nos habíamos visto y nos queríamos mucho. Me contó su vida: que se había casado y tenía, fruto del matrimonio, dos hijos. Yo le dije: Arturo, ahora a por el tercero, luego el cuarto....". Me interrumpió. "Manolo -me dijo- no sabes la cantidad de veces que me acuerdo de tí y de aquella conversación que mantuvímos. ¡Cuánta razón tenías!". "Ves, Arturo, una cosa es predicar y otra dar trigo....". Y nos despedimos.


 

28/1/13

Un año de "Flor de Cactus"



"Todo empezó...", con esta portada iniciamos nuestra andadura hace un año (28-01-12)

Todo empezó...


Queridos lectores de FdC, hoy este blog celebra orgulloso un año de existencia. No es que sea mucho tiempo pero, en los momentos que vivimos en los que los acontecimientos se atropellan unos a otros y los eventos digitales se diluyen como el agua entre las manos (la red líquida), es un poco heroicidad que hayamos mantenido este blog con la aportación de la mayoría y los ánimos de todos.

13/7/12

Canción para cantar una canción

Esa música...
Insiste, hace daño
en el alma.
Viene tal vez de un tiempo
remoto, de una época imposible
perdida para siempre.
Sobrepasa los límites
de la música. Tiene materia,
aroma, es como polvo de algo
indefinible, de un recuerdo que nunca se ha vivido,
de una vaga esperanza irrealizable.
Se llama simplemente:
canción.

Pero no es sólo eso.

Es también la tristeza.


Angel González, Tratado de urbanismo, 1976.









12/7/12

Feliz Cumpleaños Manolo



Portada de la revista FAME conmemorando el
cumpleaños de Manuel García Paredes


Todo el equipo de Flor de Cactus se congratula de felicitar a uno de sus mejores colaboradores-redactores del Blog que tanto éxito está alcanzando con la publicación de sus memorias. "Los Recuerdos de Manolo".

Nuestro redactor Manuel García Paredes cumple hoy 66 años. Nacido el sábado 13 de julio de 1946, Manolo disfruta hoy de una vida sosegada al lado de su inseparable mujer Charo, inseparable desde que aquel año de 1956, siendo una niña, vio a aquellos chiquillos del Secretario de Juzgado que llegaban al pueblo; de sus dos incomparables hijos Chari (Felicidades Chari por tu cumple) y Lolo y de sus preciosos nietos y cariñosos yernos. Manolo ha alcanzado ese punto de felicidad que es el pago a tantos años de lucha, estudio, incomprensiones y trabajo callado. Todos los hermanos nos sentimos orgullosos de tenerle y compartir con él esos inspiradísimos y graciosos momentos de esparcimiento, charla y alegría. El relato de sus memorias nos está abriendo una nueva perspectiva que agradecemos por su sinceridad y atrevimiento. Por todo Manolo te damos las gracias y te deseamos muchas felicidades en tu 66 cumpleaños.

Qué pasó en 1946

"Dias sin huella" se llevó varios oscars de Hollywood en 1946

Las novelas de "El Coyote"
uno de los éxitos editoriales
de los 40.
















Recién terminada la 2ª Guerra Mundial, el mundo se encuentra dividido. Un telón de acero divide a Europa separando la zona occidental de la comunista. En Nuremberg se dictan las sentencias condenatorias de los criminales de guerra nazis. El cadáver de Mussolini es secuestrado por "fascistas demócratas" y la ONU condena a España por considerar que su régimen es dictatorial. La situación en España es  crítica. Los salarios han bajado un 25% desde 1936 y el estraperlo se convierte en uno de los problemas sociales del país. En el cine Cantinflas hace reír a niños y mayores, mientras que la película de Billy Wilder, "Dias sin huella", obtiene los oscar a mejor película, mejor director y mejor actor, Ray Milland. La novela "El Coyote", de J. Mallorquí, alcanza un gran éxito. En Italia se lanza un scooter de dos ruedas creado por Enrico Piaggio y al que se le conocerá con el nombre de Vespa. Con el lanzamiento de los "microsurcos" la música alcanza una larga duración, nacen los "longplay". Un periódico de aquel año valía 40 céntimos, un reloj 200 pesetas y alquilar un piso moderno costaba 450 pesetas. Los líderes políticos de aquel año eran Franco, Truman, De Gaulle, Stalin y Pio XII. El año que nació Manolo también nacieron el rey de Suecia, Carlos Gustavo, el actor Sylvester Stallone, el político Bill Clinton y la cantante Rocio Jurado y murieron Francisco Largo Caballero, J. Maynard Keynes y Manuel de Falla.


25/6/12

Los Recuerdos de Manolo (VII)


Recuerdos de Manolo - Capitulo 7
por Manuel García Paredes






Pepe, Manolo, Antonio, Jesús, Charo y JC en el campo
con amigos de papá comiendo melón.

 

Dicen que solo cuento penas y yo no se contar. Solo cuento algunas de ellas y me callo muchas más"





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AQUEL VERANO DEL 54

Capítulo VII
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"De la familia y de la Guardia Civil ...." (Frase paterna).


El tito Antonio con su nuera y nietos.
La familia de papá, creo que estaremos todos de acuerdo, es una gente rara; rara de carácter, rara en su forma de pesar o, posiblemente, extravagante; envidiosa, por un lado, y acomplejada, por otro. Nosotros no hemos sido santos de su devoción y nos han tomado como familia lejana. Han apreciado mucho a Pepe pero, entiendo yo, ha sido más por su carácter sacerdotal que por el parentesco. Nuestros títulos universitarios, únicos en la familia, fueron como una puntilla que conllevó un mayor distanciamiento. También, es cierto, nosotros tenemos nuestra parte de culpa en esta relación afectiva, pero inexistente, dado que la lejanía, desde un principio, se instaló entre nosotros y no ha existido ese asiduo contacto o roce que nos hubiera llevado a un mejor y mayor afecto, cariño y comprensión.

El tito Antonio siempre tuvo un carácter y comportamiento feudal, por no decir "dictatorial", ante el resto de la familia. Se adjudico el titulo de "pater familiae" de todos exigiendo la consiguiente subordinación de los demás. Valgan dos ejemplos: la noche de bodas le dio una sonora bofetada a su esposa y le dijo: "Esto es para que te vayas acostumbrando a quien manda aquí". Esto me lo contó papa.
La otra sucedió en Saconia. Un día se presentó inesperadamente,  y sin previo aviso, a pasar una temporada con nosotros. Lo que en realidad pretendía -venia huyendo de sus hijos, ya que intentó meter mano a la mujer de su hijo Antonio- era buscar una residencia en Colmenar Viejo y pasar los fines de semana con nosotros. Mamá debería lavarle la ropa y alguno de nosotros ir a buscarlo y llevarlo. Papá se negó en rotundo a esta pretensión y terminó marchándose a Torafe. Pues bien, un día, que papá tardaba en llegar de Torrejón, os dije a todos que íbamos a comer. ¡Aquí no come nadie hasta que tu padre venga!, gritó como si se estuviera dirigiendo a sus hijos. Me le quedé mirando y le contesté, en el mismo tono: "Aquí tú no eres nadie para dar ordenes. Las ordenes las da mi madre y si ella no las da, las doy yo. Así que a comer, y si tú quieres esperar a tu hermano, bájate y lo esperas". Eso fue lo que hizo, bajarse y esperar a papá mientras nosotros comíamos. A los pocos días se fue.

Todo esto viene a cuento, ya que siempre fue así de dictador, porque con todo lo mal que lo estábamos pasando económicamente en Sigüenza, no se le ocurre otra cosa que mandarnos a su hijo Manolo para que estudiara y terminara, en la Normal -lugar docente donde se estudiaba para maestro- los dos años que le faltaban. Pero, para mayor "inri", le mandaba todos los meses un paquete con "delicatesen" para que el guaperas, que de ello presumía el pariente, no pasara necesidad. Y, cual rico Epulón, de vez en cuando soltaba algunas migajas a sus primos "lázaros". Se le puso una habitación para él solo mientras los demás dormíamos apiñados en otro dormitorio y en el comedor. Lo vi, por ultima vez en Torafe, en el entierro de la abuela Antonia, pero ni siquiera lo saludé pues, pese a su edad, no se había desprendido de la altivez y la chulería, que eran las dos únicas virtudes de las que podía alardear, y alardeaba.


Malditas anginas.


Como el oído derecho me supuraba constantemente, el médico le dijo a papá que la solución era operarme de las anginas, operación que se llevó a cabo en la clínica de La Milagrosa, en Madrid. No existía entonces la anestesia así que bajé al quirófano, un enfermero -¿o fue un energúmeno?- me cogió por detrás, me ató las manos con unas vendas mientras otro me ofrecía un dulce que retiró con la misma rapidez con que me incrustaba un "abre-bocas" que ya me impidió poder cerrarla. Me introdujeron en la boca unas pinzas con un algodón empapado en cloroformo y me cortaron las dos anginas.  Por supuesto que la supuración no desapareció y fue uno de mis traumas en la niñez. También, en Siguenza, me puse mis primeras gafas. En ambos casos tenía yo 6 años y algún mes. Una casualidad hizo que, en pocos días, ya en Alagón, dejara de supurar.

Aspirando a Infante de la Catedral.


Nave central de la catedral de Siguenza.


Tenía 6 años cuando opté a ser infante de la catedral de Sigüenza. Había que pasar, lógicamente, un examen de canto. Durante unos seis meses iba todas las tardes a casa de
D. Antonio Galván, mi profesor. Fue él, puesto que ya estaba jubilado, un tenor de segunda fila, un tanto afamado por haber cantado zarzuelas y óperas en Madrid. Para la ocasión solo cantaba ya algunas cortas estrofas tales como "La donna e mobile qual piuma al vento mutta d'accento e di pensiero", pues era un enamorado de Rigoletto. No lo hacía mal pese a tener sus bastantes años. Papá lo apodaba "el "aviador" porque, al ser viudo, él "aviaba" su casa y la tenía en perfecto estado de conservación y limpieza, aunque propia de un anticuario al acusarse un fuerte olor a rancio. Papá lo conoció porque ambos se encontraban, casi a diario, por las tardes, haciendo la Visita a Jesús Sacramentado; y un día se saludaron y tuvieron, desde entonces, cierta amistad. En todas las reuniones cantaba algunas estrofas buscando, creo yo, los añorados aplausos que le alimentaron en su lejana juventud, y mereció. Me enseñó a cantar, algo de música, vocalizar, respirar, posición de la cabeza, postura corporal, calentamiento previo de las cuerdas vocales, hacer el falsete y demás secretos que el "bel canto" tiene. No fui mal alumno. Nos presentamos a la solitaria vacante muchos chiquillos, de Sigüenza y alrededores. El examen transcurrió en un aula sita en la primera planta del colegio de la Sagrada Familia. Era un domingo lluvioso, por la mañana. Examinaba un cura del seminario, de unos treinta años, ante un armonium. Entoné las escalas musicales hasta la nota que pude y por los gestos, que a mí me parecieron de satisfacción, del examinador, ya me veía yo de infante, como así fue.

Charo señalada de por vida.


Charo antes de la cicatriz.

Un buen día, mejor dicho, un desventurado y aciago día que le tocaba a Charo un lavado general, porque la ducha o la bañera nos eran ajenas e ignorábamos su existencia, estábamos en la cocina ella y yo solos. Ella en una silla alta, en la que mamá solía darle las viandas propias de su edad; yo enfrente; y, entre los dos, en el suelo, un barreño de la época conteniendo agua previamente calentada. Mi presencia en la escena era la de mero vigilante pues la "nena", que de tal manera la llamábamos todos, era, además de inquieta, un tanto vivaracha y movida, tonalidades estas que la han caracterizado, al menos, hasta hoy. En un descuido mío la "nena" se echó hacia adelante, volcóse la silla y dióse con la frente en el mismo borde del barreño. Difícil me resulta definir la escena, si como tragedia o más bien como sainete, si no fuera por el estrépito causado,  por la alarmante sangre que manaba por la brecha abierta en la frente, por los apropiados lloros y palidez facial de la "nena", y los gritos alarmados de mamá que reclamaban urgente socorro. Este, el socorro, vino de inmediato ya que los gemidos llegaron a los oídos de los vecinos de enfrente, que, como anteriormente dije, eran la comadrona Doña Milagros, madrina de nuestra fraternal Mariluz del Milagro, y su bailarín esposo, Don Bautista, practicante de profesión, en aquella época, y ahora denominados A.T.S. (Asistente Técnico Sanitario). Entre ambos saturaron le maldita herida y todo volvió a la casi normalidad después de la ingestión de las correspondientes y variadas tisanas que nunca faltaron en casa por razones obvias.

El tesoro de la onza de chocolate y las visiones de Santa Rita.


Los chocolates de "Matías López"
Enfrente de nuestra casa, a unos 50 metros más abajo, había una tienda de ultramarinos donde acostumbrábamos a comprar los víveres o provisiones diarias. Los recados menores los hacíamos entre Antonio y yo. Y estos consistían principalmente en comprar la casi siempre olvidada barra de pan o la tableta de chocolate. De la marca "Matías López" era la mencionada golosina, con acentuado sabor terráqueo, sí, pero con una sorpresa, algunas, no todas, consistente en llevar en su interior "un duro", pues con tal apodo era conocida la moneda de cinco pesetas. Casi una fortuna. Con gran ilusión partíamos la tableta, onza por onza, como Julio Verne, en "la búsqueda del tesoro". Y a fe mía que la suerte nos visitaba con relativa frecuencia, no toda la que hubiéramos deseado y necesitado, provocando entusiasmos que hoy nos parecen ridículos.

Los domingos chuches.


Estampa de Santa Rita.

Los domingos, algunos domingos, acudíamos Antonio y yo al colegio de la Sagrada Familia a "visionar", como ahora se dice, alguna película que versaba, casi siempre, sobre temas religiosos, como es de suponer. Se pagaban cinco céntimos. En un puesto de venta de chucherías, se puso de moda el comer cañamones tostados, (que los jurídicos actuales le han dado el carácter de estupefaciente o droga al llamado  "cannabis"). Nos comíamos un montón de ellos que adquiríamos en un cucurucho, y por cinco céntimos. Hoy nos llamarían "drogatas". Con el cucurucho nos regalaban una estampa "milagrosa" de santa Rita. Y digo "milagrosa" porque nos decía la dueña del cuchitril que mirando la estampa fijamente durante dos minutos al mirar al cielo veríamos a la santa. Y así era. Lo que nuestra infantil sabiduría ignoraba es que, después de mirar fijamente la estampa se queda grabada por unos momentos la imagen en la retina y, mirases donde mirases, siempre veías, por un instante, dicha imagen. ¿Dónde estará aquella nuestra inocencia? ¿Somos los hombres de hoy aquellos niños de ayer?, se preguntaba el poeta en "La pedrada".

El "caliente" verano del 54.


"La mujer de Emilio era una
morenaza impresionante".
Foto: Sofía Loren en los años 50.

Con 8 años me mandan a Gárgoles de Arriba, cerca de Cifuentes, todo un verano. ¿Sería una forma de quitarse una boca de en medio, aunque sean solo dos meses? Seguramente que sí. Era la segunda vez. ¿Y por qué a Gárgoles? Tenia papá un amigo llamado Emilio, que era el Secretario del Ayuntamiento de Cifuentes al que pertenecía la pedanía de Gárgoles y  al partido judicial de Siguenza- y oriundo de la misma, donde le conoció y trabó con él bastante amistad dada la sintonía que proporcionaba la afinidad profesional. Emilio venía a menudo a Siguenza. Allá por los finales de un mes de junio decidieron que me fuera a pasar dos meses con ellos. Dicho y hecho. Quizás influyó en la decisión que Emilio no tenia, o no podía tener, hijos y me prestaron como tal. La esposa era una morenaza "impresionante"; muy guapa, alta, delgada, de larga cabellera azabache, a juego con sus ojos; lucía una apretada y muy visible delantera. Digo "lucía" con toda la mala intención y sin exageración alguna pues los pechos -¡qué pechos, madre mía!- parecían querer salir, intentándolo estaban, de aquel opresor yugo que apenas los sostenían. El calor era apabullante y en aquella casa había botijos por todos los lados. Mucho botijo pero poco pitorro, pienso yo. No recuerdo el nombre de la escultural hembra porque la memoria suele recordar lo mas importante y, en este caso, no lo era, precisamente, el nombre de la dama. "Como hace mucho calor -me dijo- Emilio dormirá abajo, que hace más fresco, y tú dormirás conmigo" (casi "sic"). Hipócritamente contesté con un "lo que ustedes digan".Sí, hipócritamente fue pues la verdad hubiera sido gritar, a pleno pulmón, un ¡Hurraaaaaaa! Dormíamos ambos en el dormitorio conyugal, en un colchón de lana, de la de antes, que nos propiciaba aún más calor, atenuado por la corriente de aire que, disimuladamente, sin cesar, atravesaba, fisgando, la habitación, y mirando de reojo, creo yo, a aquella excitante "Venus de Emilio". Carecía, a mi parecer, de suficiente pudor pues a la vista del niño, que se suponía que yo era, o debería ser, creía que no  precisaba de mayor recato. Y las prendas interiores, la de arriba y la abajo, se ponía y quitaba dejando que el aire apagase de su cuerpo el calor que la sofocaba. Si esperáis algo más sería una invención por mi parte. Así que esta ha sido toda la verdad y nada más que la verdad. ¡Qué más hubiera deseado yo que tal "privilegio" a los 8 años! Nos levantábamos temprano para aprovechar la matutina frescura. Desayunábamos como se hace en los pueblos, o sea, como Dios manda, y nos íbamos, Emilio y yo, al campo para ayudar a su padre en las faenas agrícolas propias del estío. Era época de siega. A las afueras tenían una era donde trillaban el trigo. Un día me dejaron solo por un rato. Me senté en la silla que había encima del trillo y ¡Arre, burra!, grité a la acémila mientras sostenía en mis manos los riendas. Y el animal, rutinariamente, inicio su circular y monótono viaje. Como estaba solo unas veces me bajaba y otras me subía al trillo ante el mayor desdén con que jamás me ha mirado alguien y menos una señora burra. En un determinado momento decidí ponerme detrás del trillo, tirado sobre las pajas, y dejar que la burra nos arrastrase a los dos, o sea, al trillo y a mi. ¡Maldita la hora! Como llevaba pantalón corto mis muslos quedaron en carne viva por el roce con la paja.  Varios días estuve con apósitos empapados en vinagre y cremas consistentes, sobre todo, en manteca de cerdo. Me lo pasé muy bien en Gárgoles y me trataron de maravilla hasta el punto de que me creía, ni más ni menos, que era hijo único, todo un lujo para el segundo de seis hermanos.

Papá con una trucha en la mano

Con papá de pesca, de truchas y cangrejos.


En Siguenza comenzó la afición de papá por la pesca. Recuerdo que fueron muchas las veces en las que, caminando paralelos con la vía del tren, desde la estación, y con cuatro o cinco personas más, nos metíamos en un pequeño riachuelo que, en largo y estrecho trecho, acompañaba a la vía.  Allí, en un punto determinado, antes de llegar a un ciego túnel, nos deteníamos a coger cangrejos. Un hombre me enseñó a cogerlos: poniendo siempre la mano por detrás porque los cangrejos, decía,  caminan de espalda. A papá y a mamá le gustaban mucho y unas veces los echaban en el arroz y otras los hacían con tomate. Les quitábamos el caparazón y.... ¡a chupar!, como hacen hoy los políticos.



La cocinera del amor.


Mamá, Charo y Juan Carlos
Mamá siempre fue una gran cocinera. Sus demostraciones de cariño eran constantes y estoy seguro de que su corazón sufrió muchísimo cada vez que faltábamos, o nos íbamos, alguno. Era nuestro bálsamo, nuestro consuelo, la que restaba importancia a nuestras travesuras, nuestro refugio ante las regañinas de papá. Nos tomaba por la cabeza, acariciándola, y nos apretaba contra su pecho mientras nos relajaba con sus amorosas palabras o silencios. A todos nos quería mucho, pero a los más pequeños, más. Ha sido una mujer incomparable que nos ha amado más con palabras de silencio que con gestos exacerbados. Aquellos pucheros de comida que nos hacia los aliñaba con mucho amor maternal. A mamá la queríamos porque nos amaba de verdad. A papá le queríamos porque nos daba miedo, le temíamos. A veces pienso, y lo digo a corazón abierto, que es como debemos hablar entre hermanos, que para papá fuimos, más que hijos, unos súbditos, autómatas, sometidos a una rígida disciplina, sin razón alguna, con la que llamar la atención de la gente como queriendo provocar y reclamar admiración personal. Era de carácter totalmente inestable, capaz de darte lo mejor y seguidamente un montón de bofetadas. Quería unos hijos a su imagen y semejanza, de arcilla que él modelara. Su inseguridad cultural la disimulaba comprando libros que luego apenas leía o se escondía detrás del cargo de secretario judicial. Todo esto se acentuó y agravó cuando crecimos, nos hicimos unos hombres y comenzaron los noviazgos. De eso podemos hablar mucho Charo y yo, por lo mal que nos lo hizo pasar al principio. A mi, en Alagon; a ella, en Madrid.
Mamá en la cocina

 Era mamá una mujer profundamente religiosa, con una fe auténtica, profunda,  que exteriorizaba con sus gestos hacia todos. Una fe que le salía de adentro, de sus entrañas, de su corazón. Y, sobre todo, una mujer que siempre fue fiel a papá, fidelidad no correspondida en múltiples ocasiones. La fe de papá era más de fachada, de palabras que sublimaba, de gestos, posturas y emociones externas, poniendo velas a Dios y al diablo. No sé si, al final, me decidiré a relatar varios hechos, transcurridos en Alagon, y que todos ignoráis, para que veáis que tengo razón.  Y no hablo por hablar. Quizás mamá, si pudiera expresarse, hablaría también de hechos similares ocurridos en Alhama....

Búffalo Bill en las praderas de Sigüenza.


Cartel promocional del Circo Americano
En un solar, al lado del edificio donde se ubicaba el Juzgado de Instrucción, se instaló el "Circo Americano", creo que en un mes de agosto, festividad de san Roque, patrón de Siguenza. No sé, exactamente, si el circo regaló las entradas o fue Don Germán,el juez de instrucción, quien nos las regaló. El caso es que se anunciaba la participación, entre otros artistas, de "Búffalo Bill" de cuyas aventuras habíamos oído hablar. Y allá que nos fuimos papa, Pepe, Antonio, Jesús y yo. La ansiedad nos consumía hasta que apareció. Bajo el sombrero típico americano escondía una larga y rubia cabellera que sobresalía hasta los hombros. Un alargado bigote y una chaqueta de piel marrón claro de cuyas mangas se desprendían tiras de cuero. Pantalón vaquero y botas de media caña. Y sobre todo, un gran látigo que, al más mínimo gesto, estrellaba sobre la pista produciendo algo así como una traca de petardos. Nos pareció que era el auténtico Búffalo  Bill pues toda su actuación reflejaba las aventuras fantásticas que nuestra mente soñaba y el parecido físico y su indumentaria eran idénticas a las que veíamos en las historietas.

Hasta la próxima entrega.

20/6/12

Los Recuerdos de Manolo, una terapia nada peligrosa.




Manuel García Paredes

Por Manuel García Paredes


Como habéis podido observar con todo lo que hasta ahora he confesado en este blog, en Sigüenza, a excepción de Pepe, Antonio y yo, (y Jesús, un poco), todos los demás -Charo, Mariluz y Juan Carlos- erais demasiado pequeños como para que comprendierais la realidad que a todos nos circundaba. Incluso es posible que a los mayores nos desbordara también un poco y hubiéramos podido caer en alguna inocente exageración pues, cuando uno es pequeño, todo lo que le rodea adquiere mayor dimensión, es más grande.

Conociendo, como creo conocer, a alguno de mis hermanos, quizás alguno piense que he exagerado y que solo relato los "malos recuerdos", olvidando los buenos, que tuvo que haberlos también, o, posiblemente, que mejor habría sido "callar", "enterrar" todas estas cosas y continuar como estamos, pues no hay necesidad de sacar a relucir un "pasado", un tanto escabroso, y que, precisamente por ser "pasado", hay que comprender que agua pasada no mueve molino.

Papá con Charo, Jesús y Manolo en una plaza de toros.
Sin embargo, y respetando todas las opiniones, (aunque sé que son mayoría las de  quienes piensan todo lo contrario), creo que esta terapia nos viene bien, sobre todo a los más jóvenes de los hermanos que, de esta manera conocerán mejor sus antecedentes familiares y encontrarán respuesta a hechos concretos y con los que se toparon y cuya anterior causa desconocen. En definitiva, la vida de la familia ha sido como un largo viaje en cuyo autobús nos fuimos montando, uno a uno, conforme veníamos al mundo.

Pretendo, pues, relatar el viaje según yo lo he visto, con todas sus incidencias, nos gusten más o nos gusten menos. Y siempre partiendo de la libertad que todos tenemos de leer o no estos recuerdos. Incluso discrepar, que nadie estamos en posesión de la verdad absoluta y hasta es posible que la niñez haya vivido más de la fantasía que de la realidad.


En el próximo capítulo (VII) os contaré algunos recuerdos que había olvidado en el anterior, como el "affaire" del tito Antonio, hermano de papa; mi operación de anginas; mi preparación músico-vocal para "opositar" a la plaza de infante de la catedral; la cicatriz frontal de Charolas tabletas de chocolate; mis vacaciones en Gárgoles de Arriba y la pesca de los cangrejos.

Hasta pronto.

10/6/12

Adiós Sigüenza, adiós



Los Recuerdos de Manolo
(capítulo VI)
Por Manuel García Paredes




Papá con Pepe, Antonio, Jesús, Charo y Juan Carlos,
posiblemente en la Alameda de Siguenza (1955)


A modo de recapacitación, preámbulo o desahogo personal


Un día cualquiera se le ocurre a uno subir al desván de la memoria y se encuentra con el, casi olvidado,  baúl donde los recuerdos dormitan sigilosamente. Te quedas observando y te preguntas qué habrá dentro. Dudas si abrirlo o no, pero la curiosidad se impone. Lo abres y, de repente, la memoria inicia la larga película, escena tras escena, de una vida en blanco y negro, que ha transcurrido a velocidad inusitada. Y te muestra, desde su fría imparcialidad, la realidad misma de unos momentos vividos, y, como un escalofrío, recorren tu cuerpo. Son los momentos buenos y malos; que en los baúles hay de todo. Y también duras escenas de las que ni siquiera te acordabas, al pensar que el tiempo las habría borrado, e inopinadamente vuelven a revivir. Y, por un momento, te arrepientes de tu curiosidad, de abrir el baúl, de subir al desván... Cierras el arcón de los recuerdos, te alejas del lugar. Pegados en el alma han quedado los recuerdos olvidados que vuelven a perseguirte cual  negra sombra cicatrizada. Y así se va construyendo uno mismo; y cada cual es como es porque cada uno, aun dentro del mismo grupo o clan, ha vivido -¿sufrido?- una misma realidad pero con tintes, sensibilidades y enfoques muy distintos.

Esto es lo que a mí me ha pasado. Subí al desván, abrí el baúl y... me encontré con toda clase de recuerdos, incluso aquéllos que yacían bajo las tibias cenizas de alguna solitaria alegría. Pero, como en las películas, las escenas se han ido sucediendo, una tras otra, sin solución de continuidad. La película de la cruda realidad es siempre la misma aunque hayamos olvidado algunas escenas.

Y decidí parar, frenar, dejar de escribir o relatar mis recuerdos porque el ánimo estaba herido y dolorido y la depresión asomaba. Y en mis monólogos siempre me digo a mí mismo que no, que no quisiera volver a ser niño; o, al menos, ese niño que yo fui. No me gusta la niñez que los hados me dieron. Es posiblemente por ello que no puedo ver a un niño sufrir, llorar... Porque eso es cosa de los mayores que, además de sufrir y llorar en este valle de lágrimas, azotan y enturbian con sus lágrimas, la cándida y feliz inocencia perdida.

Mientras escribo me pregunto que a quién le puede importar estas mis cosas. ¿A los amigos? No los tengo. Y la familia anda algo ensimismada, cercana en la lejanía, lejana en la proximidad. Quizás porque la mayor lejanía es la excesiva -¿aparente?- cercanía. Porque no es lo mismo caminar juntos que caminar unidos. Lo importante es lo que cada uno ha conseguido y, hasta en ocasiones, medimos o comparamos alturas ente nosotros sin tener en cuenta que el Sumo Hacedor, en quien creemos, ha repartido, a su antojo, los parabólicos talentos. Lo importante no es el personaje que nos ha sido asignado a cada uno sino la fidelidad con que lo interpretamos en la obra que continúa la Creación iniciada. Porque solamente somos actores que representamos a unos personajes en el Gran Teatro del mundo.

Los recuerdos fluyen en mi mente sin orden cronológico alguno, pero fluyen. Lo importante no es la exactitud de la fecha sino el recuerdo en si mismo.

Papá y el primo Manolo con Manolo, Antonio, Jesús, Charo y Juan Carlos
en la Alameda de Sigüenza (1955)

La "coronilla" de Jesús y el cachete del canónigo.


Cierto domingo, se fueron los papás, como todos los domingos por la mañana, a la misa de la catedral. Antonio, Jesús, Charo y yo nos quedamos jugando, entretenidos en mil cosas que pasaban por nuestra imaginación. Se me ocurrió coger unas tijerillas que papá había comprado para cortar las uñas y, tomando una cuartilla, hice con ellas un perfecto y exacto círculo que me sirvió de modelo para colocarlo en la parte occipital del cráneo de Jesús y, no sin cierta habilidad por mi parte, le hice la tonsura, o lo que es lo mismo, una coronilla autentica, inmejorable. Cuando volvieron los papás y vieron la faena no daban crédito a la escena. Uno estaba ya acostumbrado a llevarse su"ración", que tampoco faltó. Papá no era, precisamente, de los que dejan pasar o desaprovechan estas ocasiones. Nos arreglamos Antonio, Jesús y yo para la misa de 1, que solían decir en una capilla que hay al lado de la sacristía. El "desperfecto" fue ocultado con una gorra que Jesús portaba. Ya en la catedral, un canónigo, un tal Box -o algo así- cuya familia tenia una librería en la calle donde se ubicaba el colegio de la Sagrada Familia, al observar lo que, a su parecer,  suponía una falta de respeto al lugar sagrado, le dio con la mano, de detrás hacia adelante, en la gorrilla tirándola al suelo y dejando al descubierto la infantil gesta capilar. Rápidamente, después de recogerla, abandonamos el sitio, alejándonos hacia la tumba o panteón del Doncel por considerar el lugar más discreto, menos visible.

La mala hostia del canónigo de la catedral.


Un "canónigo" conquense.
Y es que, en aquella época, un canónigo era una autoridad que estaba por encima del bien y del mal. Hoy no sucedería tan feudal comportamiento porque el canónigo, sin duda,  terminaría en algún servicio de Urgencias. Estas cosas vividas en la niñez, te dejan su huella y llega un momento en que uno tiene tantas huellas encima, por una y mil razones más,  que terminas marchándote, buscando otros amparos. Una más de mis muchas huellas ocurrió siendo infante de la catedral. Se celebraba la misa, que me tocó ayudar, en el altar de la patrona, Santa María la Mayor, que está en el trascoro, escoltado con dos grandes y negras columnas salomónicas, creo recordar. En un mal momento me entraron ganas de orinar; ganas que iban "in crecendo", por lo que, o me iba al servicio o me orinaba en el altar, cosa, esta última, que no consideré "litúrgica", por lo que, por breves momentos, abandoné el servicio que prestaba y me ausenté para proceder a la micción correspondiente. No pasó nada cuando volví. Incluso creí que el clérigo ni había notado mi ausencia, pues tal fue mi rapidez. Llegados a la sacristía, de repente recibí tal bofetada que caí al suelo con mi sotana y roquete. Miré al susodicho preboste fijamente a la cara y, como mi orgullo taponó mis lágrimas, observé sus ojos enrojecidos, diabólicamente enrojecidos. Antes de levantarme me dio tiempo a observar el techo de la sacristía y vi mil caras esculpidas que me fascinaron. Al clérigo le dolió más que yo no llorara que a mí la bofetada recibida. Yo era ya un adulto de 7 años que había estado en mil batallas... Este hijo de Satanás, y espero que el del tridente no se enfade por adjudicarle la paternidad del sujeto en cuestión, de la que sin duda renegaría, el Día de las Animas Benditas, allá por los primeros días de noviembre, cuando ya los infantes nos retirábamos, sobre las 9 de la noche, al colegio -filosofado de los claretianos-, me dejó solo en la sacristía mayor, encerrado y sin luz alguna. Al cabo de una hora, aproximadamente, después de haber cenado tranquila y opíparamente el "ilustrísimo", supongo, volvió y me dijo que "Dios quiera que las Animas Benditas,  que en estos momentos van en procesión por el claustro de la catedral, te lleven con ellas". Y es que, para volver al colegio o filosofado,había que atravesar los claustros y salir y atravesar  un descampado donde jugaban al fútbol los filósofos. Es fácil imaginar el miedo, el pánico, el terror que me invadió cuando, a ciegas, casi a tientas, sin luz alguna, recorría, solo, aquellos claustros a las 10 de la noche de un día de noviembre, en una noche cerrada, sintiendo como si alguien, detrás, siguiera mis pasos. Si alguno de mis hermanos ha perdido su precioso tiempo -todos tenemos cosas mucho mas importantes que hacer-, en leer esta anécdota, seguramente que pensará que, por todas estas cosas y muchas más, Manolo es como es. La vida lo ha moldeado así y nuestro carácter es producto de nuestras vivencias. ¿Yo soy yo y mis circunstancias?.


La consagración de la Virgen de Barbatona y la llegada del obispo.



Dos hermosos "canónigos" escoltan al nuncio Hildebrando Antoniutti,
en una procesión en Cuenca (31 de mayo de 1957)

Otro de los días que más ha permanecido en mi recuerdo ha sido la consagración de la Virgen de Barbatona y la llegada del nuevo obispo -no recuerdo quién fue-. Posiblemente era el que sustituyó a Pablo Gúrpide Beope (1951-1955), un tal Lorenzo Bereciartua (1955-1963). Me impresionaron porque el cardenal Antoniutti, que celebró la consagración, era la imagen exacta de Pío XII, Papa reinante a la sazón. La ceremonia se realizó, con gran solemnidad, en el Parque, sobre las 12 de la mañana, un espléndido día de domingo. En la entrada al parque, a la izquierda, se levantó una gran tribuna-altar. Mi corta estatura me obligó a trepar en una farola desde la que, no sin cierto esfuerzo, pude seguir algunos momentos de la litúrgica consagración.

Hildebrando Antoniutti
(1898-1974)
El obispo de Sigüenza,
Lorenzo Bereciartua
El otro momento fue el recibimiento que se hizo al nuevo obispo. Desde la estación hasta la catedral, todas las calles estaban engalanadas y la calzada era toda ella una alfombra multicolor, adornada con flores sobre serrín de misceláneos colores. Era una obra de arte. Vi en la estación de Renfe cómo el obispo se subía en una burra cana y lo fui siguiendo. Cuando asomó la comitiva por la calle Mayor se inició un carillón de campanas que parecían haberse vuelto locas de alegría con sus sonoros repiqueteos. La gente, desde los balcones, lanzaban pétalos de flores con gran fruición y vivas al nuevo pastor que, desde el jumento, siempre escoltado por los canónigos, no cesaba de repartir paternales bendiciones y más bendiciones a diestro y siniestro. Lo recuerdo como si hubiera sucedido ayer mismo.

Pepe diciendo misa, asistido por
Manolo y Antonio de monaguillos
(Sigüenza, 1953)

Sor Victoria y el padre Severiano


Muchos domingos, por la tarde, acudíamos con los papás al asilo donde las Hermanitas de los Pobres mimaban a los ancianos que recorrían los últimos tramos de sus vidas. Recuerdo a Sor Victoria, una de esas monjas vivarachas, alegres y mandonas. Era guapa. Nos tenía mucho cariño. Allí nos daba de merendar un trozo de pan con chocolate, o con mantequilla y azúcar. Nuestra infantil presencia alegraba a los abuelos que nos contaban mil aventuras vividas mientras "Paquillo", un hombre muy delgado, enjuto y medio desdentado, piropeaba a mamá. Solía hacer los recados que las monjas le encomendaban. El pasillo era ancho, un cuadrado.

Unas navidades, en uno de los ángulos se puso un pequeño escenario donde los filósofos claretianos escenificaron una obra teatral y a la que fuimos invitados por ambas partes, sor Victoria y el Padre Severiano, un sacerdote sensacional, llano, sin doblez, un adelantado a su tiempo. Papá hablaba mucho con él. A veces acompañábamos a los filósofos en sus salidas camperas, merendábamos con ellos. Un día dimos con ellos un paseo por una carretera, un poco alejada de Sigüenza, y me causó gran impresión ver un monolito, al lado de la carretera, cerca del cerro Otero, que recordaba el asesinato del Padre Ruiz y algunos filósofos durante la Guerra Civil. El Padre Severiano nos contó lo sucedido. En alguna otra ocasión volvimos y dejamos unas flores que nos salían al paso. Lo recuerdo con mucha emoción.
Pepe, como "el pequeño misionero".

Entre los filósofos estaban Felix Sanchez y un tal Muñoz al que apodamos "el pariente" porque tal apellido lo llevaba también, en segundo lugar,  nuestra abuela materna. Creo que nuestro pariente terminó con algún mal psíquico.

Felix Sanchez fue el encargado de confeccionar una casulla de cartón, muy bonita y bien hecha, que Pepe lucio en el reportaje fotográfico realizado mientras decía una misa en la que Antonio y yo ejercimos de monaguillos. Asimismo fue el autor del articulo aparecido en la revista "El pequeño misionero" donde se insertan varias de ellas.




La otra canonjía


Afortunadamente no todos los canónigos eran de la calaña que exhumaba el sayón antes mencionado. Había varios que me querían mucho, como D. Galo, D. Paco, D. Domingo Oliveros.

Era Don Galo un canónigo corpulento, alto, de grave voz y director del coro. De vez en cuando, en algunos pontificales, me preparaba los "solos musicales", lo que me ponía nervioso pues, en casi todos ellos, estaban los papás oyendo y escuchando. Aunque la patente la tenía otro infante, más antiguo que yo, llamado Inocente. Este infante compañero llegó a ser sacerdote y estuvo destinado por la Sierra madrileña, según me comentó en alguna ocasión nuestro hermano Pepe. En otras ocasiones, en las misas solemnes, se ponían en el primer banco de uno de los lados y cuando teníamos que ir los dos infantes con los incensarios hasta el coro, al volver para incensar a los fieles, yo me colocaba en el lado de los papás y solo les echaba el humo del incienso a ellos. Lo mismo solía hacer con la bendición de las "sacras".


Don Paco era el campechano, un canónigo que siempre tenia prisa. Alto, delgado, con la sotana siempre a medio abrochar y un tanto parecida a la de Dómine Cabra, pues nunca pasó por una lavandería y de cerca parecía como gris y negra de lejos, era siempre el objetivo de los infantes. Todos queríamos ayudarle en misa porque en diez minutos se despachaba. Siempre la decía en una pequeña capilla que hay a la derecha, pegada al lateral del coro. Como no había bancos, ni reclinatorios, ni tan siquiera un horario fijo de sus misas, no tenia nunca fiel alguno que la oyera, a no ser que casualmente rondara por allí. "Anda, niño, anda", solía repetir una y otra vez mientras nos acodaba leve y cariñosamente en los tiernos costillares. Todos le queríamos mucho.

Don Domingo Oliveros estaba en el extremo opuesto. Joven, elegante, pelusa, que no pelo, impecable y, sobre todo y por encima de todo, era, ni mas ni menos, "canónigo". Casi nada. Y además, el Magistral, que también así se le conocía en Sigüenza. Había que verlo entrar en la catedral. Casi corriendo para que el viento lanzara su capa al vuelo, la mirada fija en algún lugar, la cabeza erguida. Su inusitada altivez era debida a su fama de buen orador, que lo era. Todos los sermones los predicaba Don Domingo. Todos los empezaba con una frase en latín, que nadie entendía, pero que hacia presuponer a los fieles la capacidad oratoria del predicador. Debía ser esta una costumbre de la época pues el Padre Pérez, que solía predicar en Alagón la novena a la virgen del Castillo, comenzaba sus prédicas de igual manera. Lo volví a ver en Zaragoza, al ser destinado a El Pilar, también como Magistral, pero ya era otro, muy distinto, más apagado. Daba la sensación de que había llegado escapando de algo pues no habló, prácticamente, de Sigüenza, lo que denotaba no muy buen recuerdo.

Mistol y el Tito 

Botella de
Mistol
(1950)

Antonio y yo grabamos un anuncio del Mistol, cuya representación llevaba papá en Siguenza. El pre-estreno del anuncio se hizo en el cine Capitol, al lado del parque, cerca del convento de las Clarisas. No recuerdo la frase que decíamos. Mistol era y es una marca española que nació en 1950 bajo el eslogan “Nacido para Triunfar” y que se convirtió en una marca emblemática que desató un cambio significativo en el sector al envasarse en una botella de cristal en vez de venderse a granel. Mistol era en aquel tiempo: “El inmejorable detergente para la absoluta limpieza del hogar”. Un producto multiusos que se dosificaba a base de cucharadas o gotas vertidas sobre un paño mojado, en función de lo que se quería limpiar: la vajilla, lámparas de cristal, espejos, suelos, puertas, ropa, etc. Toda una novedad.

Otro de los personajes de Sigüenza era el "Tito". De mediana estatura, feo, siempre con su gorrilla negro-azulada, era un empleado de la carbonería que nos surtía de resinosas astillas, carbón y carbonilla para el brasero. Una gran verruga se había aposentado en una de sus cejas dándole un temerario aspecto. Se decía que la ultima vez que el agua corrió por su cabeza fue el día de su bautizo, aunque algunos murmuraban que tal evento no acaeció.

Papá nos cuenta con sorpresa como hablan en Alagón


Alagón en el horizonte (Foto:Diario Las Provincias)
Una noche, casi de madrugada, llegó papá que venía de Alagón, con Jesús. Había ido a tomar posesión de secretaria del Juzgado. Antonio y yo dormíamos juntos en un catre que trajimos de Alhama y nos despertó. Venia contento y con ganas de contarnos cosas de Alagón, como que podíamos entrar gratis al cine, que la gente era muy buena pero algunas palabras las decían mal, como "cambiones" en vez de camiones, "fadrica" en lugar de fábrica, "semos" en vez de somos, y cosas así. Pero, sobre todo, recuerdo que, sentado en la orilla del catre con mamá y nosotros acostados, se le veía alegre y contento. ¿Sería porque creyó que el infierno había terminado?.

Hace años volví a Sigüenza. Di una vuelta por cada rincón de la catedral donde dejé un reguero de lágrimas. Me fui a la capilla del Cristo. Me senté. Le miré fijamente durante un buen rato mientras mis lágrimas manaban sin cesar. Hablamos los dos, con palabras de silencio, recordando viejos tiempos. Salí llorando de amargura de la capilla. Pero esta vez la amargura era porque me dijo que estaba solo, muy solo. Como yo.

La llegada a Alagón nos llenó a todos de ilusión, pero...

Besos a todos.



8/4/12

Los Recuerdos de Manolo, capítulo 5º

           

Los Recuerdos de Manolo

Por Manuel García Paredes



Capítulo 5º

Sigüenza el inicio de todos los males

Plano de Sigüenza, donde se desarrollan
los hechos contados en este capítulo.

Miedos infantiles.


Mirando en el mapa de Google observo que la calle que yo venía llamando "Avenida de Guadalajara" se denomina calle Mayor. O han cambiado el nombre o yo estaba equivocado. Aunque ésto es lo de menos. Subiendo por la calle -llamémosla- Mayor, después de pasar una tienda, donde en la acera había siempre una moto "Lube" y un estanco, en medio de ambos, había una puerta, algo estrecha, y un pasillo tenebrosamente largo. ¡Cuántos miedos han recorrido nuestros infantiles cuerpos cuando, llegado el atardecer -no digamos ya la noche-, teníamos que atravesarlo solos. Este miedo se acrecentaba, no ya por la constante y negra oscuridad, sino porque en el lado derecho había una escalera en la que se podían esconder todos los monstruos, vagabundos y asesinos que la niñez crea en tan inocente imaginación. ¡Cuántas veces lo atravesamos con insuperable velocidad o dando gritos para ahuyentar a los imaginarios fantasmas!. Al final del tétrico pasillo una puerta con un pestillo daba acceso a un pequeño patio donde se ubicaban unas viviendas recién terminadas. A la derecha había cuatro o cinco cuartos trasteros "adosados". El primero, o el ultimo, según se mire, era el nuestro. Lleno de cosas inútiles, en un principio, se llenó despues con cajas que contenían botellas de "Mistol", marca de la que papá era representante.


Sigüenza, calle Mayor, al fondo la Catedral.

Los vecinos


El sueldo de papá era muy escaso -333,33 pesetas mensuales-, para mantener una esposa, cinco hijos y otro a punto de venir, pagar luz, alquiler, leña y no sé cuántas cosas más (por supuesto que no teníamos el lujo de un teléfono) pero sí una radio "Philips" que nos trajimos de Alhama, muy bonita y con cuyos programas el peregrinar era más llevadero. En el patio había una especie de pequeño almacén que el dueño cerró para que no nos metiéramos en él durante nuestros juegos. Por una empinada y estrecha escalera -donde Charo se cayó y sufrió la rotura de un diente- se accedía a los pisos. Había dos viviendas en cada rellano, una frente a la otra. La nuestra: el primero, izquierda. Enfrente, el primero derecha, lógicamente. Allí vivía un matrimonio. El marido, de cuyo nombre no me acuerdo en este momento -¿Don Valentín, quizás?, era un hombre  delgado, calvo, muy bien mandado por su vivaracha mujer -Doña Milagros, la comadrona-, con la que se daba unos bailes magistrales, pues era un auténtico aficionado. La hija se llamaba Elvira Daudet, creo que llegó a ser, hasta hace pocos años, una famosa periodista del diario ABC. El hijo se llamaba "Vitín", delgado y de cara y nariz afilada. Era de la edad de Pepe. Ingresaron juntos en los Claretianos, con otro chico más regordete y pequeñajo, que se llamaba Fernando Manso. Este chico murió en un atentado terrorista que se produjo en la cafetería California de Madrid, en la calle Alcalá, si mal no recuerdo el 26 de mayo de 1979 (ver portada de El País, más abajo). Vitin y Fernando salieron de los Claretianos en Aranda de Duero.


Fachada de la Catedral de Sigüenza.

El bautizo de Juan Carlos y Mari Luz.


Doña Milagros fue la madrina de Mari Luz. No sé si al final la inscribieron, en el Registro Civil, como María Luz del Milagro. "Luz", por la tita Luz, y "Milagro" por esta vecina. Nos llevábamos muy bien con estos vecinos porque eran muy buenas personas y amigos. Su casa era exactamente igual que la nuestra pero el plano al revés. La nuestra tenía un pasillo en "L". Más bien estrecho. Entrando, a la izquierda estaba el aseo y a la derecha un dormitorio seguido del dormitorio de los papás. Ambas estancias daban por su parte trasera, a una rara calle, de escasísimo tránsito pues terminaba en una especie de túnel por el que se accedía a la plaza de la Catedral. En la segunda parte de la "L" había, a la izquierda un dormitorio cerrado, o sea, sin ventana; enfrente un pequeño ventano cuadrado, bastante alto porque nosotros no llegábamos a tocarlo. Seguidamente, también a la izquierda, la pequeña cocina. Alli fué donde Charo, sentada en una silla alta, se echó, delante de mí, hacia adelante, se venció la silla y fue a dar con toda la frente contra el borde del barreño de lata que mamá había preparado para ir bañando a los peques. Al fondo,al final, estaba el cuarto de estar que tenia una ventana desde la que, como "vista", se divisaba el patio,el almacén y la escalera. En esta casa nacieron Juan Carlos (20 de enero de1953) y Mariluz (12 de abril de 1955). Los bautizaron en la iglesia de San Pedro, nuestra nueva parroquia que estaba dentro de la catedral, entrando, a la izquierda.


Interior de la Iglesia parroquial de San Pedro
en Sigüenza, donde fueron bautizados
Juan Carlos (1953) y Mari Luz  (1955).


El obispo de Siguenza Don Pablo Gúrpide Beope


Obispo de Sigüenza
(1950-1955),
Don Pablo Gúrpide Beope 

La iglesia de San Pedro se diferenciaba del resto de la Catedral por unas enormes y artísticas verjas que tenía de acceso. Allí también nos confirmaron a Pepe y a mí. No sé si a Antonio también. Fue el entonces Obispo de Sigüenza, Don Pablo Gúrpide  Beope, nombrado por Pio XII, gran persona, aunque no de estatura, y siempre muy cariñoso con nosotros. Todos los sábados subía andando hasta la catedral, recibiendo los parabienes de los mayores y las babas de los pequeños, para rezar la "Sabatina". Era como todos los obispos de la época, del nacional-catolicismo. Uno de esos sábados, cuando me acerqué a besarle la mano, me dijo algo así: "vete al Palacio y díle a ... -no recuerdo el nombre de la cocinera- que te dé la caja de magdalenas que me han regalado esta tarde y se la llevas a tus padres". Recuerdo que este Obispo, por razones que solamente son inteligibles en aquella época, prohibió que los seminaristas, en el filosofado, estudiaran a Ortega y Gasset. Hoy no lo entendemos. Entonces, sí.




Sigüenza, calle Mayor, vista del Arco.

Mi criba espiritual.


Decía antes que el resultado de un sueldo escaso y muchas bocas fue que Pepe ingresó en los Claretianos, de Medina de Rioseco (Valladolid) con apenas nueve años, y, seguidamente yo, con seis años, casi siete, ingreso como "infantico" en la Catedral, primero, en los Claretianos de Alagón y de Medina de Rioseco, después. Y por si fuera poco, años más tarde, pasé dos años y medio en la Marina. Dos bocas menos. Luego... Antonio, Charo para Abárzuza y Lourdes a Canfranc. Sí, hoy es inconcebible toda esta tragedia familiar, toda esta diáspora de hijos, "porque habia que tener todos los hijos que Dios mandara". "Y sin trampas....", como solía decir mamá. Que conste, ante todo y sobre todo, que lo que acabo de reseñar no es una crítica, sino la constatación de unos hechos reales. No os podéis imaginar los ríos de lágrimas que han brotado por mis ojos de niño mayor y las veces que se me ha encogido el corazón ante cada una de estas despedidas y situaciones. Si soy como soy, ha sido debido a la dureza de las experiencias vividas. Siendo infante, el día 8 de diciembre de 1954, a las 7 de la mañana, en la capilla del Filosofado, me llamó el Padre Gil y me dijo que me esperaban papá y mamá porque allí, ante ellos tres, y nadie más, yo iba a hacer la primera comunión. Y así fue. Veinte escasos minutos de misa, dos fríos besos y... Con 10 u 11 años ingreso en los Claretianos de Alagón, una auténtica pesadilla. Ni siquiera veía a mis padres los sábados, pues traían la ropa limpia, se llevaban la sucia, y... Solo fui a casa, que estaba al lado, para el entierro de María del Pilar. Luego viene Aranda de Duero, los dos peores años de mi vida. Fue mi criba espiritual, mi descreencia eclesial, la invasion de la soledad. Mentiras, humillaciones públicas, hipocresía, pederastia... Cuando años más tarde asistí en Colmenar Viejo a la ordenacion sacerdotal de alguno de los que fueron mis compañeros, uno de ellos, Matilla, al verme, se alegró muchísimo y me dijo: "Manolo, ¿Pero todavía pisas una iglesia?". Recuerdo que le contesté: "Mi Fe no está en vosotros sino en vuestro Jefe, y ése no me falla nunca".


Jesús, Charo, Juan Carlos y Mari Luz  (1956)

El inicio de todos los males.


No os podéis hacer idea del martirio, el descrédito y la deshonra que yo, solo, sin apoyo de nadie, sufrí en algunos momentos de mi vida. ¿Cómo se queda un hermano cuando lleva a su desvalida hermana Lourdes a un colegio de Canfranc? Llevo clavada en el corazón su mirada suplicante, de abandono, en la despedida. ¿Sabeis que estando Lourdes y nosotros en Tarazona y Zaragoza, apenas íbamos a verla porque el dolor de la despedida era muy superior a la alegrîa de verla?. Pero sigamos con el inicio de todos los males, Sigüenza. No recuerdo haber tenido juguetes en Sigüenza, sin duda debido a la escasez económica. Prefiero a mis diez hermanos antes que a la mayor de las abundancias.


"Prefiero a mis diez hermanos antes
que a la mayor de las abundancias".


Una casa embrujada.


La casa de Sigüenza era muy extraña, estaba como embrujada, algo pasaba entre aquellas paredes o sucedió antaño en ese lugar. Creédme que, después de tantos años transcurridos, todavía hoy tengo horrendas pesadillas que se desarrollan en ella. Sueño con extrañas fuerzas embrujadas que tratan de acabar conmigo, con un fuerte poder de atracción cual si fuera o tuvieran un fuerte imán. Lo paso muy mal y a veces me despierto con gran miedo, en estado cataléptico. Y esas fuerzas están por toda la casa, habitaciones, pasillos... Solo sueño con ellas en esa casa, nada más. Recuerdos gratos hay muy pocos porque de nuestra estancia allí se puede escribir un tratado del sufrimiento, no ya por razones familiares, sino ambientales, sociales, religiosas, etc. Y casi todo teniendo como común denominador la carestía económica, que nos ha venido persiguiendo con insistente tozudez. Los inviernos en Sigüenza eran siberianos.



Portada de EL PAÍS del 26-05-1979,
con la noticia del atentado de los Grapo
en la Cafetería California de Madrid, donde murió
Fernando Manso García, agente comercial.

Don Ángel Mena, el maestro de Pepe.


Las escuelas estaban en La Pinarilla, a las afueras de la ciudad. Se llamaba así porque estaba en un pinar bastante grande. Íbamos andando. Lo malo era que desde la plaza del Ayuntamiento a las escuelas había un hermoso puente que en invierno se helaba y el aire pasaba a velocidad de vértigo. Pepe estaba todavía con nosotros y como era el mayor, entonces, tenia que coger a Charo y yo a Jesús para sujetarlos y no se fueran volando. Así día tras día, con mucho miedo a resbalarnos, patinar,etc. El maestro de Pepe era Don Ángel Mena, que tenía cierto parecido a Aldo Fabrizi, el actor que protagonizaba, precisamente, la pelicula "El maestro". Le gustaba dar algún palo que otro de los que Pepe no se libró. Don Ángel Mena era un hombre viudo que tenia a su cargo una hija bastante guapa pero algo escrupulosa, religiosamente hablando, pues pertenecía a la Acción Católica, institución que puso en pleno auge el entonces Papa Pio XII. Esta mujer se quedó soltera. Alguna vez fuimos a visitarla en Madrid, a donde se trasladaron y vivían en la calle Londres que, si mal no recuerdo, debe estar muy cerca de la Plaza de las Ventas.


Don Ángel Mena se parecía al protagonista
de la película "El maestro", Aldo Fabrizi.

Don Carlos, mi maestro.


Mi maestro se llamaba Don Carlos. Una de las mejores personas que yo he conocido y, por supuesto, de los maestros que he tenido, Don Carlos los superaba en todos los órdenes. Era afable, cariñoso, bueno, no se enfadaba y parecía un alumno más. Siempre dispuesto a ayudarte, parecía mas bien un padre. Llevaba siempre una gabardina gris y una boina que le tapaba el calvo cogote pero le dejaba asomar su melenilla blanca. Tenia las uñas largas y los dedos amarillos de tanto fumar. Yo sentía que me quería. En aquella época vino a España la Ayuda Americana que consistía en jerseis, chaquetas de lana un poco burda, pantalones, calcetines, etc. En cada clase se dejaban una o dos veces por semana muchos de estos paquetes y Don Carlos siempre nos reservaba las prendas que mamá le pedía para nosotros, pues todo era ropa de niño. También, todos los días, en el recreo, salían los chicos mayores, hacían una fogata en la que ponían un caldero lleno de agua. Y cuando iba a hervir echaban la leche en polvo que nos bebíamos con muchas ganas. También se abrían unas cilíndricas latas amarillas, que contenían unos cinco kilos de queso amarillo americano que se repartía entre todos en porciones triangulares. Había niños que pasaban tanta escasez en sus casas que el queso se lo guardaban para sus padres.  Estando en Sigüenza, y pese a las penurias que estábamos pasando, no se le ocurre al tito Antonio, de Iznatoraf, que mandarnos a su hijo para que estudiara para maestro de escuela. Eramos pocos....Recuerdo que a nuestro primo Manolo lo eligieron para que hiciera de Don Mendo en la obra que se iba a representar en La Normal, que así se llamaban las escuelas de magisterio.

Bautizo "pelao".


Una de las tradiciones que había en Sigüenza era que, en los bautizos, solían ir una pandilla de 8 o 10 niños a pedirle caramelos al padrino, y éste, por el camino de vuelta a casa les iba echando caramelos, pelusillas y demás chucherías. Con el bautizo de Juan Carlos o Mariluz, no lo recuerdo bien, nos enteramos de esta tradición una hora antes, por lo que papá me mando a una tienda de ultramarinos, a cuyo dueño conocía, y compré unas pocas de estas, pues no sobraron muchas por las "pérdidas" que hubo por el camino. El caso es que, con el jaleo de la ceremonia, se nos olvidaron los niños y al poco rato, debajo justo de la ventana, en el patio, se oyó un coro infantil que desesperada y furiosamente gritaba: !BAUTIZO PELAO,QUE A MI NO ME HAN DAO, SI COJO AL CHIQUILLO LO TIRO AL TEJAO". Como las chuches se acabaron pronto, los machotes de la casa -Antonio y yo- cogimos sendos cubos de agua que lanzamos con diestra puntería y se acabó la gritería.

Continuará...


Quedan algunas anécdotas como la rapada de Jesús, la coronación de la Virgen de Barbatona por el Cardenal Antoñutti, la llegada del nuevo obispo, los canónigos, el día de las Ánimas benditas en los claustros de la Catedral, las visitas domingueras a las Hermanitas de los Pobres, etc. hoy lo dejamos porque en algún momento me he emocionado bastante y hay que dejar que el ánimo repose.


TO BE CONTINUED... Felices sueños.


Si quieres ver la casa de Sigüenza accede a este vídeo.