"Es el gozar, no el poseer, lo que nos hace felices"
Montaigne, Los ensayos.
(Frases de cabecera)

17/7/12

ALAGÓN: La vida sigue igual.



Iglesia de San Antonio y torre de la parroquia de Alagón
vistas desde nuestra casa del Paradero.


Los Recuerdos de Manolo
por Manuel García Paredes


A MODO DE PROLOGO Y ADVERTENCIA

"Cada cual cuenta la feria según le ha ido en ella"


Antes de leer lo que viene a continuación quiero advertiros de que no son muy agradables algunas cosas que escribo. Me ha costado sangre, sudor y y lágrimas, muchas lágrimas. He tenido muchas dudas entre decir "mi verdad" o callarme. Alguno pensará que mejor hubiera sido lo segundo, callar, echar por encima la tierra del olvido y dejar, definitivamente enterrados los recuerdos que, seguramente, también están, callados, en vuestros corazones, pero ese pudor familiar os impide, dada vuestra  forma de entender la prudencia y sensatez, sacarlos a la luz. Los hermanos tenemos un tabú: hablamos muy poco de nuestra infancia y, cuando lo hacemos, solo salen a relucir los manidos temas de siempre, los más superficiales, como tratando de imponernos una infancia feliz -que no fue, para mí-, sin problema alguno. Queremos autoconvencernos de que nuestra infancia, nuestra juventud, transcurrió en una balsa de aceite, de familiar ejemplar, de padres ejemplares, de hijos ejemplares. En definitiva nos hemos autoconvencido de muchas cosas y nos hemos repetido a nosotros mismos, mil veces, unas mentiras de felicidad que, al final, nos hemos creído como verdades. Yo, con mi relato, he querido salir de ese "limbo" en el que me encontraba y exponeros, no con crueldad sino con sinceridad, y como una realidad, lo que sucedió, cómo fue lo verdaderamente acontecido. Los que entonces erais pequeños estuvisteis en "la feria" pero no la visteis, no la comprendisteis, no la sufristeis. Y los que no estaban, tampoco. Veíais cómo la vida familiar pasaba delante de vosotros y no podíais cogerla. Hay párrafos que quizás os recuerden algunas escenas de horror, otros os pondrán los pelos como escarpias; el contenido de otros párrafos os parecerán irreales, habladurías, rumores, una venganza por mi parte y, por tanto, exagerados, fantasiosos, irreales; en definitiva, que son mentiras. Si así fuera, juro que no los hubiera escrito. En ellos no hay nada más que la verdad, "mi verdad", el relato de lo ocurrido tal y como yo lo he vivido, lo que he presenciado, visto y padecido. También quiero advertiros de que, si alguno termináis de leerlo entero, y me creéis, vuestros parámetros, vuestros conceptos sobre la vida familiar en Alagón, darán un giro de ciento ochenta grados.

ALAGÓN, LA VIDA SIGUE IGUAL ...
Capítulo VIII

ESTACIÓN DE ALAGÓN. FIN DEL VIAJE.



Febrero de 1956. El tren Correo paró en Casetas. Veníamos desde Siguenza en 3ª clase, en un vagón cuyos asientos eran barrotes de madera que dejaban ese lugar, "donde la espalda pierde su respetuoso nombre", bastante quebrantado. Mamá, ¡embarazada de cinco meses!. No lo pasó muy bien, que digamos. No te podías asomar a la ventanilla porque era tarde-noche y no se veía nada. Además, era febrero...El nuevo destino era para nosotros una aventura más y conllevaba la natural ansiedad, nerviosismo, expectación. ¿Cómo será Alagón, la gente, los nuevos amigos, los colegios, los profesores, la nueva casa, la parroquia? ¿Cuánto tiempo viviríamos en Alagón? Nos preguntábamos interiormente. El mero hecho de viajar en tren ya era algo extraordinario para nosotros. Eramos tantos, los papás y seis hijos, que, en aquella época, no teníamos capacidad económica para tal dispendio. Ahora lo hacíamos forzados por las circunstancias (el traslado forzoso de papá de Sigüenza) pero recuerdo que, desde el viaje de Alhama-Madrid-Siguenza, solo viajamos en el tren Pepe (a Medina de Rioseco) y yo (a Madrid, en dos ocasiones, a operarme de las anginas y visita previa). Los demás habíais visto el tren, de paso, en algún  paseo que dimos hasta la estación. Por allí pasaban el TAF, el LOCOMOTOR, el EXPRESO y el CORREO, que era el más económico y el más lento porque paraba en la casi totalidad de las estaciones para dejar eso, el correo, como muy bién conocería, años más tarde nuestro hermano Jesús que en su juventud viajó en varias ocasiones en esos trenes como funcionario de Correos, distribuyendo, durante el viaje, las cartas, giros y paquetes en las sacas que iban dejando por las respectivas estaciones.


"¿HABÍS ALMORZAU?"


Papá, mamá, Manolo, Pepe, Antonio María del Pilar (recién nacida) Charo,
Juan Carlos, Mari Luz y Jesús en 1956 año en el que llegamos a Alagón.
Foto: Wamba, C/ Paradero, nº 11, Alagón.


Era de noche. Una noche cualquiera, de un mes de febrero de 1956. Yo tenia nueve años y medio. Nos esperaba en la estación Julio Ortiz, uno de los dos taxistas de Alagón (el otro se llamaba Paco y era el marido de la comadrona, Doña Dora que asistió a mamá en los tres partos finales: Maria del Pilar, Esperanza y Lourdes). Tenía Julio Ortiz un vehículo "familiar", una especie de "taxi-ranchera", en el que nos trasladamos a la nueva casa. Lo que no recuerdo es si papá hizo el viaje con nosotros o nos esperaba, con alguno más, en Alagón. La entrada en Alagón nos resultó espectacular. Desde la fábrica de Castiñeras (de gaseosas, ya inexistente) hasta la entrada en Alagón, había un gran túnel recto, formado por gruesos arboles -hoy desaparecidos- que parecían inclinarse a nuestro paso en cordial bienvenida. El vehículo llevaba las luces largas y la visión era fúnebremente fantástica. Llegamos al "Paradero" y subimos al segundo y último piso de la casa de "la Polla", que así apodaban a la dueña en el pueblo, esposa de un tal Manolo que ni cortaba ni pinchaba nada en el matrimonio. En realidad la señora se llamaba Ascensión, que tenía una voz gangosa, caminaba metiendo los pies hacia adentro y tenía una minusvalía en una mano. Alguna vez Antonio y yo bailábamos juntos imitando cómo lo haría ella con su marido. Los muebles llegaron en un tren mercancías. Todos los mayores recordareis que el primer saludo o palabras que nos dirigió el tal Manolo, al día siguiente, fue: "¿Habís almorzau?". Le dijimos que no, y nos contestó: "!Pues almorzaráis, pues¡". Nos quedamos en silencio porque, la verdad, no le entendimos. No sabíamos qué significaba "almorzar". Luego nos lo explicó papá. También nos llamó mucho la atención que, después de cada frase, decían "pués".


LA PRIMERA VIVIENDA: LA CASA DE LA POLLA



El Paradero. Talleres de Charle. Vistas desde el balcón de casa. ALAGON.


El edificio tenia una puerta de entrada más bien estrecha. Un largo pasillo se bifurcaba al final en dos, uno se dirigía directamente al corral y el otro finalizaba al pie de la escalera. En el primer piso vivía la Polla. Nosotros en el segundo único. Nuestra nueva vivienda, estaba al final de un corto pasillo en el que, la primera puerta daba entrada a la oficina de Sindicatos. La segunda puerta era la de nuestra casa. Tenia un pequeño "hall" a la entrada. A la izquierda estaba el perchero; seguía la entrada a la cocina; de frente un dormitorio con una ventana casi pegada a la pared del edificio de al lado, donde dormíamos Antonio, Jesús, Juan Carlos y yo, en tres camas en las que nos turnábamos. A la izquierda había, en el cuarto, un armario con nuestra ropa. A la la derecha del "hall" teníamos una puerta que daba acceso al comedor-cuarto de estar y que tenía un balcón que miraba al "Paradero". Aquí es donde hacíamos la vida diaria, desayuno, comida, cena, etc. El cuarto de estar-comedor tenía una puerta, casi inmediata con la de entrada al primero, y daba acceso al dormitorio de los papás. No teníamos agua corriente en la vivienda por lo que Antonio, con 7 años que tenía, y yo, con 9 años, teníamos que bajar diariamente, e incluso varias veces al día,  con el cántaro a la fuente. Una vez lleno lo cogíamos entre los dos y, a duras penas, lográbamos subirlo hasta casa. Papá procuraba que lo hiciéramos por la noche para que los vecinos no nos vieran con el cántaro y tan pequeños. Mamá, siempre con la sensibilidad maternal a flor de piel, le pidió a Mario, un hombre sin cualificación profesional alguna y que se dedicaba a hacer recados a todo el mundo o descargar algún camión, etc., si podía subirnos unos cántaros de agua a cambio de una propina. Es cierto que Mario, pese a las necesidades que pasaba, casi siempre se negó a recibir una dádiva, y, si alguna aceptó fue más por la insistencia de mamá que por su propia voluntad. Si él no podía nos mandaba a su hermano Angelito, una persona bastante disminuida psíquicamente y dado a la bebida. Finalmente papá adquirió una bomba de agua que tenía una larga goma, que enganchábamos en el grifo de la fuente y estaba conectada, en casa, a un motor que aspiraba el agua y la repartía a un deposito de unos cien litros. Y de ahí a una tinaja. Cada dos noches repetíamos la faena y siempre pendientes de que no pasara ningún camión o tractor; y si lo hacia desconectábamos la goma del grifo, pasaba el camión y a empezar de nuevo.


Patio de la segunda casa que tuvimos en Alagón.


Cuando nos trasladamos a la otra casa ya no hizo falta porque teníamos agua corriente. Al lado de la cocina teníamos una tinaja, conectada con el depósito del agua. La calidad del agua era pésima, siempre embarrada hasta el punto de que había que dejarla reposar varias horas para que el barro se fuera al fondo.Siguiendo con el plano de la casa, y para terminar, diré que, al  fondo de la cocina había una puerta que daba a una terraza. En la misma, a la izquierda, estaba el water y un lavabo. El resto servía de tendedero de la ropa. Daba a un corral de la misma casa.


MARIO LABORDA "LABORDETA"



Plaza de toros de Alagón. Faena de Mario Laborda Labordeta.


Era tal el cariño que Mario nos tenía que, en una ocasión, al enterarse de que una hija de Don Manuel estaba de monja-profesora en Colegio de las Anas, -(Esperanza)- le llevó una mañana, para que desayunara, unos churros. Sin duda que Mario no desayunó ese día. Tenía un gran corazón. Otro de los detalles que papá tuvo con él fue regalarle sus zapatillas, con las que andaba por casa, y que llevó puestas el día que debutó como torero en la plaza de toros de Alagón con el nombre de Mario Laborda "Labordita". Le prometió a papá que le brindaría el toro; por eso papá no fue a la corrida. Yo sí, y cuando daba la vuelta al ruedo me vio y, en agradecimiento, me regaló una de las banderillas ensangrentadas del novillo que acababa de rematar. Entre vivas populistas y festivaleros, y no sin cierta sorna, pues el miedo que llevaba encima era superior a su edad, lo entronizaron en un vehículo del "Chispa", mote del electricista, y lo pasearon por el pueblo, como digo, entre aplausos y vítores. La verdad es que toda aquella charlotada sonrojaba a la gente de cierta sensibilidad humana pues se aprovecharon de las pocas luces de Mario convirtiéndolo en el hazmerreír del pueblo. Trataron de exprimirlo por cuatro duros, llevándolo como torero a pequeñas plazas de La Rioja en las que, casi siempre, terminaba recluido en algún cuartelillo de la Guardia Civil por negarse a matar los morlacos con los que nadie se atrevía.


13 DE JULIO DE 1956, NACE MARIA DEL PILAR

Hoja del Libro de Familia con la certificación del
nacimiento y defunción de Maria del Pilar.


Eramos una familia nueva en Alagón, una familia con siete hijos que no podía pasar inadvertida. Sobre todo a las chicas de nuestra edad que muy pronto se fijaron en nosotros. Tan poco éramos feos, que digamos. Eramos los hijos del nuevo Secretario del Juzgado y muy pronto comenzamos a relacionarnos en los colegios con nuevos conocidos, según nuestras respectivas edades. A los pocos meses de llegar, el 13 de julio de 1956, el día que cumplía yo diez años, justo ese mismo día -¡qué casualidad!- llegó la cigüeña a casa por octava vez. No sé por qué pero no recuerdo sus detalles. Sin embargo, como luego relataré, con el de Esperanza, tengo gravado en la memoria muchos detalles, casi exactos. ¿Habré confundido el nacimiento de María del Pilar con el de Esperanza? ¿Dónde estaría yo entonces?.


"MANOLÍN VETE A CASA QUE TU HERMANA HA MUERTO"


Bautizo de María del Pilar.

En el mes de septiembre de 1956 inicié el postulantado en  Alagón. Lo recuerdo muy bien porque, un día del mes de octubre (el día 18), me llamó el Padre Pérez y me dijo que fuera a casa porque mi hermanita había muerto. Sí, así de seco fue.  Caminaba por las calle como si fuera flotando. Llegué casa y, en el dormitorio de los papás, en los brazos de mamá, que ya había agotado todas sus lágrimas, estaba inerte nuestra hermana María del Pilar que había fallecido a causa de la meningitis. Peinada, arreglada, con sus tiernos ojitos casi sin estrenar, como dormidita... Su cara no estaba rosada porque no tenia vida. Me impresionó muchísimo verla así, tanto que no he podido, ni quiero, borrar de mi memoria aquella escena que ahora pone mis ojos vidriosos. Estaba muy guapa pero el color de cera de su carita delataba su ausencia vital. Me emociono al recordarlo. Y se reunen en mi mente, apilándose, todos los recuerdos pasados con mis hermanos, lo que nos hemos querido, lo que nos queremos, lo que juntos hemos disfrutado a pesar de las distancias -que nunca hubo distanciamientos- a pesar de todos los pesares. A María del Pilar la pusieron en el comedor, en la esquina del lado derecho, junto al balcón. Mamá le puso una tela de gasa que la tapaba totalmente; y entre sus trasparencias le mandábamos rayos de amor y de despedida con las perlas que manaban nuestros infantiles ojos. No estábamos acostumbrados a estos sucesos. Una cajita blanca, como su alma, como las almas de sus hermanos, la acogió. Lentamente, como si no quisiera marcharse y dejarnos, recorrió las calles de Alagón, la calle Mayor, las "escalericas", la calle de las Damas hasta la parroquia, en manos de unas chicas, no muy mayores, que iban sujetando la cajita blanca por sus cuatro anillas doradas, en sucesivos relevos. Nosotros íbamos detrás, mirando al suelo que nunca pisó María del Pilar. ¿Por qué nos la arrebataron, tan pequeña, tan mimada, sin darle tiempo a estar con nosotros, sin dejarnos disfrutar de su tierna presencia y hacer mil travesuras?. Las escasas lágrimas que nos quedaron cayeron en el panteón, a la  derecha del cementerio, en su mitad, lindando casi con la tapia, un lugar que nos cedió la Señora Ascensión. Se abría un compuerta superior, bajamos unas escaleras y, de frente, había una obra de albañilería sobre la que quedó la cajita blanca. En ocasiones posteriores fui, alguna vez solo, a llevarle mi pesares y dejarle alguna lágrima nueva que su recuerdo me provocaba. Siempre estuvo sola, muy sola.

Viviendo en na dictadura familiar


La vida familiar, en esta casa, transcurrió, como siempre, con todo tipo de anécdotas, buenas y malas, como no podía ser menos y por seguir la añeja costumbre. En cierto modo, en términos generales, se agravaron más las cosas porque íbamos siendo más hermanos, el sueldo se encogía más y, poco a poco, nos íbamos haciendo mayores y empezábamos a dejar a un lado los silencios como respuestas y atrevernos a responder con nuestra opinión que, por supuesto, siempre estaba equivocada ya que papá tenía, en pleno dominio y en exclusiva, toda clase de conocimiento y opinión, toda la razón y en todo. El seguía mandando en toda regla y nuestra única obligación era la fe ciega en el jefe, copia exacta, dicho sea de paso, del transcurrir de la vida política. No atendía a razones. Era totalmente egocentrista en la mayoría de las ocasiones, aunque aparentaba lo contrario; y a los hijos, sobre todo a mi, me tenía como un ayudante, un servidor, un recadero, por no decir un criado. Rara vez pisaba papá una tienda cuando tenia que comprarse algo de ropa o calzado. Normalmente, cuando iba al juzgado o paseaba por las tardes, se fijaba en los escaparates -sobre todo de Ponciano Vera, para la ropa, y de la zapatería de El Cerverano. Al salir del Instituto, por la tarde me decía: "vete a casa de Poncianito Vera y dile que te deje varias camisas,  pantalones,  chaquetas, etc. del modelo que tiene en el escaparate". O "vete a casa del Cerverano y dile que te deje varios modelos similares a los que tiene en el escaparate del numero 36". Y Manolín se pasaba la tarde llevando y trayendo camisas, pantalones, zapatos, etc.etc. Hasta que después de infinitos viajes se decidía comprar uno. Las dueñas de la pescadería Ríos me tenían enfilado. Muchas veces paraba en el paradero un camión que les dejaba el pescado para el día siguiente. Papá, con los prismáticos, observaba las cajas abiertas y,  si había algo que le gustara, allá que iba yo, con la tienda ya cerrada, a que me dieran un kilo de esto o lo otro. Y en todas las tiendas, finalmente, siempre la mismas palabras: "Ha dicho mi padre que se lo apunte". Otras veces era a Juan Garcia Cerrada, o a los hermanos Nogueras, o a... Lo mismo le sucedía con la peluquería. Cada vez que tenia que cortarse el pelo llamaba a Cipriano -hijo de Doña Pilar la practicante vecina nuestra- y le mandaba a "MATOQUE", un ayudante de la peluquería, muy bajito, que venía a casa a cortarle el pelo.

La vergüenza de vivir de prestado


Mosén Francisco.
Yo era el que daba la cara porque papá no se atrevía, o su orgullo se lo impedía. Yo iba a comprar las bulas a Mosén Francisco y luego al gilipollas que le sustituyó. Lo de gilipollas lo digo en tono cariñoso, por no decirle cabrón, al "Asensi", pues tal mote le puse porque se parecía físicamente al jugador del Barcelona el tal Mosén Santiago. Hubo una época en la que estábamos pasando tal necesidad en casa que no había ni una peseta para comprar comida y ya nos daba vergüenza pedir prestado por enésima vez. Papá me dijo que fuera a ver al cabrito para que, a través de Cáritas, nos dieran algo de dinero. Le dije que por qué, ante una cosa tan importante, no iba él a verlo y pedírselo. Se enfadó sobre manera diciéndome que yo no valía para nada, que era un inútil, un imbécil y toda una letanía de insultos que, al final, yo tomaba ya como rutina, pues a todo se acostumbra uno.  En realidad es que le daba vergüenza porque, a pesar de que todo el pueblo sabia que vivíamos de prestado y no teníamos dinero, se compró, caprichosamente, un coche de segunda mano, un Seat 1400, muy bonito, azul y blanco (tengo una fotografía donde estamos la tita Nati y yo, y el coche al fondo) que nos costó un pastón. Lo malo era que no nos hacia falta para nada y solo se empleaba para algún esporádico viaje Zaragoza, y -no os riáis, pero es vergonzoso- lo empleaba para ir desde casa al juzgado, o sea, escasos 300 metros. Lógicamente la gente nos criticaba y con razón. Papá tenia un gran complejo de superioridad. Pues bien, siguiendo con lo del cabrito clerical, un día fui al despacho parroquial, le conté al mosén las dificultades por las que estábamos pasando y prácticamente me mandó a la mierda, diciéndome que se lo pidiera a los claretianos. ¿Por qué? Sencillamente, porque nosotros nunca fuimos a misa a la parroquia de San Pedro; siempre íbamos a San Juan. Luego me arrepentí de no haberme "desahogado" con él a mi estilo. ¡Cuántos hay que, con muchos menos motivo que yo, han mandado a la Jerarquía a tomar por donde amargan los pepinos!.


LA GENTE DE BIEN TAMBIÉN EXISTE: "DO UT DAS"



El padre Pérez nos ayudó mucho facilitándonos la adquisición
de medicamentos para Juan Carlos. El segundo por la derecha.
En Casa con Mamá, Pepe, Jesús, el P. Dublán, Papá, Juan Carlos,
José Antonio, Padre Perez y el abuelo padre Manuel.


Ciertamente que papá hacia en Alagón muchos favores a la gente y la casa, muchas veces, parecía una consultorio jurídico. Cuando yo fui un poco mayor me dictaba los escritos delante del "cliente". Algunas cosas eran de poca importancia, mero trámite; otras, de mayor trascedencia. Pero, siempre hacía lo mismo: No cobraba nada a nadie (con la falta que nos hacia algún dinerillo más). Sin embargo la gente en Alagón fue muy agradecida. Cuando llegaban, sobre todo, las fiestas de San Antonio, eran incesantes las llamadas al timbre de la puerta de casa. Nos traían de todo, magdalenas, huevos, verduras, pasteles y pollos, muchos pollos, melones, muchos melones y más frutas de toda clase. Esto nos  pilló de sorpresa el primer  año. Luego, al llegar las fiestas, estábamos preparados para este tipo de saludables recibimientos. Unas fiestas nos trajeron, en el mismo día, "tres pollos". Los dejamos en la pequeña cocina de la segunda casa. Nadie, ni mucho menos mamá, se atrevía a entrar en aquel improvisado gallinero por temor a ser picados. Se lo dijimos a nuestra vecina Mari, la mujer de Antonio Verdejo, la que, con un esparpajo inusitado, una actitud heróica y una valentía taurina, entró en la cocina, ató a cada uno de los pollos por las patas, cogió al primero, apretóle el pico contra el propio cuello del ave, dejándole la nuca al descubierto, y con un afilado cuchillo hízole tal corte o sajadura que, inmediatamente, entre pataleos y aleteos del bicho, comenzó a manar tanta sangre del moribundo alado que tuvimos que ponerle una perola o cacerola para ir recogiéndola. Repitió la mortal gesta dos veces más sin inmutarse e idéntica maestría. El resto corrió a cargo de mamá que, gozosa como nunca, nos los devolvió convertidos en rico y magnifico guisado. Recordareis que, a lo largo de la carretera de Logroño, que pasaba por el "paradero", se ponían en verano muchos puestos de melones. No sola la gente del pueblo, sino viajeros ocasionales, paraban en los puestos a comprar el rico melón de Alagón. Uno de los puestos era el del "tío Carambolas". En muchas ocasiones, cuando me veía, me llamaba y me decía: "Pequeño, llévale estos melones a tu padre". No recuerdo que papá le hiciera nunca favor alguno, pero era hombre de gran corazón y sabía que éramos muchos hijos. Quizás, desde su puesto, nos observaba en el balcón de casa mirando cómo muchos chicos y chicas de nuestra edad acudían al kiosco que tenia, pegado a la fuente, la señora Petra, a comprarse los helados que nosotros nunca probamos y donde vendía la leche. Luego, desaparecido el kiosko, recogíamos la leche en su casa, calle de las Damas; y nos avisaban, ella o su esposo Pedro, cuando tenían "calostros" que, como sabéis, es la primera leche que da la vaca al parir, y que nosotros nos comíamos con un poco de azúcar, pues era como requesón. Antonio Blesa, y un empleado de la farmacia llamado Mariano, fueron las dos personas que mejor se portaron con nosotros en Alagón. En esos tiempos teníamos que justificar el haber pagado las medicinas para que la Mutualidad nos diera una especie de subvención. Pues bien, los dos nos regalaban el trocito de caja que se une a las recetas. Otra de las personas que se portó muy bien fue, y no me duelen prendas reconocerlo en honor a la verdad, el Padre Perez. Con la conjuntivitis que tenía Juan Carlos, el padre Pérez nos procuraba las medicinas necesarias gratuitamente, durante mucho tiempo o nos indicaba el establecimiento donde, yendo de su parte, nos las darían, entre ellas las carísimas inyecciones de Urbasón y los colirios que diariamente mamá le echaba en los ojos. En general, todos los comerciantes nos ayudaron al fiarnos las compras que, eso sí, se les pagaba religiosamente a principios de cada mes y vuelta a vivir de fiado. Dentro de la penuria recuerdo aquellas navidades, en el Instituto, que nos dieron unas papeletas porque algún establecimiento rifaba una cesta de navidad. Nosotros "colocamos" las tiras entre los conocidos de papá. Todos los números, menos uno que me quedé yo. Os juro por lo más sagrado que pedí a Dios que nos cayera porque lo estábamos pasando mal, muy mal. Y Dios me escuchó. Cuando Antonio, Jesus, Charo y yo aparecimos en casa con la cesta, mamá lloraba de alegría y emoción. Durante esas navidades yo era para papá el que tenía "un corazón de oro", el más bueno. Pero a los pocos días se le olvidaban mis esas "virtudes" y .... "To retum to begin..."


FORMAS DE GANAR ALGUNA PESETILLA MÁS


Otra de mis tareas era la de encargarme de la renovación de las letras bancarias mensuales. Papá ya lo tenia como costumbre y como él no se atrevía a dar la cara, todos los meses tenia que ir yo al estanco, comprar las letras, llevárselas a Julio Santabárbara o a Luis Viar (su compañero de infidelidades en Alagón. Desconozco, aunque lo intuyo, quién fue su colega de esta clase de correrías en Alhama, donde las inició) y los dos que me ponían una cara... Sabéis que papá llevaba diversas representaciones de marcas de productos (chorizo de Cantimpalos, membrillos de Puentegenil, coñac, cava y kina San Clemente, de Lopez Hermanos, jabones Lagarto, entre otras). Las visitas en Alagón solía hacerlas yo. Para ello me saqué el título de Agente Comercial Colegiado, pagando una cuota mensual. El titulo oficial lo tengo guardado. Es del estilo del que nos dieron en la Universidad. Durante mi estancia en la Marina, unos dos años y medio, todos los meses mandaba a papá y mamá un giro para que pagasen mi cuota de Agente Comercial. La cuota era, más o menos, la mitad de mi humilde sueldecillo -300 pesetas, como cabo especialista- por lo que tomarme un bocadillo o ir al cine, como hacían todos mis compañeros, eran lujos que yo no me podía permitir. Yo creo que los viajes de papá eran más bien una escapatoria, un descanso, un respiro, una escusa, un divertimento. Y para nosotros un respiro, un alivio. Lo de las representaciones fue algo más bien pírrico pues la ayuda económica que reportaron se gastaba en amortizaciones, en gasolinas y en manutenciones y estancias en los hostales.


BISCUTER VOISIN 1958 de 2 HP


Pepe estrenando el Biscuter Voisin de 1958.
(Foto: Fototeca FdC)


Como papá salía a los pueblos, porque su zona de trabajo era Zaragoza y Huesca, se compró un "biscúter" allá por el año 1957. Era un coche pequeño, de color negro, que lo movía  un motor de dos tiempos, o sea, el de una moto. Su depósito se llenaba con gasolina y, mezclado, un tanto por ciento de aceite. Con el coche solía ir a Jaca y Huesca donde tenía un amigo llamado Angelito, dueño del hostal donde se alojaba. Estos viajes solían durar una semana o poco más. A su regreso yo le pasaba a limpio los pocos pedidos que traía. Demasiados pocos para tanto tiempo... Durante estos días de ausencia todas las noches venía a casa la Inés, esposa de Pedro el zapatero, para dormir con mamá ya que, sola, pasaba mucho miedo. La amistad con ellos provenía de que eran naturales de Villanueva del Arzobispo, que es el pueblo que se ve a los pies del cerro donde está Torafe. Inés también ayudó muchísimo a mamá en las labores de casa. Lo único bueno que tenían estas representaciones eran "las muestras" que papá solicitaba y que degustábamos en las "juntillas domingueras", a las que se abonó el inseparable "Geloso", un magnetofón, con teclas de color "parchís", que recogía nuestras voces y canciones y luego se las repetía a Pepe que, por aquella época, se encontraba en Roma.


CON EL BISCUTER, HASTA EL INFINITO Y MÁS ALLÁ


En el famoso biscúter hicimos algunos viajes importantes como el de Zaragoza, al Pilar, con sorpresa incluida; el de Jaén, a "presumir" ante la familia de mamá y a Grisen, a por las casullas infantiles.


Calle del Paradero, con los camiones
de alfalfa y la parada de
los autobuses de Agreda.
ALAGON.
EL VIAJE AL PILAR DE ZARAGOZA. Un día, por la tarde, se le ocurrió a papá que teníamos que ir a Zaragoza, a visitar El Pilar. Dicho y hecho. Él conducía, mamá a su lado, de copiloto, llevando encima a Mariluz y, entre ambos, colocaron a Esperancita. El biscúter no tenia asientos traseros sino un espacio o hueco curvado, en redondo, que ocupaba la capota cuando se necesitaba. En ese estrechísimo espacio nos metimos yo, Antonio, Jesús y Juan Carlos. Salió la peregrinación hacia Zaragoza lentamente porque aquel bicho apenas podía desplazarse con elemental velocidad. Milagrosamente llegamos a Zaragoza; no sé cómo, pero llegamos. Al arribar a la Plaza del Portillo tuvimos que parar. Cosa del color de uno de los semáforos. Se nos acercó un policía municipal -casco blanco con su barbuquillo, traje azul, botas altas, negras y una correa blanca en diagonal que le cruzaba el pecho- y presumimos que la multa iba a ser redactada, dada su aparente seriedad y que no podían ir tantos pasajeros en un vehículo destinado para solamente dos. Resignación y haber cómo salimos de esta situación. Acercóse el bigotudo gendarme, quien presentaba  un respetable mostacho, que añadía más autoridad a su famélico y estirado cuerpo, pausadamente, con los ojos  abiertos cual platos llanos, sin pestañear, como si visionara un fantasma que se le presentara en noche oscura. Paróse al lado de papá y, sin salir del pasmo que le propinó el milagro que estaba presenciando, desde su éxtasis, dijo: "¡¡¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete y ocho, en un biscúter. S-i-g-a, s-i-g-a, s-i-g-a!!!. Y seguimos antes de que el sonámbulo agente saliera de su repentina pesadilla. Y llegamos a la plaza de El Pilar. Se apearon los que iban delante, ante un pequeño corro que se estaba formando alrededor del vehículo. Cuando salimos los de atrás... ¡Dios mío! Todo el viaje con las piernas entrecruzadas, unas encima de las otras en portentosas, contorsionistas e inmóviles posturas. Terminaron por no obedecer a nuestros deseos de evacuar el transporte. Poco a poco, deshecho el pernil lío, íbamos bajando a la vez que la gente pensaba que éramos unos minusválidos que venían en lejana peregrinación al Pilar. Minusválidos, sí, pues nuestra forma de deambular por plaza, hacíanos parecer cojos, medio paralíticos, contorsionistas, parapléjicos o qué sé yo... El espectáculo nos sonrojó sobremanera hasta que la gente supo los equilibrios de nuestro viaje.


EL VIAJE A JAÉN. Otro de los viajes biscuteros, el más largo, fue a Jaén. Papá, el señor Victor yo -y creo que también Antonio nos acompañó. Milagrosamente llegamos a Madrid. El camino no era la actual autovía, ni tampoco la carretera que los pequeños llegásteis a conocer, no. La entonces carretera tenía baches de tal profundidad que, de no verlos, podían ser, perfectamente, la sepultura del biscúter. Tal era el cuidado que exigía el camino de cabras. Dormimos en una "pensión" de la plaza de Legazpi, de cuya dudosa reputación me estuve interrogando durante algún tiempo, a tenor del trasiego o trajín de personas, subidas, bajadas y voces que impedían el nocturno descanso. Quedó el biscúter en el contiguo garaje, pasando la noche, muerto de frío. Sería el mes de octubre. No habían sonado las 7 de la mañana cuando ya estábamos  levantados, tomamos un café en un bar de al lado y nos fuimos en busca de la moto de cuatro ruedas. El sr. Victor se marchó pues su compañía lo fue hasta Madrid solamente donde iba a traficar con asuntos de ganado. El biscúter estaba frío, muy frío. No arrancaba. Lo sacamos a la calle y le empujamos -papá al volante, como siempre- pero no se ponía en marcha. Le cambiamos los bujías, que con harta frecuencia se engrasaban, hacían "perla" impidiendo que la chispa saltara, pero nada. Pasaba mucha gente a esa hora camino del trabajo. Al vernos nos ayudaron unos y otros hasta que el quinto o sexto "relevo" logró que aquello arrancara, posiblemente por aburrimiento. Tomamos la carretera de Andalucía. Paramos, después de una recta de unos 15 kilómetros, en Manzanares. Visitamos a un viejo y lejano pariente de papá, que tenía una tienda textil, y que se sorprendió ante tanta demostración de cariño por nuestra parte. Continuamos el viaje. En pleno Despeñaperros nos paró un Guardia Civil de Tráfico. Papá había pisado la raya continua poco antes de llegar a un altozano.  Le salvó la "labia" que tenía: "que soy secretario judicial, que si tengo siete hijos, que soy hijo del Cuerpo (porque hizo la mili en el Cuerpo de Carabineros, en La Linea de la Concepción) y cosas así que terminaban por enternecer y ablandar el corazón del ser humano más duro. Al pasar por Linares quiso parar para saludar a una mujer con la que, según nos dijo papá, había mantenido mucha amistad antes de conocer a mamá. Alguna escusa pusimos porque no paramos en Linares. Ya lo habíamos hecho en La Carolina y teníamos muchas ganas de llegar a Jaén y ver a mamá que había ido unos días antes. Yo dormí durante esos días en casa de la tita Antonia y el tito  Paco. Me trataron muy bien. Incluso me enseñaron, de forma práctica, cómo se hacia la conserva de las "aceitunas machacás". Una mañana, que los primos vinieron a vernos, me llevaron a visitar a madre Juana. Nosotros, que desde pequeños hemos sido siempre muy efusivos en nuestras demostraciones de cariño, al verla, nos lanzamos a ella. Quedó impávida. Ni siquiera un beso ni un abrazo. Ni nos habló. Creo que mamá estaba pasando con ella unos días, en la calle San Bartolomé. Solo habló algo con  "sus otros nietos", Paquito, Antonio, Amparito... Eran las fiestas de Jaén. El tito Paco, multimillonario a nuestro lado, pues era Interventor del Banco Central -o Español de Crédito- en Jaén, tuvo el detalle de darle a Paquito una buena "propina de fiestas" para que "invites a tus primos; id a los toros y luego llévalos a las ferias". A rajatabla. Paquito nos llevó a los toros. Nos sorprendió la Plaza  por lo grande que era. Solo conocíamos la de Alagón... Fernando, el novio de la prima Encarnita, hija del tito Paco y de la tita Antonia, me dio una vuelta por Jaén en su moto, una "Montesa" roja y me dejó en las ferias donde nos encontramos con los primos. Recuerdo esos momentos con mucha alegría, pues los primos no sabían qué darnos, qué hacernos, dónde llevarnos. ¡Cuánto cariño nos tenían! Por las mañanas venían a buscarnos y hacíamos un recorrido por la casa de todos los tíos quienes, al contrario que la abuela, nos demostraron siempre su cariño y afecto. Fueron días muy felices. Un oasis de felicidad, de cariño... en medio del desierto. De la vuelta a casa no recuerdo nada. Quizás es que prolongué mi sueño jienense durante demasiado tiempo. Bueno, sí. Al pasar, de vuelta, por Alhama de Aragon nos pilló el diluvio universal. Una tormenta que no tenia fin. Habíamos puesto, previsoramente, la capota. Pero ésta tenia una especie de ventanita -para poder ver algo al dar marcha atrás-; era de plástico duro y, de tanto abrirla y cerrarla, se rompió. Entraba el agua en el biscúter cual río desbocado. Me puse atrás y con una toalla, mientras papá conducía, intente taponar el agujero, pero era tan insuficiente la toalla como incómoda mi postura. Al final decidimos quedarnos en Alhama a dormir pues el diluvio no cesaba. A la mañana siguiente, despejado el día, iniciamos la marcha. Y, por fin, llegamos a casa.


EL VIAJE A GRISÉN. Finalmente, el viaje a Grisén tenia un único motivo. En cierta ocasión alguien le dijo a papá que en la iglesia parroquial de la localidad guardaban unas casullas que se ponían los niños con motivo de alguna festividad. Papá fue madurando la idea y la posibilidad de ir para fotografiarnos revestidos con las mismas. Habló con el párroco, concertando una cita y, allá que nos fuimos una tarde en el biscúter. Nos hicimos las fotos -hace poco vi una de ellas- donde estamos con nuestro bonete y todo, manos en posición de oración y muy serios. No era para tomarse a broma algo tan sagrado.


BISCUTER DE DON MANUEL POR TODAS PARTES SE VE

Al famoso biscúter le hizo una poesía el Padre Jesús Aramendía, que decía así:


La poesía original rescatada por
Esperanza para el Archivo Familiar.




Biscúter de D. Manuel
Con marca Boissin, pequeño,
Cuatro focos, cuatro ruedas,
Raudo, atómico, un portento...


Sube las cuestas volando,
A veces se para en medio,
Y a veces hay que empujarle
Para que arranque de nuevo.


Lo conocen en  Grisén,
Ohitura y Ojos Negros,
Va a Zaragoza, a Teruel,
Y todo como por juego.


Hace unos días en Lourdes
Presentóse en un momento,
Y me dijo D. Manuel
Que volaba... Algo de miedo.


Su amo es de Andalucía,
Andaluz de cuerpo entero,
Es simpático, hablador,
Pleno de gracia y salero....
Tiene seis hijos en casa
Y otro tiene Misionero.


Es también representante
De jabones mucho buenos,
Y Secretario ¡qué altura!,
Del Juzgado nada menos.


Además es buen cristiano
Y por si acaso frailero,
A cada paso su coche
Nos brinda a los del convento.


Biscúter de D. Manuel,
Con marca Boissin, pequeño,
Cuando vayas a Alagón
No marches sin ir a verlo.


P. Jesús Aramendía
Salamanca 25-X-1957


UN NEGOCIO FALLIDO, EL CASO VALDEFIERRO


Don Julio Santabarbara, papá, el Sr. Victor y dos amigos
más intentaron montar un negocio fallido.


Durante mi estancia en la Marina, papá, juntamente con el sr. Víctor y otro socio más, formaron una sociedad anónima que adquirió los derechos de una línea de transporte público. La línea de autobuses hacía la ruta Zaragoza-Valdefierro y cuyos autobuses salían al lado de la plaza de Toros de Zaragoza. Por causas que ignoro vendieron al poco tiempo sus acciones al tercer socio ya que estaban con grades pérdidas, que solo fueron momentáneas, pues, pasado el nubarrón, comenzó a resurgir estrepitosamente dicha empresa.


LA FAMILIA QUE REZABA UNIDA...


Todos los domingos, y fiestas de guardar, mamá iba sola a misa de 9, a San Juan. Nos dejaba la ropa limpia de cada uno en cada silla. Nos arreglábamos y después lo hacíamos a los pequeños. Oíamos la misa de 10 en San Juan de la siguiente forma: siempre en el mismo banco, entraba yo primero, luego Antonio, Jesús, Charo, Juan Carlos y papá. Esperanza y posteriormente Lourdes se unieron años más tarde a la comitiva. Si alguno enredaba, hablaba o no se comportaba adecuadamente papá le mandaba un "tosido" que era más que suficiente para que se todo volviera a su legionaria disciplina. A la vuelta comprábamos el "ABC", que costaba cinco pesetas. La gente hablaba muy bien de nosotros porque, por regla general, nos portábamos muy bien en público. Eramos educados, correctos, cariñosos; una envidia de hijos. Católicos, apostólicos y romanos. Asistir a misa y comulgar era un signo externo de ser buena persona, decente y honrada. En fin... Nada más volver de misa, en verano, cogía mi bici, una bolsa grande de esparto y me iba a comprar el hielo a casa de Castiñeras jr. que también hacía y vendía polos de hielo. Llegaba a casa y deshacía las dos medias barras a martillazos, en un "cubo, valde o herrada" (¿os acordáis de estas palabras?) y, entre los huecos, metíamos las botellas de vino, gaseosa, agua, etc. etc. etc. Hubo una época primera en que, bien en la escuela o bien en Instituto, se nos obligaba a asistir a la misa dominical en la parroquia de San Pedro. Veréis: De cada escuela, ya fuera el maestro o el profesor, se ponía en la puerta de la parroquia portando una lista o relación de los alumnos y, conforme íbamos entrando, decíamos nuestro nombre y el maestro insertaba o ponía una aspa en el  nombre. Creo que fue en la etapa conciliar. A veces era un alumno, normalmente el más pelota del maestro, quien ejercía estas funciones. El lunes, delante de todos, se interrogaba a los "infieles" sobre las causas de su no asistencia, dando esos todo tipo de escusas, que no les valían para nada, siendo castigados "sin recreo" o cosas así. Tal era nuestra religiosidad que todas las tardes, antes de cenar, rezábamos todos juntos, el Rosario -por aquello que decía al Padre Peyton: "La familia que reza unida, permanece unida"- y la novena de Confianza al Corazón de Jesús. "Ya sabemos Señor que nunca seremos dignos de lo que esperamos alcanzar.....". Luego venían una serie de padresnuestros a San José pidiéndole una buena muerte, a santa Rita y tres o cuatro mil santos más -esa cantidad, al menos, nos parecía a nosotros- y que alargaban el rito y nuestro aburrimiento. Solía durar unos 20 minutos y rara vez nos podíamos escabullir pues, la verdad, ese devocionismo nunca nos hizo mucha gracia y menos si te sientes obligado a ello, como nos ocurría. Digamos que, conforme íbamos creciendo, crecían también las escusas para eludir estas devociones que luego no hemos seguido, por razones muy particulares de cada uno. Ya en Madrid se dio la siguiente anecdota: salió Lourdes con Charo y Mariluz a ver una película. Volvieron sobre las 9 de la noche y, ya en casa, lo primero que preguntó Lourdes fue: "¿Habéis rezado? Sí, le dijo papá y ella, inocentemente, le contesto: "¡Menos mal!. Nosotros no nos hubiéramos atrevido.


MOSÉN FELIX


Mosén Félix.
Estaba sordo y todos queríamos confesarnos con él.
Dentro de este orden religioso, casi todos los sábados nos confesábamos en la parroquia. Mosen Francisco debía estar acomplejado pues solo confesaba a los chicos y chicas más pequeños. Los "mayores" optábamos por mosen Félix y procurando meter la cabeza y hablarle por su lado izquierdo, dada su conocida sordera. Nos gustaba también porque nunca hacia la clásica pregunta, y que lanzaban, inoportunamente, todos los curas: la famosa ¿Cuántas veces, hijo mío?. Y si alguna vez se le escapaba, le decíamos algo así como el uno por ciento ya que, de decirle la verdad, se asustaría y nos diría aquello de que nos íbamos a quedar ciegos, etc.etc.etc. Este mosen tenia siempre una grande y larga fila de confesantes... Era un gran organista y acompañaba con el órgano todas las festividades solemnes de la parroquia. Un día estuvo en casa merendando y nos dejó, un pikú o tocadiscos con un disco, titulado "De colores", que contenía canciones que se entonaban en los Cursillos de Cristiandad. Quería que papá fuera "cursillista", pero  no le gustó. Cuando éstos volvían de los cursillos se juntaban en la parroquia y daban grandes gritos laudatorios, con profusión de salmos y fuertes golpes de pecho. No le gustaba a papá que los curas le "dominaran" o le lavaran el cerebro, como hacían con los "cursillistas". Los sábados por la noche, antes de ir a dormir, teníamos que enjuagarnos la boca muy bien pues era éste un requisito imprescindible para poder comulgar el domingo. Había que estar doce horas en completo ayuno, luego lo dejaron en tres, luego en una hora y, al final, casi podías ir a comulgar con un bocadillo en la mano. Esto sí que era un cachondeo clerical. Recuerdo que durante una temporada  iba yo solo a misa a San Juan. Era una costumbre que, al iniciarse el sermón, la mayoría de los hombres y jóvenes nos salíamos a la calle a charlar o a fumar un cigarrillo. Terminada la homilía alguien nos avisaba y volvíamos a entrar. Nunca comprendí esta costumbre que se consideraba tan normal tanto en San Juan como en la parroquia. Casi todas las tardes, después de salir de los colegios, nos acercábamos a San Juan para hacer la Visita a Jesús Sacramentado. Íbamos cogidos de la mano, "tapando la calle". Rezábamos seis padrenuestros y una oración. Y vuelta a casa. Si nos podíamos ir todos juntos lo hacíamos  papá y yo en sendas bicicletas. Una, la suya,  era normal, dorada, de carrera pero con manillar normal. Se compró, de segunda mano, a los hermanos Asensio; la mía era una BH, nueva, azul y blanca, con los frenos de varilla. Una preciosidad. El día que la estrené llevaba tantos nervios que me introduje con ella en la carnicería de Higueras, dándome un fuerte golpe con el manillar en los mismísimos.... ¡exactamente!. Lo habéis adivinado.


23 DE MARZO DE 1958, NACE ESPERANZA


Una fiesta de navidad en casa, con confettis y guirnaldas.
Charo y sus amigas bailando felices y divertidas.
Esperanza en primer plano bailando con un vecino.


Un domingo, por la mañana, del mes de marzo de 1958, el día 23, cuando todos estábamos descansado de la ajetreada semana y pensando en la "juntilla", no se le ocurre otra cosa, a nuestra hermana Esperanza, que nacer. Mamá estaba en la cama, claro está. "Mamá no se encuentra bien. Quedaros todos aquí, en el comedor, callados, sin hacer ruido porque me parece que va a venir la cigüeña", nos dijo papá. Algo sospechábamos los mayores -Antonio, Jesús y yo- porque había venido la Inés por la mañana y preparado mucha agua caliente y paños blancos. Enseguida vino Doña Dora, la comadrona. Quedamos durante un buen rato en sepulcral silencio por si oíamos los fuertes aleteos de la cigüeña al posarse en el balcón del dormitorio. "¡Ya, ya, ya, Doña Rosario! El silencio se quedó mudo y nos mirábamos los unos a los otros pensando "ya ha llegado la cigüeña". A continuación oímos unos infantiles lloros. Papá, que estaba con nosotros, nos había puesto de rodillas y nos hizo rezar un padre nuestro. Luego entró en el dormitorio y al ratillo salió: "Habéis tenido una hermanita". Nos invadió una mezcla de alegría y curiosidad y, en fila india, cuando se nos ordenó, entramos al dormitorio. La recién nacida ya estaba en su cuna. Me acerqué a ella y vi a mi nueva hermanita. Una preciosidad, como ahora. Cuando fui a darle el primer beso fraternal, oí un grito a mis espaldas: ¡¡No la beses, que es mora!!, me dijo mamá. Miré a papá y confirmó el grito de mamá. ¿Mora? Nos limitamos a mirarla y, defraudados por no haberle podido dar ni siquiera un beso, salimos del dormitorio porque "mamá tiene que descansar". Miramos al balcón y estaba cerrado. No nos convenció mucho eso de la "cigüeña", pero... La madrina fue Doña Esperanza -de ahí el nombre que se le impuso a la apadrinada- la esposa de Don Martin, Secretario del Ayuntamiento con quien papá mantenía una buena relación de amistad dada la afinidad profesional que les unía. Dias más tarde, había que esperar, según la costumbre, hasta que la madre se recuperase para que pudiera asistir a la ceremonia, se llevó a cabo el bautizo de la "mora". Nada más terminar la ceremonia, en la misma parroquia nos abalanzamos los hermanos sobre ella, dentro del paternal orden impuesto. Luego, en casa, hubo un refrigerio mientras "Esperancita" -así la llamamos durante muchos años- dormía plácidamente en su cuna. Casi todos estábamos presentes cada vez que la cambiaban, pero nunca, -¡lo que era el pudor de mamá!-, cuando le daba de mamar. Como si todos nosotros no hubiéramos pasado antes por la teta de mamá... En fin, cosas de la moral de la época.


VER LA TELEVISIÓN Y DESPÚES "VAMOS A LA CAMA"


Valentina, Capitan Tan, Locomotoro y
el tío Aquiles formaban el conjunto
conocido como "LOS CHIRIPITIFLAÚTICOS"
Cuando comenzó la televisión, que retransmitía en blanco y negro, entrábamos, por invitación del médico Don Roque, en su casa para ver, un ratito, algún programa infantil. Fue una de las primeras personas que tuvo televisión en Alagón. Pero nosotros no podíamos ser menos. Cierto día, posiblemente en el año 1960, fuimos papá y yo a la tienda de Pedro Coloma, que estaba al final de las "escalericas", y  era el único que vendía estos aparatos, para comprar una tele "Philips". Papá le preguntó cuánto valía y en cuánto se la dejaba a él. Al decirle la rebaja papá le pidió el pago en 24 meses, a lo que accedió de mala gana pues tal precio era para pago al contado. Los programas de televisión que veíamos eran pocos. Los días normales se limitaba a algún programa infantil porque había que hacer los "deberes", rezar el rosario, la novena de confianza, cenar y a dormir. Había solamente un canal que abría sobre las 2 de la tarde con algún programilla. Seguía el telediario y una charla o comentario de tipo político a cargo de personajes significados del Régimen, tales como Girón de Velasco, Jesús Suevos, buen amigo de papá, y Manuel Lozano Sevilla, que también era crítico taurino y médico personal de Franco. (Si me acuerdo os contaré una anécdota con este personaje, que creo que era Teniente-Alcalde de Madrid, cuando me examiné del primer ejercicio para Auxiliares en Madrid). A las cuatro cerraba la emisión y no abría hasta las 6, con un programa infantil. Los que nosotros veíamos eran a la ventrílocua  Herta Frankel y su perrita Marylin, Cimarrón, Boliche y Chapinete, Cesta y Puntos, Fiesta con nosotros, Los amigos del martes, escala en hi-fi, Bonanza, Caravana, Los chiripitiflauticos",etc. El que más me gustaba era una serie titulada "Patrulla de caminos", de unos 25 minutos de duración, y Cimarron. La primera estaba protagonizada por Broderick Krawford. También disfrutábamos mucho, los domingos, con "Rintintin". Al principio de cada programa ponían un cartel que decía, más o menos: "Esta película es autorizada únicamente para... "todos los públicos", "mayores de 16", "Mayores 18" años" (Luego le sustituyeron los famosos rombos). Como todos éramos menores de 16 años, en cuanto salía el cartelito, mamá, que vigilaba escrupulosamente cada programa, apagaba la tele y.... Pero llegó el día 13 de julio de 1962, sobre las 8 de la tarde estábamos viendo la tele y salió el cartel de "autorizada para mayores de 16 años", que ese día cumplí exactamente. Yo, que tenía unas inmensas ganas de "ver la diferencia" con las "autorizada para todos los públicos" -siempre fui muy "verdusquín", lo confieso-, y la de "solo mayores de 16 años", me puse un tanto paternal con mis hermanos y les dije que se salieran del cuarto porque no podían ver la película. Mamá estaba en la cocina, lo escuchó, vino al cuarto, apagó la tele. Le dije que yo ya tenía 16 años, y me contestó: "TÚ TENDRÁS 16 AÑOS CUANDO YO TE LO DIGA" (sic). ¡Todos salimos del cuarto!.


"FUMANCHÚ"


Uno de los personajes más famosos de Alagón era "Fumanchú". Así apodaban al fotógrafo de "Wamba", Andrés Viñuales, nuestro vecino. Era de las personas más cachondas de todas las que me he encontrado en mi vida y con el que tengo infinidad de anécdotas. Por ejemplo: cuando una fuí a Alagon a ver a Charo, me lo encuentro en la calle con sus amigos. Muy serios nos saludamos y la corta conversación que mantuvimos, mas o menos, fue así:


-¿Qué tal, Manolo?
-Muy bien. Gracias.
-Ya me he enterado por los periódicos de que te ha recibido "el de blanco" en Roma.
-Si. De vez en cuando me llama para consultarme alguna cosilla. Dentro de una semana tengo que ver al Cardenal Camarlengo para corregir unos datos de la nueva encíclica que va a salir.


La gente que nos oía se quedaba con la boca abierta porque, cuando hablábamos, nos poníamos muy serios. Y se lo creían todo. Nos quería mucho.


LAS FIESTAS DEL PUEBLO


Los encierros de las fiestas
llegaban hasta la plaza de San Juan.
Las fiestas en Alagón eran sencillas e intensas. El Sr. Epifanio, padre de Esteban y Mari Carmen Adé, era el alguacil y a la vez el agente judicial del juzgado. El organizaba las diversas "gincanas" infantiles en la plaza de España, en las que yo participaba con mi nueva bicicleta. De pie sobre la bicicleta y con un palillo o lápiz en la mano, debía introducirlo en una anilla que tenia una cinta enrollada en un carrete de hilo. En esta cinta había un "premio". No era nada fácil. Los más mayores tenían sus "peñas" a las que no pertenecimos ni de más mayores. Tampoco nos gustaban mucho y huíamos de determinados ambientes porque, sobre todo en los pueblos pequeños, teníamos que "guardar la imagen" como hijos del Secretario del Juzgado. La economía no era muy favorable a este tipo de festejos.





EL IMBORRABLE RECUERDO DE ALGUNOS BUENOS MAESTROS


De los maestros que tuvimos los hermanos recuerdo a Don Pascual, Don Pedro Ballarín, Don Jesús Cólera, Don Carlos (este de Siguenza), Don Jobito y Don Gregorio.


DON PASCUAL. Fue, aparentemente, una gran persona y un gran maestro. Lo tuvieron sobre todo Jesús y Juan Carlos, a quien enseñó a leer. Un día invité a los papás a comer en un restaurante de la Plaza de San Francisco, aquí, en Zaragoza, y cual seria nuestra sorpresa que él estaba comiendo en el mismo lugar. También dio la casualidad de que su hermano era vecino nuestro y, la ahora, su viuda nos sigue teniendo gran aprecio.


DON PEDRO BALLARIN. No se si alguno fue con Don Pedo Ballarin, cuya esposa también era maestra, Doña Concha, y vivían en la segunda casa del Paradero donde vivíamos nosotros, piso quinto. No debió ser buen maestro pues repartía leña a diestro y siniestro y "maestro que solo sabe corregir a palos, no es buen maestro".


Don Jobito.
"Me cogió fuertemente con su brazo, me estrechó
contra él y le dijo a papá: "ya está apretado". Desde
ese momento ese hombre me ganó".
DON JESÚS CÓLERA. Otro maestro fue don Jesús Cólera, -y su esposa doña Isabel, maestra de Charo- de quien, parece ser, huían los chavales. En aquellos tiempos se decía: "La letra con sangre entra". Así de burros eran algunos maestros. Pepe tuvo uno en Siguenza que más de una vez le " calentó".


DON CARLOS. El mejor maestro que yo he tenido, sin duda, fue Don Carlos, que lo tuve en Siguenza. De él ya hablé en el capítulo dedicado a Sigüenza.


DON JOBITO. A Don Jobito fuimos a verlo Papá, Antonio y yo a las escuelas. Estaba paseando fuera del edificio. Lo saludamos y nos hicimos una foto que todavía guardo. Hoy mismo la he vuelto a ver.  Y, en el transcurso de la conversación, papá le dijo, refiriéndose a mí: "Manolín es muy vago y si no se le "aprieta" (¿pega?) no estudia, así que aprietele todo lo que pueda".¿Sabéis lo que hizo Don Jobito? Me cogió fuertemente con su brazo, me estrechó contra él y le dijo a papá: "ya está apretado". Desde ese momento este hombre me ganó. En sus clases nos poníamos en fila y retábamos a uno con una pregunta de la lección del día. Si no la respondía acertadamente y el que preguntaba sí, se intercambiaban los puestos. Este método hizo que mi autoestima subiera como la espuma y mi orgullo a no bajar puestos hizo que estudiara muchísimo para ganar siempre y no me pudieran desbancar.


MI DESGRACIADA VIDA DE ESTUDIANTE


Cuando iba a la Escuela no tenía recreos. Salía, me iba derecho a la oficina de Correos, cogía las cartas del juzgado y se las llevaba a papá que, a las once de la mañana, y  cada vez más gordo, todavía estaba durmiendo en la cama. A veces tenia que esperar a que se despertase. Leia el correo, me lo daba y me lo llevaba al Juzgado. El recreo se acabó. Así apenas pude hacer amigos pues en estos momentos de recreo era cuando verdaderamente nos relacionábamos los compañeros. Y así un día y otro y otro. En algunas ocasiones me sustituía alguno de los hermanos, seguramente porque me castigarían "sin recreo", digo yo. Tantos castigos llevé en el Instituto y en casa... El último curso fue de maravilla. Luego pasé al Instituto de la Falange, donde hice el ingreso. Me examiné, a final de curso, en Zaragoza, en el viejo Instituto Goya, hoy desaparecido, y aprobé. Mis oídos comenzaron a supurar en Siguenza, parecer ser que debido a una fuerte bofetada que me dio papá, y que me provocó una fenomenal perforación del tímpano del oído derecho y, como consecuencia, a causa de una infección,  vino la supuracion. De nada valió lo que iba a ser el único y milagroso remedio, la operación de las anginas. Un día nos regalaron un jamón, al poco tiempo de llegar. Al quitarle parte de la corteza se le fue a papá el cuchillo y se dio un buen corte en el dedo gordo. Sangraba abundantemente y nos fuimos a casa  del médico, Don Vicente Lafuerza Cucalon. Le curó, lo cosió, porque el tajo era grande, y le vendó el dedo. Hablando con él, mientras lo curaba, papá le comentó lo de mi supuracion, que me habían operado de las anginas, pues el especialista dijo que la supuracion  era producida por las  mismas, pero que, a pesar de todo, seguía supurando igual que antes de operarme. ¡Qué barbaridad!,  dijo Don Vicente. Me recetó un frasquito, pequeño, de "Chemitecina". A la mitad de del frasquito me desapareció la supuración y... Hasta ahora.


LAS PALIZAS DE PAPA O "LA LETRA CON SANGRE ENTRA"


De la escuela pasamos al Instituto para hacer el bachillerato elemental. Los estudios no se me daban nada bien. Una y otra vez era castigado "sin comer", junto con otros chicos como un tal Benedí, Javier Planas (hijo del que llevaba el casino), un tal Sabroso, etc. Aunque yo era el más asiduo. Lo malo no era el castigo en sí sino sus consecuencias, que no eran otras que la presencia de papá en el Instituto y la lluvia de bofetadas que me daba delante de todos. Y así un día y otro. ¿Es que no había otra forma de corregirme? ¿Es que no había más solución que palizas y más palizas? ¿Por qué tanta fiereza en los golpes, tanto ensañamiento? Llegué a pensar que papá disfrutaba pegándome delante de todos, pues se ponía como una fiera y gritaba como un loco -¿lo estaría?- y por mi cabeza pasaban mil venganzas imposibles. Yo vivía con el corazón encogido temiendo que en cualquier momento, por lo más mínimo, me cayera una y otra y otra e infinitas palizas más. Alguien estaba loco. Dicen que los buenos toreros son los que hacen bueno a un mal toro. Yo no tuve esos "toreros". Vivía constantemente amenazado: "Te voy a tirar al Ebro", "te voy a hacer chicotillas". Estas eran las únicas frases de cariño que yo recibía de papá. Cuando uno se está formando para vivir en una sociedad civilizada no se le puede dar un trato así. Y si todos estos momentos resultan inolvidables, escuchad atentos: un día de tantos, en casa, después de comer, en Alagón, me puso de rodillas durante toda su siesta. Aún no sé el motivo. Se despertó. Me empezó a pegar tan brutalmente que mamá gritaba reiteradamente "por favor, no le pegues más". Y seguía una y otra vez. Cuando se cansó se arrodilló delante de la imagen del Corazón de Jesús y le suplicó: "Que se muera, por favor; quítamelo de en medio, Corazón de Jesús". Así era, conmigo, nuestro padre, el que rezaba el Rosario todos los días, el que comulgaba todos los domingos, el que hablaba con los Claretianos sobre el Padre Eterno y nos daba a todos clases de teología, el que se iba a Zaragoza de putas con Luis Viar, que se las pagaba, -comportamiento iniciado ya en Alhama-, mientras a nosotros nos decía "sagrario y sagrario". No  he exagerado la escena lo más mínimo. ¿Cómo pude aguantarlo tanto tiempo? Y sin embargo yo le he correspondido siempre con filial cariño. No todos estamos igualmente dotados; no todos valemos para todo. En Alagón cogí un complejo de "tonto" tan grande que me fue muy difícil superarlo. Yo me veía un inútil, una persona sin futuro, viviendo de mayor en la calle. "Eres el más tonto del instituto", me repetía mil veces.  No recibía consejos sino amenazas, no recibía cariño ni comprensión sino palizas. Yo temblaba ante la presencia de papá. Me iba haciendo mayor y aquello podía estallar algún día.


POSTULANTE Y BECADO !QUE DESGRACIADO¡


Pepe de seminarista y Manolo
en la plaza de La Seo de Zaragoza.
Me mandaron a Aranda de Duero a hacer el postulantado pero duré poco porque me acabaron echando "por mal estudiante", según rezaba la carta-cartulina, manuscrita, que le remitieron a papá, y casualmente cayó en mis manos, cosa que era verdad, lo reconozco, pero que en modo alguno era la verdadera causa pues lo era un asunto de "mariconeo" que presencié por sorpresa y denuncié al inclito, orgulloso y miserable padre Del Molino, un sujeto de judaico aspecto, que venía, rebosando tanto orgullo como desconocimiento, de estudiar, ni más ni menos, en Roma. Era este pobre clérigo un sujeto sin experiencia alguna en llevar un postulantado. De carácter altivo y chulesco, solía mirarnos a los postulantes con mucho desdén, sobre todos aquellos que estábamos becados y, por tanto, no pagábamos nada. Una anécdota: todas las navidades se repartian entre los postulantes los diversos cargos tales como encargado de la limpieza y sus ayudantes, encargado del refectorio y sus ayudantes, encargado de la capilla, etc. etc. etc. Pues bien. Como yo estaba becado por una piadosa señora de Ciudad Real, llamada Doña Dolores, Viuda de Pacheco, que tenía una tienda de muebles, y a la que todas las navidades le enviaba una carta de agradecimiento y felicitación, a mí, durante los dos o tres años que estuve en Aranda, me destinaron siempre a limpiar los retretes, las letrinas y wáters. Así diariamente, durante dos o tres años. Y todo por no pagar al estar becado. Otro día, estaba de los primeros en una fila que se formaba, ante el cuarto del padre auxiliar,  una vez por semana, para pedir, por ejemplo, crema dental o para los zapatos, cordones para las botas, un cepillo de dientes, y cosas así. Al verme el Padre Esteban, un enano medio maricón -creo que, finalmente, se salió de cura y se casó con una viuda, tomando la profesión de taxista- y que presumía de saber más música que el Padre Mielgo -posiblemente el mejor músico-compositor que ha tenido la Congregación en toda su historia-, me dijo, delante de todos: "Usted póngase el último, que no paga". A veces, al último, no le llegaba nada. Eso sí: En la novena al Corazón de María siempre me llamaba para que subiera al coro y cantase algún "solo". Al día siguiente de mi denuncia, en el aula donde ensayábamos la rondalla, el director de la misma, el padre Liebana, nos comentó muy en voz baja: "Pobre chaval, le ha sacado  hasta la ultima gota de leche"- y juro que es verdad lo que digo. Y algunos postulantes lo sabían, y algún cura que otro también, pero, hipócritamente, que siempre lo fueron en esos y similares  casos, optaron por callar y por matar al mensajero que era un simple y mal postulante y tenía  nula credibilidad ante los demás. No os podéis imaginar el "calvario" que esos "elegidos por Dios" me hicieron pasar, clase por clase y con todo tipo de improperios. Yo también caminé por la "calle de la amargura" y me crucificaron esos "consagrados". Nunca me preguntó papá nada sobre este asunto porque, supongo, nada sabía y se conformó con lo expresado en la carta-nota. Unas navidades fui invitado a pasarlas en Segovia con los filósofos. Fuí porque no tenía nada de qué avergonzarme. Me pidieron que olvidara lo pasado y que volviera. Les dije que no, que no merecía la pena seguir. Siempre me he preguntado ¿Por qué y para qué me llamaron si yo era un sinvergüenza, un rufián, un pervertido...? ¿Es que, al final, se aclararon las cosas y se dieron cuenta del error cometido conmigo? Vuelvo a repetir que cada uno tenemos asignada nuestra "hoja de ruta" y, hagas lo que hagas, no te saldrás  del camino marcado.


CUANDO EL "TABA" ME ÉCHO DEL INSTITUTO


Si me echaron del postulantado de Alagón, si me echaron del postulantado de Aranda de Duero, solo quedaba que me echaran, también, -faltaría más- del Instituto de Alagón. Y así sucedió. Yo estaba en una edad que empezaba a ser... ¡esfervencente!. Eso es. Exacto. El director, entonces, del Instituto era "El Taba", bautismalmente llamado Gregorio, un veterinario que nunca pudo pasar ni por debajo, ni a lo ancho, ni a lo alto, del arco iris, pues tal era la altura y cantidad de sus "cuernos". Doña Raquel -"Raquelito" para los mayores del Instituto- era su "santa" esposa. Estaba más buena que el pan con chocolate y lo malo era que ella sabía que nosotros los sabíamos. Nos dio algunas clases. Nos ponía de pie, delante de una mesa -ella al otro lado, de frente- en la que, de propósito, se inclinaba clavando sus codos en la misma para que el amplio blusón, redonda y exageradamente escotado, nos permitiera ver, semidescubiertas, unas hermosas tetas que la adornaban y en las que nuestros pícaros ojos se clavaban, haciéndonos los ojos "chiribitas", olvidar la realidad que nos circundaba y entrar en un voluptuoso y pecaminoso éxtasis. Por eso digo que ella sabía de sobras que nosotros nos "sublimábamos" ante tan paisajistica y provocativa escena, haciendo que la "bilirrubina", o como se llame, subiera y subiera... O dicho de otra forma: le encantaba jugar con nosotros, exhibirse, enseñándonos sus tales redondas hermosuras, que, en verdad, lo eran. ¿Por que será pecado mirar y deleitarse en estas cosas tan bonitas? Por supuesto que no las confesábamos para que el cura no pecara también haciéndonos entrar en detalles...  Y se sublimara... Con esa edad uno encontraba eróticas hasta la escobas... ¿Ahora?.  Bueno... sigamos con el relato... Este matrimonio no podía tener hijos, por culpa de alguno de los dos, posiblemente ella, creo yo. Un día estábamos estudiando, esperando la hora de salir. Ella estaba sentada en la mesa del director, su esposo, que esa mañana no había venido al Instituto por estar en Zaragoza en alguna reunión. De repente sentí en la frente un pequeño golpecillo de algo que, al rebotar, cayó encima de mi libro. Era una bolita de papel. Yo estaba en el pupitre de la primera fila y había visto, de reojo, el gesto que hizo de lanzar algo. Me quedé mirándola y observé que su rostro cambiaba, por momentos, de color. La "bolita" iba dirigida a un chico que estaba justo detrás de mí, el más mayor del Instituto, alto, apuesto, moreno y ya fumaba. Con cierta parsimonia y mala leche, por mi parte, inicié el rito de la desenvoltura de la bolita ante la hiriente, penetrante y nerviosa mirada de la Raquelito. "Cuando salgáis déjate los libros "olvidados" y vuelve enseguida a buscarlos" (sic),  decía la nota. La volví a mirar a la vez que yo hacía pedacitos la subsodicha nota. Todos sabíamos que entre ella y el alumno, que tenia novia, había algo más que un mero coqueteo... O sea, dicho sin rodeos y en roman paladino, que se la tiraba cuando a ella le apetecía, que era bastante a menudo. Desde entonces entré en la "lista negra" de la Raquelito que fue preparándome su venganza. Y llegó el momento. Ella era la encargada de abrir la puerta del Instituto todas las mañanas. Primero subían los más pequeños, después nosotros y, finalmente, los más mayores. Ese día yo subí con los más mayores, algo más tarde, juntamente con el alumno de marras. El diálogo fue, más o menos, así:
-Manolo, ponte de rodillas en el pasillo por haber llegado tarde.
-Señorita, conmigo también ha subido otro alumno y no le ha castigado usted.
-Haz lo que te digo ahora mismo o se lo diré a Don Gregorio -su marido y director- cuando venga.
-Pues dígaselo, que también yo le diré que por qué me castiga a mí solo. Su marido no nos ha dado este mes, por ejemplo, tantas clases -le leí una relación que iba haciendo- por atender partos de las vacas o enfermedades de animales, viniendo tarde y no pasa nada.
Por supuesto que no me arrodillé. Vino el "morlaco", le contó lo sucedido y se escuchó un bramido: ¡Manolo, quedas expulsado del Instituto. Coge tus libros y márchate" (sic). El "astado" estaba embravecido porque sabia que cuando papá se enterase iba a darme la paliza del siglo, como, en muchas otras ocasiones, había hecho. Con gran temor abandoné el Instituto con mis libros bajo el brazo y me fui a casa, no sin gran temblor. Le conté a papá lo sucedido. Papá era el Secretario del Patronato del Instituto. "No te preocupes -me dijo-; coge toda la documentación del Patronato, llévasela a Don Gregorio y dile que desde este momento dimito como Secretario del Patronato. Dile a tus hermanos -Jesús, Charo y Juan Carlos- que también están expulsados y que se vengan contigo". Yo, que esperaba la paliza de costumbre, y que en otras ocasiones había recibido por nimios motivos, me  quedé perplejo. Creí estar soñando o quizás ya en coma. Me expulsan del Instituto y mi padre no me pega. ¿Qué está pasando aquí? Mamá me acompañó en mi perplejidad. Volví a la realidad. Cogí la documentación y, envalentonado cual torero después de la cogida, me fui al Instituto en busca del "astado". Por primera vez en mi vida entré sin miedo alguno en la sala de estudios. Chulescamente -¡qué ganas tenía de que llegara un momento así!- tiré la documentación encima de la mesa del "consentido" y le dije: "Mi padre dimite desde este momento como Secretario del Patronato". Y dirigiéndome a Jesús, Charo y Juan Carlos les dije: "Ha dicho papá que también vosotros estáis expulsados y que os vengáis a casa conmigo". Toda la sala estaba en silencio. Ante la mirada del "astifino" cogieron los libros y todos nos fuimos a casa. Creo que días después también se  marcharon varios chicos más.  Papá, a quien le había enseñado antes la relación mensual de clases que no nos había dado el "corniveleto" por motivos profesionales, lo puso en conocimiento del Sr. Valero, Delegado Provincial del Frente de Juventudes, de cuya Delegación dependía el Instituto y éste convocó una reunión urgente en el Ayuntamiento. Papá le preguntó por las clases dejadas de dar por atender asuntos profesionales y la falta de competencia.  El "Taba" le dijo que la mayoría de los alumnos aprobaban todos los años en el Instituto Goya de Zaragoza por lo que el profesorado era muy competente.  Le replicó que era mentira, que si los alumnos aprobaban era porque al salir de Instituto iban a clases particulares que daban algunos maestros y Javier. (Este chico daba en su casa, a mí y a otros muchos más, clases particulares de matemáticas y otras asignaturas). Todo esto lo cuento tal y como me lo relató papá cuando volvió de la reunión en el Ayuntamiento. El acuerdo que posteriormente se tomó fue la destitución del director, de su mujer y todo el profesorado. El cargo, a instancias de papá, se ofreció a Don Pascual, que lo aceptó. Volvimos al Instituto. Por casualidad, Javier Planas encontró un libro de actas en el que había una que recogía el acuerdo de mi expulsión y los motivos, creo que eran "reiteradas desobediencias graves al profesorado y el peligro de que se extendiera mi actitud entre el alumnado", o algo así. Arrancamos el acta, rompimos el libro y lo tiramos. El Taba y la Raquelito desaparecieron de Alagón. Pero la historia tiene otro final. Dicen que la venganza es placer de dioses. Estaba yo destinado en el Juzgado de primera instancia e instrucción de Tarazona. Durante un periodo de Elecciones se encontró Javier Planas, en Zaragoza, con el "bovino" y este le comentó que había creado un determinado partido político, del que era presidente y que iba a solicitar un mitin en Tarazona. Yo, que era Secretario de la Junta Electoral de Zona, cuando Javier Planas me lo comentó en Alagón, le dije: "Dile al Taba, de mi parte, que, si solicita dar un mitin en Tarazona, le voy a asignar la "Plaza de Toros" como lugar más apropiado..." No vino a Tarazona. Este hijo de perra me dijo en cierta ocasión, delante de papá: "Tú serás algo en la vida cuando yo sea obispo" (sic). Más que esta frase me dolió el silencio complaciente de papá. Casualmente me lo encontré, años más tarde, en la cafetería de El Corte Inglés. Tuve la intención de preguntarle si ya era cardenal o papa. Pero su aspecto anciano me dio pena. Al poco tiempo, para desgracia de Satanás, que ahora lo tiene que aguantar más tiempo que yo y con el que mantiene cierta similitud en las "defensas", murió el pobre hombre.


NUEVA PROFESION: BOTONES DEL BANCO ZARAGOZANO

Después de mis años aspirando al sacerdocio, ya en Alagón, intentó papá meterme de "botones" en el Banco Zaragozano. Pero, como las personas tenemos asignado nuestro destino desde que nacemos, no pudo ser por unas escasas horas. Me explicaré. Fuimos papá y yo al Banco Zaragozano a ver al director, que era D. Pedro, y papá le pidió que me pusiera de "botones". Don Pedro, que era buen amigo de papá y muy conocido mío, pues todos los meses le llevaba las letras vencidas, pero renovadas, se quedó un poco parado y le dijo que lo sentía muchísimo pero no podía ser "porque precisamente ayer le dí la plaza a Angelito -que su madre había quedado viuda unos meses antes y él trabajó algún tiempo en el juzgado con papá- que vino su madre a pedírmelo". Angelito era muy amigo mío, de mi misma edad, y se jubiló hace algunos años como Director. Suelo verle por Peñíscola. Bajó a Zaragoza a examinarse. Tomó su bolsa con un bocadillo, como toda comida -de los restaurantes incluso dudábamos de su existencia por no haberlos pisado nunca- y se fue a comer al Parque "Primo de Ribera". Sucumbió a la tentación de un columpio o balancín que se interpuso en su camino y el desagradecido elemento le da un golpe en el tobillo, fracturándoselo.  Esta Mariluz ha sido siempre muy inquieta. Durante la convalecencia era su hermano Manolo quien siempre la acompañaba a Zaragoza a revisiones, a quitarle la escayola, a cuidar de que no se marease... ¿Será por eso que me quiere tanto?


MUCHACHO !LA MARINA TE LLAMA¡



Con 17 años papá me mandó a la Marina,
a San Fernando (Cádiz), 1963.


Me mandaron, sin preguntarme o consultarme antes, como "Voluntario" -¡qué paradoja!- a Infantería de Marina, a San Fernando (Cadiz). Entré en el Tercio Sur de Infantería de Marina el día 1 de septiembre de 1963. Acababa de cumplir... ¡17 años!. Como no valía para estudiar, pensó papá que, al menos, me hiciera "chusquero". Me fui, una vez más, solo hasta Cadiz. Hice tres meses de "instrucción" y pasé a la Escuela de Aplicación para estudiar la especialidad de Automovilismo y Medios Anfibios Mecanizados (A.M.A.M.). Era como una especie de Perito Mecánico Militar, con mi título oficial. Seríamos unos 150 alumnos, entre Zapadores, Comunicaciones y Automovilismo. Dio la casualidad de que este mal estudiante sacó el número uno de todas las Promociones antes referidas, y en un acto oficial, ante todo el Tercio Sur, -unos 3.500 soldados- el Coronel me impuso los galones de Especialista. Tenía poco más de 18 años y pusieron a mi mando directo alrededor de unos 300 soldados, entre mecánicos y conductores. Participé en dos grandes maniobras de desembarco, una en Mazarrón -el mayor desembarco del mundo realizado en tiempo de paz, con unos 75.000 hombres de Tierra, Mar y Aire y la VI Flota Americana en el Mediterráneo- y otro en Muros (La Coruña) el día 19 de marzo de 1965. Justamente ese día tenía que haber estado en Zaragoza pues me invitó personalmente a su consagración episcopal Don Angel Morta Figuls, Obispo Auxiliar que lo sería de Zaragoza y que me dio los ejercicios espirituales en Aguarón -Monasterio de la Virgen de las Viñas- y había intentado meterme en el Seminario de Zaragoza, donde estuve como "invitado" dos o tres meses conviviendo con los seminaristas. A la tercera no fue la vencida. Charo ya me echó el ojo cuando estaba de postulante en Alagón y... ¡quien lo persigue lo consigue! Me licencié con 20 años y pico, pese a la oposición del Coronel Galinsoga y Ros que quería llevarme a toda costa a la Escuela Naval de Marín (Pontevedra) para hacer la carrera militar.  Me decía que yo sería un gran militar. No debí entenderle porque uno no estaba acostumbrado a clase alguna de piropo o alabanza. Más bien al contrario. Había estado destinado en San Fernando y en El Ferrol. Durante todo ese tiempo mi fidelidad hacia Charo fue total y absoluta en todos los conceptos, como hasta ahora.


MI NOVIAZGO CON CHARO: NOVIOS RIGUROSAMENTE VIGILADOS


Charo y Manolo, una feliz pareja disfrutando unos días en Chinchón.


Desde que empecé a salir con Charo en Alagón papá, prismáticos en mano, vigilaba desde el balcón de casa mis andanzas con ella, nunca mejor dicho, porque solo nos dedicábamos a pasear y andar sin poder entrar en ningún bar ya que, pese a pedírselo en varias ocasiones, nunca me dio una sola peseta para que pudiera  invitar a Charo cuando empezamos a ser novios y salir a dar una vuelta. Todo ello era parte de la trama o estrategia que puso en marcha para impedir mi relación con Charo por todos los medios a su alcance, Guardia Civil incluida. Mi noviazgo no le sentó nada bien. Él esperaba otra cosa. Comenzó impidiéndome estar con ella un rato. Si iba a verla a las 7, me decía: a las 8 en casa. Si salía las 8, me dejaba hasta las 9. Por supuesto que nunca me dio un céntimo para poder invitarla. Luego siguió llevándome, con relativa frecuencia, con el Sr. Víctor, a visitar a un  amigo de éste, bastante ricachón, que vivía en un chalet, por Miralbueno, y tenía una única hija de uno o dos años menos que yo y con la que me dejaban en el jardín de la mansión mientras ellos hablaban de negocios. Finalmente, al darse cuenta de que no había nada que hacer, solicitó informes privados de Charo y su familia a la Guardia civil, según me comentó Lorenzo Merle, que era el Agente Judicial del Juzgado. La extorsión no terminó ahí. Estando en Alagón unos días de vacaciones y vosotros en Chinchón, me llamó por teléfono pidiéndome que volviera urgentemente. Esta vez la escusa era que había quedado con el Embajador de los Países Bajos en que íbamos a grabar un disco con la casa Philips. En otra ocasión la escusa fue que volviera enseguida porque el Jefe del Negociado de Jueces, en el Ministerio de Justicia, Gonzalo Valcarcel, quería que me fuera destinado con él. Por supuesto que no le hice caso en ninguna de las ocasiones porque ya sabia lo que pretendía. En el año 1966, me puse a trabajar, como "meritorio", en el Juzgado de Primera Instancia e Instrucción número 4 de Zaragoza pues el Magistrado, Miguel Español Laplana, era el Inspector Provincial de Justicia Municipal y, en una de las visitas realizadas en Alagón me preguntó qué quería ser y le dije que me gustaría ser auxiliar. "Mañana mismo vente a Zaragoza que te prepararás en mi Juzgado". Dicho y hecho. Así comencé a ganarme algunas perrilas, pues, por ejemplo, por cada copia de sentencia me daban 25 pesetas, aparte de otras propinas que me daba el Secretario -Sama Naharro- Todo ello era suficiente para pagarme el autobús diario a Zaragoza y poder invitar a Charo al cine, a un vermut, al baile, un helado, etc. He de agradecer siempre a Germán -novio entonces con Marialuisa- que, en los grandes gastos, como meriendas en Casa de Tremendo y demás, me dijo que no me preocupara, pues siempre pagaba él.


ENCAUZANDO MI VIDA: OPOSICIONES, OPOSICIONES.


El famoso telegrama de Conchita:
García Paredes APROBÓ OPOSICIONES ENHORABUENA.
En 1967, en septiembre, me presenté a las oposiciones para ingreso en el Cuerpo de Auxiliares de Justicia Municipal. Aprobé. Papá y yo nos fuimos a dar una vuelta por Madrid y, casualmente, se nos ocurrió ir al teatro Español y ver la obra que representaba, "Las mujeres sabias", de Moliere. Cuando estábamos en la fila para sacar las entradas apareció Jesús Suevos con su mujer. Creo que entonces era, como dije antes, Teniente Alcalde de Madrid, pero no estoy seguro ya que la memoria ya no es la misma. Al ver a papá lo saludó muy afectuosamente. Cuando le dijo que estábamos en la fila para sacar las entradas, nos dijo que nos fuéramos con ellos. Entramos por una puerta, que no era la del público, y subimos a un palco que estaba en el lateral izquierdo del teatro y desde el que se divisaba muy bien el escenario. Vimos la obra y, desde entonces, me juré que nunca más iría a un teatro por el aburrimiento que pasé. Hasta ahora lo he cumplido. El segundo y ultimo ejercicio fue en diciembre, al día siguiente de la festividad de la Virgen de Loreto. Lo recuerdo porque era domingo (?), fui a oír misa a San Francisco el Grande y había una Parada Militar de Aviación, con desfile. Me examiné y, al día siguiente me volví a Zaragoza. Esta vez fui solo. Las notas no llegaban y mi impaciencia y nerviosismo me consumían. Un día, hablando con Antonio Blesa, en su farmacia, me preguntó sobre el examen y le dije que hacia ya un mes que me había examinado, estábamos sobre mediados de enero, creo recordar,  y no sabía aún la nota. Tampoco teníamos a nadie que se pudiera enterar del resultado, así que estaba esperando. Antonio Blesa me dijo que no me preocupara, que él tenia una prima en Madrid, llamada Conchita, que era Letrada de las Cortes; que la llamaría para ver si podía enterarse de algo ya que estaba muy bien relacionada. A los pocos días me llamó Antonio Blesa a casa y me dijo: "Machote, ven a verme". Fui a la farmacia y me enseñó el telegrama. Había aprobado la oposición. Esta es toda la historia del enigmático telegrama que tanto intrigó a los lectores del blog.

PAPA, LOS DEMÁS Y YO.


¿Que por qué cuento estas cosas? Para que tengáis de papá una imagen más "completa" y así lo conozcáis mejor, a él y, sobre todo, a mí. Para que veáis que yo he sido el "resultado" de tristes y penosas circunstancias, porque no se me dio otra oportunidad. Luego tuve que empezar de nuevo y hacerme a mí mismo. Yo no he tenido la "dedicación" -dicho sea en el más ámplio sentido de la palabra- que tuvieron mis hermanos.


Papá y Mamá en sus bodas de oro.
Un día no muy lejano, Papá, viendo el final de sus días y estando ya en la Residencia, aquí en Zaragoza, me llevó a mi dormitorio porque quería hablar conmigo. Veía próximo el día de su muerte, que ocurrió a los pocos meses. Me dijo que quería ser incinerado, que había hecho testamento dejándome como tutor de Lourdes si moría después de mamá, y mamá lo mismo por si moría después él, que sus cenizas fueran desparramadas sobre la tumba de sus padres,  desde un balconcillo de una iglesia-ermita de Torafe a cuyos pies está el cementerio. Que solo lleváramos las cenizas Pepe, yo, Antonio y Jesús, que yo corriera con todos los gastos. También hizo especial hincapié en que si algunos determinados (me dijo los nombres) iban a su entierro que los echara y no lo permitiera. Por supuesto que esto último no lo cumplí por suponer que, en el postrero momento de su vida se arrepintió y no le dio tiempo a desdecirse.  Unos meses antes me dio todas sus joyas en una bolsita. Ni siquiera la abrí. Me dijo que, en caso de necesidad, las vendiera y asistiera a Lourdes. Le contesté que jamás ni a mamá ni a Lourdes les faltaría de nada. Posteriormente abrí la bolsa para hacer una relación de las cosas que contenía, y como había varias de bastante valor, formalicé una póliza de seguros que actualizo todos los años. Me dijo cómo debía distribuirlas entre los hermanos, si no hacían falta a Lourdes. Ya no me acuerdo ni de la distribución ni de lo que hay, pues desde entonces no la he abierto. Pienso que entre hermanos no hay que hacer distinciones de ningún tipo y que todos somos hijos por igual.


Estos recuerdos los podría continuar con alguno de los acontecimientos de Madrid; la opinión que papá tenia de algunos de vosotros, la época que le dio por el juego, el fuerte y grave enfrentamiento que tuvimos los dos, su huida y abandono temporal de casa, o por qué, en Madrid, cuando tenia que pasar por determinados "sitios", siempre le acompañaba yo, las primeras vacaciones familiares en Mazarrón. Si nos retrotraemos, os contaría el espectáculo y maltrato psíquico y físico que dió a mamá y que nos dio a los demás en el viaje a Roma, el "afaire" acaecido en la sala de fiestas "Rumbo" de Zaragoza y que recogió la prensa zaragozana, y un largo etc. que, por ahora prefiero callar pues, espiritualmente, me siento cansado, fatigado, dolorido, derrumbado...


UN DESEO


Desearía que mis hermanos ampliaran estos recuerdos aportando los suyos propios para que el "retrato familiar" quedara más completo, incluso contradiciendo los hechos que yo he relatado, pero sin callar nada, sin "tapar ni ocultar" nada pues, de hacerlo, como alguno desearía, todo esto se convertiría en unas medias verdades. Y las medias verdades son autenticas mentiras. Sirva de ejemplo lo que sucedió en el caso de Escriva (de) Balaguer. Había que hacerlo Beato a toda costa; y lo consiguieron pues solamente escuchó el  Tribunal eclesiástico a los que hablaban bien de este individuo y a los que, previamente, aleccionaron (¿algunos les pagaron?). Sin embargo, a algunos de sus más directos familiares, que lo conocieron en la intimidad, desde pequeño, de seminarista, de cura,  y sabían, no solo la doble vida que llevaba, sino hasta cómo respiraba, no los llamaron porque les podían joder la subida a los altares del mindundi Escrivá. Este comentario no es propiamente mío, sino que es un resumen de la conversación que yo, personalmente, tuve, aquí en Zaragoza, con su sobrino carnal, representante de una famosa editorial -Planeta, concretamente- y al que se difamó y vilipendió pública y miserablemente, costumbre esta de la propiedad exclusiva del Opus Dei y, por derivación, de la podrida jerarquía católica. Este sobrino se echaba las manos a la cabeza mientras me decía una y otra vez: ¿Cómo es posible que a este sinvergüenza lo eleven a los altares? Yo le contesté: "Poderoso caballero es Don Dinero..." ¿Y nos quejamos de que nuestros hijos ya no van a misa? ¡Qué hipócritas somos algunos padres!


AGRADECIMIENTOS


No quiero terminar esta etapa sin darle las gracias a nuestro hermano Juan Carlos, alma mater de este blog. Sin su participación hubiera resultado imposible esta forma de comunicación entre los hermanos. Gracias por el interés, por tantas horas de dedicación, por las maquetaciones y ampliaciones que has hecho a mis recuerdos. Gracias. Igualmente quiero dar las gracias a todos aquellos hermanos que, bien con vuestros comentarios o vuestros e-mail particulares, me habéis animado constantemente a seguir relatando estos mis recuerdos. A los que no lo habéis hecho, supongo que ha sido por el excesivo trabajo que tenéis. Si fueran otras las causas, como la discrepancia o el desacuerdo, la apatía o el desdén, me hubiera gustado conocerlos pues es este un blog abierto a toda clase de opiniones, favorables o no. De todas las maneras, Gracias a todos, por vuestras palabras y vuestros silencios. Os quiero.





3 comentarios:

  1. Todo eso lo recuerdo bien. Y lo que ahora aprecio es que la cultura sociológica y familiar que vivimos era la de esa época en la que tanto los sentimientos religiosos como los políticos estaban marcados por la imposición sin corazón, y, como siempre, los más débiles sentimentalmente padecieron, padecimos, esa situación, en la que abuelos, padres e hijos eramos marionetas. Por otra parte, no todos en su vida ha conseguido la madurez sentimental y espiritual que toda evolución personal conlleva. Esas ráfagas de dolor del alma, debemos convertirlas en luces que, iluminando nuestro pasado, nos guíen hasta finalizar nuestro futuro. Nuestros padres, como casi la mayoría, tenían capado su pensamiento; deficiencia que los hijos, creo, hemos suplido con ese ansia de búsqueda y que caracteriza nuestra forma de entender y actuar en relación con nuestras parejas, nuestros hijos, nuestro nietos y con el resto de la sociedad. Sin embargo, a veces pienso, que todo sigue igual; los miedos son distintos perolas fijaciones humanas son las mismas. Las vivencias del pasado son las fuerzas que ahora nos sostienen, por dolorosas que hayan sido. Siempre es grato leer lo que cuentas, hermano, pues es como retomar conversaciones robadas de nuestra juventud. Un abrazo.

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  2. Yo tambien pienso que asumimos , porque nos las trasladaron, responsabilidades que no nos correspondían por no querer enfrentarse a ellas o dar la cara y,aunque lo haciamos, siempre nos quedaba esa sensación de "problema sin solucionar" en la cabeza y la preocupación era contínua y a veces incomprensible aunque a veces no se notara pues como niños que eramos siempre estabamos alegres y con ganas de jugar con los hermanos.Está bien que nos sinceremos sobre cuestiones que nunca hemos hablado con nadie y que sintamos, aunque ya en la lejania el sufrimiento que en determinadas epocas de nuestras vida hubo, porque aunque nos queramos poner una venda, lo hubo y no es malo decirlo y expresarlo porque cada uno somos un universo, concebimos y experimentamos las cosas de distinta manera, tenemos distintas sensibilidades y todas son respetables. Yo me he identificado en muchas cosas con Manolo y no es echar mas leña al fuego, no van por ahí los tiros, son experiencias que unos las hemos pasado y otros no las han pasado por cronología.Yo tambien he escrito sobre Alagon podeis verlo en mi blog.
    Besos a todos

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  3. Hoy, 1 de septiembre de 2024, he vuelto a leer este durísimo relato biográfico de Manolo y me ha vuelto a impactar como lo hiciera la primera vez que me lo mandó. Gracias, una vez más Manolo, por ser tan valiente, tan honesto y tan cariñoso con todos nosotros.

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