| Captura de la página web de la Asociación para el Diálogo. |
Desde hace unos años, en concreto desde el 2003, la "Asociación para el Diálogo", uno de cuyos vocales en Madrid es nuestro hermano Antonio, celebra encuentros, tanto en Madrid como en Sevilla, donde nació, para facilitar el debate sobre temas latentes en nuestra sociedad pero apenas discutidos y debatidos en los foros. Asuntos como "la implosión digital", "el control de las nuevas tecnologías", "los vientres de alquiler" (gestación subrogada) o el planteamiento ético de si el fin justifica los medios o por qué en la Constitución no aparece la palabra Felicidad, han ocupado hasta ahora a unos cuantos intrépidos profesionales que, fuera de cualquier adscripción ideológica o etiqueta política, quieren ofrecer a la sociedad su experiencia personal.
Desde FLOR DE CACTUS queremos participar en difundir la actividad de esta ASOCIACIÓN PARA EL DIÁLOGO, y lo hacemos destacando el interesante y último trabajo publicado en su página web por Antonio: "El wahsup y la caricia", donde nuestro hermano alerta del peligro de deshumanizar nuestras relaciones y afectos personales en aras a una desenfrenante digitalización.
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| Antonio García Paredes (Foto: JCGP, 23/12/17) |
El whatsup y la caricia
12 FEBRERO, 2018ANTONIO GARCÍA PAREDES
"Quien esté habituado a trasladarse en el Metro o frecuente los bares y cafeterías habrá observado en más de una ocasión el silencio (como ausencia de palabra) que suele predominar en esas situaciones; porque las personas van concentradas en su teléfono móvil, leyendo o enviando mensajes de whatsup, según puede deducirse de sus ojos fijos en la pantalla y de sus dedos pulgares recorriendo el teclado.
Parece como si todo el mundo estuviese conectado y participándose constantemente su vida o su situación. Nos ha invadido la necesidad de compartir lo que nos está pasando, el lugar al que vamos a ir, el restaurante donde vamos a comer, el resultado de la última reunión que hemos tenido, la noticia que acabamos de oír. La intercomunicación se ha convertido en “visión” de lo que nos decimos por el móvil. Lo importante es el mensaje del móvil, esas letras que gestionan nuestro dedos pulgares sobre la pantalla. Basta con estar al tanto de la vida del otro; o que los demás estén al tanto de la vida nuestra. La noticia se sintetiza en la lectura del mensaje. Ver y leer los mensajes se ha convertido en el viático que nos mantiene a tono en esta vorágine de sensaciones que domina nuestro mundo. Como dice el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, las relaciones han sido reemplazadas por las conexiones. Nuestros teléfonos están conectados. Nos comunicamos no sobre una “relación” entre personas diferentes, sino mediante una “conexión” entre realidades iguales (los móviles). Sólo hace falta “la vista”. Lo demás sentidos (el olfato, el tacto) han cedido. Se intenta expresar el amor sin aspirar el perfume del otro o sin temblar por la caricia del otro. Lo digital ha descorporeizado la relación entre las personas. Los recuerdos se archivan en la carpeta del whats up, no en el corazón. Para evocar la emoción del pasado ya no nos miramos al corazón, sino que consultamos los archivos del teléfono móvil. Pero eso, como mucho, nos hace sonreír; pero no nos hace estremecer de emoción por el cariño o temblar de frío por el rechazo.
Es preciso regresar a la epidermis de lo humano. Propiciar la ósmosis de las emociones recíprocas. Evitar que lo humano se reduzca a lo digital. Que no domine el instrumento, porque se corre el peligro de banalizar la esencia de la persona: espíritu encarnado, como se decía antes, o inteligencia sentiente como decía Xavier Zubiri.
Seguramente que no es esto lo que pueda pensar la generación de jóvenes que nos están sucediendo en la vida. Viven tan inmersos en esa realidad –que les ha rodeado ya desde pequeños- que no están en condiciones de objetivarla ni de reflexionar críticamente sobre ella. Pero podemos aportarles nuestra perspectiva y tal vez así puedan evitar el riesgo de ser absorbidos por esa hidra en que pueden convertirse las nuevas tecnologías. Todo mal tiene su antídoto. Seguro que en la sociedad actual estará ya, más o menos implícito, el remedio contra el hiperrealismo de lo digital. Sólo tenemos que no impedir que aparezca. O dicho de otro modo, hemos de mantener la mano tendida a la modernidad desde lo ancestral de lo humano. El “homo sapiens” sobrevivió a otras especies por la unión y la solidez que le daban las palmadas en la espalda y las caricias de su congéneres, y que hacían que se estrechasen cada vez más las relaciones sociales entre la especie y el apoyo mutuo (Yuval Noah Harari).
Es la reproducción de la sempiterna batalla entre el cuerpo y el espíritu, entre lo visible y lo invisible, entre lo material y lo intangible, pero trasladada al campo de las relaciones humanas. Porque ¿a dónde iríamos sin el cuerpo? ¿a dónde nos agarraríamos si no hay una mano tendida? ¿cómo descubrir la ternura sin un cuerpo que nos abrace?."

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